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El 'basado en hechos reales' asesinó a la ficción

El 'basado en hechos reales' asesinó a la ficción
Artículo Completo 1,465 palabras
Saturados de estímulos y desbordados de imágenes, ya solo la realidad puede convencer al espectador del siglo XXI de quedarse ante la pantalla. No hay giro de guion ni truco de espía que pueda con un caso real, ni conspiración en la sombra que opaque la crudeza de lo que le ocurrió a un vecino cualquiera. Después de la pandemia, el 'true crime' se volvió un habitual del contenido que inunda las plataformas con ese regusto amargo que deja el descubrir, desde la tranquilidad de tu casa, las vidas terribles y patéticas de los que nos rodean. Como Instagram, pero en modo miserable. Hace poco más de una década, el cine español encontró en el thriller su nuevo refugio. La luz de la comedia, agotada por explotación de unos productores que pensaron que con la crisis de 2008 solo se podría volver a llenar las salas con risas, dejó paso a la intensidad de unos autores a los que dejaron jugar con el género más oscuro. Para qué reír cuando el mundo se desmoronaba. Y ahí llegaron 'No habrá paz para los malvados', 'La isla mínima', 'Tarde para la ira', 'Que Dios nos perdone', 'Cien años de perdón' ... Entre docenas de títulos. Y sí, thrillers ha habido desde que nació el cine y existirán hasta que la IA los replique como flanes, pero nunca hubo una década tan prodigiosa para el género en España como la de 2010... Hasta que llegó otra época tenebrosa, la del Covid, y la realidad comenzó a superar la ficción: queríamos ver las vidas perras de los otros para olvidar los encierros propios. Y claro, lo que pasó después es que tras haber descubierto lo absolutamente increíble que es la vida, ya nadie se creía los desvaríos de un guionista en una de policías y asesinos. Un director que lo ha vivido en primera persona lo resume mejor que nadie. «Es muy difícil sorprender al espectador con las reglas convencionales del thriller porque en el 'true crime', paradójicamente, no hay reglas». Lo dice Dani de la Torre , uno de los cineastas que más y mejor ha buscado las esquinas de este género en los últimos años. «La ficción se queda con el freno de mano puesto al lado de los casos que han sucedido de verdad». Hoy 'Se7en' sería vista como «demasiado peliculera». 'Zodiac', en cambio, tendría mejor acogida ahora que cuando Fincher la rodó hace 20 años. Es «más real».Noticia relacionada No El 'true crime' El dolor de revivir la pesadilla en streaming Clara Molla PagánPóngase en la piel de ese guionista que llega a un productor a venderle la idea de una agente de policía local que se enrolla con un compañero, luego con otro, al de allí le pide ayuda para matar y quemar el cadáver de aquel... Y así. El productor echa al tipo del despacho a patadas por fantasioso y por absurdo. Luego abre el periódico y se encuentra a una tal Rosa Peral y ya todo parece más plausible. Esa es la victoria del 'true crime': ha enseñado que el ser humano es mucho más raro de lo que Hollywood nos había contado. El propio Dani de la Torre lo vivió en 'Marbella' , donde dejó volar todos los giros de su imaginación para atar una historia de corrupción en la Costa del Sol tan exagerada y enmarañada que, claro, solo podría ser realista. Tanto que se inspiró en la materia prima periodística de Nacho Carretero y Arturo Lezcano.Enfrente de esos seriales 'basados en hechos reales' y documentales amarillistas está un tipo de cine al que solo le puede salvar la heterodoxia, ese salirse del carril que ha hecho que 'Sirat' se haya celebrado tanto este año; también 'Los domingos': ofrecen algo inesperado, algo que va contra las convenciones de lo que se supone que tiene que pasar en una película (lo de Laxe) o lo que esperas que haga el cine español (lo de Ruiz de Azúa). Esta obsesión por lo auténtico ha provocado un cortocircuito en la industria. Estamos en la era de la post-ficción. Ya no necesitamos ver cómo el cine recrea las tragedias cotidianas de alguien precario en la periferia; preferimos los audios de WhatsApp reales de dos parricidas aparentemente 'normales'. Hasta las nuevas series románticas tienen que estar basadas en la realidad para triunfar, como 'Love Story', el último éxito de Disney+. O 'Marty Supreme' , como si la historia real de un tipo que jugó al pimpón interesara a alguien. Ahora lo primero que se hace cuando termina el capítulo es buscar la Wikipedia del personaje protagonista. El público está deseando que el cartel de «inspirado en hechos reales» certifique que lo que aparezca en pantalla sea interesante o realista. Aunque sea tan inventado como las conversaciones privadas de 'The Crown' o los susurros de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette en 'Love Story'. Vaya, que ya pocos espectadores eligen un buen plano o un guion bien atado frente al chute de dopamina de creer que eso que ha visto en pantalla ocurrió de verdad. Igual todo esto tiene que ver con vivir en los tiempos de las 'fake news'.La vida real no tiene final felizEstamos ante la paradoja del espectador moderno: nunca hemos tenido acceso a tantas historias inventadas, pero nunca hemos sido más escépticos ante la invención. Quizás la solución, de necesitarla, no sea competir con la realidad en su propia crudeza, sino volver a aquello que la realidad no tiene: sentido. Porque la vida real es caótica, injusta y arbitraria. La ficción, al menos, tiene la decencia de darnos un final, aunque sea amargo. Ayer se estrenó 'La vida de Kim', en la que Ángeles González Sinde adapta su propia novela, esa que escribió tras el fatídico accidente de su hermano y que publicó meses después de la repentina muerte de su pareja. En la ficción, incluso lo más trágico tiene un encaje que en la vida no se puede superar, tan solo aprender a convivir con el peso de la ausencia. Noticia relacionada No No Crítica 'Marty Supreme' (***): Timothée Chalamet y sus botes y rebotes como una pelota de ping pong Oti Rodríguez MarchanteCuando estrenó 'Dispararon al pianista', su reconstrucción del secuestro del pianista brasileño Tenório Júnior, Fernando Trueba dijo aquí que «cuando las películas ponen 'basado en hechos reales', siempre es una estafa» . Está clamando en el vacío. El espectador del siglo XXI se asoma a la pantalla convertido en un forense aficionado para descubrir a los monstruos cotidianos. Porque si Rosa Peral existe, si el crimen de la Guardia Urbana ocurrió tal y como nos lo cuentan, entonces el suelo que pisamos es mucho menos firme de lo que creíamos. Y ese vértigo de saber que la ficción se queda corta es la droga más potente que las plataformas pueden ofrecernos porque sabemos que al final del día, tras apagar la tele y cerrar la puerta con doble llave, nuestro mundo seguirá bien. Una fantasía tan absurda como temer a los fantasmas o a los espías internacionales. El mal es arbitrario y nos saluda cada día al comprar el pan

Saturados de estímulos y desbordados de imágenes, ya solo la realidad puede convencer al espectador del siglo XXI de quedarse ante la pantalla. No hay giro de guion ni truco de espía que pueda con un caso real, ni conspiración en la sombra que opaque ... la crudeza de lo que le ocurrió a un vecino cualquiera. Después de la pandemia, el 'true crime' se volvió un habitual del contenido que inunda las plataformas con ese regusto amargo que deja el descubrir, desde la tranquilidad de tu casa, las vidas terribles y patéticas de los que nos rodean. Como Instagram, pero en modo miserable.

Hace poco más de una década, el cine español encontró en el thriller su nuevo refugio. La luz de la comedia, agotada por explotación de unos productores que pensaron que con la crisis de 2008 solo se podría volver a llenar las salas con risas, dejó paso a la intensidad de unos autores a los que dejaron jugar con el género más oscuro. Para qué reír cuando el mundo se desmoronaba. Y ahí llegaron 'No habrá paz para los malvados', 'La isla mínima', 'Tarde para la ira', 'Que Dios nos perdone', 'Cien años de perdón'... Entre docenas de títulos. Y sí, thrillers ha habido desde que nació el cine y existirán hasta que la IA los replique como flanes, pero nunca hubo una década tan prodigiosa para el género en España como la de 2010... Hasta que llegó otra época tenebrosa, la del Covid, y la realidad comenzó a superar la ficción: queríamos ver las vidas perras de los otros para olvidar los encierros propios. Y claro, lo que pasó después es que tras haber descubierto lo absolutamente increíble que es la vida, ya nadie se creía los desvaríos de un guionista en una de policías y asesinos.

Un director que lo ha vivido en primera persona lo resume mejor que nadie. «Es muy difícil sorprender al espectador con las reglas convencionales del thriller porque en el 'true crime', paradójicamente, no hay reglas». Lo dice Dani de la Torre, uno de los cineastas que más y mejor ha buscado las esquinas de este género en los últimos años. «La ficción se queda con el freno de mano puesto al lado de los casos que han sucedido de verdad». Hoy 'Se7en' sería vista como «demasiado peliculera». 'Zodiac', en cambio, tendría mejor acogida ahora que cuando Fincher la rodó hace 20 años. Es «más real».

El 'true crime' El dolor de revivir la pesadilla en streaming

Póngase en la piel de ese guionista que llega a un productor a venderle la idea de una agente de policía local que se enrolla con un compañero, luego con otro, al de allí le pide ayuda para matar y quemar el cadáver de aquel... Y así. El productor echa al tipo del despacho a patadas por fantasioso y por absurdo. Luego abre el periódico y se encuentra a una tal Rosa Peral y ya todo parece más plausible. Esa es la victoria del 'true crime': ha enseñado que el ser humano es mucho más raro de lo que Hollywood nos había contado. El propio Dani de la Torre lo vivió en 'Marbella', donde dejó volar todos los giros de su imaginación para atar una historia de corrupción en la Costa del Sol tan exagerada y enmarañada que, claro, solo podría ser realista. Tanto que se inspiró en la materia prima periodística de Nacho Carretero y Arturo Lezcano.

Enfrente de esos seriales 'basados en hechos reales' y documentales amarillistas está un tipo de cine al que solo le puede salvar la heterodoxia, ese salirse del carril que ha hecho que 'Sirat' se haya celebrado tanto este año; también 'Los domingos': ofrecen algo inesperado, algo que va contra las convenciones de lo que se supone que tiene que pasar en una película (lo de Laxe) o lo que esperas que haga el cine español (lo de Ruiz de Azúa).

Esta obsesión por lo auténtico ha provocado un cortocircuito en la industria. Estamos en la era de la post-ficción. Ya no necesitamos ver cómo el cine recrea las tragedias cotidianas de alguien precario en la periferia; preferimos los audios de WhatsApp reales de dos parricidas aparentemente 'normales'. Hasta las nuevas series románticas tienen que estar basadas en la realidad para triunfar, como 'Love Story', el último éxito de Disney+. O 'Marty Supreme', como si la historia real de un tipo que jugó al pimpón interesara a alguien. Ahora lo primero que se hace cuando termina el capítulo es buscar la Wikipedia del personaje protagonista. El público está deseando que el cartel de «inspirado en hechos reales» certifique que lo que aparezca en pantalla sea interesante o realista. Aunque sea tan inventado como las conversaciones privadas de 'The Crown' o los susurros de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette en 'Love Story'. Vaya, que ya pocos espectadores eligen un buen plano o un guion bien atado frente al chute de dopamina de creer que eso que ha visto en pantalla ocurrió de verdad. Igual todo esto tiene que ver con vivir en los tiempos de las 'fake news'.

Estamos ante la paradoja del espectador moderno: nunca hemos tenido acceso a tantas historias inventadas, pero nunca hemos sido más escépticos ante la invención. Quizás la solución, de necesitarla, no sea competir con la realidad en su propia crudeza, sino volver a aquello que la realidad no tiene: sentido. Porque la vida real es caótica, injusta y arbitraria. La ficción, al menos, tiene la decencia de darnos un final, aunque sea amargo. Ayer se estrenó 'La vida de Kim', en la que Ángeles González Sinde adapta su propia novela, esa que escribió tras el fatídico accidente de su hermano y que publicó meses después de la repentina muerte de su pareja. En la ficción, incluso lo más trágico tiene un encaje que en la vida no se puede superar, tan solo aprender a convivir con el peso de la ausencia.

'Marty Supreme' (***): Timothée Chalamet y sus botes y rebotes como una pelota de ping pong

Cuando estrenó 'Dispararon al pianista', su reconstrucción del secuestro del pianista brasileño Tenório Júnior, Fernando Trueba dijo aquí que «cuando las películas ponen 'basado en hechos reales', siempre es una estafa». Está clamando en el vacío. El espectador del siglo XXI se asoma a la pantalla convertido en un forense aficionado para descubrir a los monstruos cotidianos. Porque si Rosa Peral existe, si el crimen de la Guardia Urbana ocurrió tal y como nos lo cuentan, entonces el suelo que pisamos es mucho menos firme de lo que creíamos. Y ese vértigo de saber que la ficción se queda corta es la droga más potente que las plataformas pueden ofrecernos porque sabemos que al final del día, tras apagar la tele y cerrar la puerta con doble llave, nuestro mundo seguirá bien. Una fantasía tan absurda como temer a los fantasmas o a los espías internacionales. El mal es arbitrario y nos saluda cada día al comprar el pan

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