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José Antonio García posa en la entrada de la Ermita de la Fuensanta, en Pizarra. Migue Fernández El bombero que se hizo ermitaño en un pueblo de Málaga para encontrar la felicidadJosé Antonio García dejó su trabajo tras una enfermedad y encontró en la fe, la Biblia y el cuidado de la Virgen de la Fuensanta, patrona de Pizarra, un nuevo sentido a su vida
Pizarra
Martes, 24 de febrero 2026, 00:39 | Actualizado 00:56h.
El punto de inflexión llegó de forma inesperada, cuando una enfermedad irrumpió en su vida y le obligó a detenerse. Tanto su cuerpo como su mente le pedían una pausa. Aquello que hasta entonces le había hecho feliz dejó de hacerlo, y un profundo vacío interior comenzó a apoderarse de él.
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«Tuve que hacer una parada drástica para poder reubicarme y, desde ahí, volver a regular mi camino», confiesa este pizarreño, que recibe a SUR en la Ermita de la Fuensanta, donde abre las puertas tanto del templo como de su propio hogar. Es uno de los pocos ermitaños que aún viven en el mismo espacio de culto que cuidan. Para él, esta etapa supone «una segunda oportunidad» para ser feliz y encontrar un propósito basado en «el encuentro espiritual con Dios».
Un proceso de dolor y soledad
Al mirar atrás, José Antonio no puede evitar emocionarse. La enfermedad desencadenó un proceso que define como una etapa de sufrimiento, dolor y soledad, incluso estando rodeado de médicos, terapias y personas. Las fuerzas para seguir adelante parecían agotadas y la sensación de avanzar por un túnel sin luz se hacía constante.
Fue entonces cuando tomó una de las decisiones más valientes de su vida: abandonar su puesto como bombero. «Decidí saltar al vacío, porque ya vivía en un vacío existencial», explica. A partir de ahí comenzó una búsqueda personal para reencontrarse con la felicidad que tanto anhelaba.
El momento más duro de José Antonio García:«Decidí saltar al vacío, porque ya vivía en un vacío existencial»
En ese proceso apareció una voz interior, que al principio apenas distinguía, pero que con el tiempo fue ganando espacio. No le impulsaba a conseguir logros materiales ni a perseguir deseos, sino a buscar equilibrio, armonía y paz interior. Durante los años siguientes, ya de baja laboral, intentó sanar viviendo en entornos naturales, casi en completa soledad. Aunque no lograba encontrarse del todo, el camino del autoconocimiento se convirtió en su principal objetivo.
Su encuentro con Dios
En ocasiones, la vida cruza en el camino a personas capaces de cambiarlo todo. Para José Antonio, ese encuentro fue decisivo. Un hombre le hizo una reflexión que marcaría su destino: «Te veo bondadoso, con buen corazón y mucha luz, pero no siento que estés en el camino verdadero». Al preguntarle cuál era ese camino, la respuesta fue clara: «La palabra de Dios».
Desde entonces, encontró en la Biblia un refugio donde depositar todo lo que sentía. «Me explicó que la Biblia transforma la vida, sana y guía a las personas. Me lo dijo con tanta fuerza y convicción que sentí que había encontrado mi lugar», relata desde la ermita, a escasos metros de la imagen de la Virgen que hoy cuida.
Sus inicios:«Me explicó que la Biblia transforma la vida, sana y guía a las personas. Me lo dijo con tanta fuerza y convicción que sentí que había encontrado mi lugar»
El destino también quiso que, tras más de una década fuera de su pueblo, la ermita permaneciera cerrada por obras. Al finalizar la primera fase de rehabilitación, el puesto de ermitaño quedó vacante. Fue entonces cuando vio la oportunidad de dar forma a su nuevo proyecto vital. Asegura que fue «la vida y Dios» quienes lo devolvieron al municipio que le vio crecer y del que un día decidió marcharse.
Esa salida del pueblo también fue un episodio difícil. Campeón de España en ciclismo, bombero, con estabilidad económica y reconocimiento social, decidió alejarse para no mostrar su fragilidad. «Tenía un ego construido y no quería que la gente me viera así», reconoce.
La vivienda de un ermitaño
Tras un proceso de selección, el 8 de diciembre de 2025 fue nombrado ermitaño de la Ermita de la Fuensanta. Un lugar de gran devoción en un municipio profundamente religioso como Pizarra. Define esta etapa como «un milagro» que le permite servir tanto a la Virgen como a su pueblo.
Su rutina diaria está íntimamente ligada a la espiritualidad. Vive en una pequeña vivienda contigua a la ermita, con paredes de piedra y lo esencial para el día a día. En invierno, la estufa se convierte en su mejor aliada contra el frío. Las paredes están cubiertas de versículos bíblicos que le acompañan y le recuerdan constantemente su propósito.
Aunque pueda parecer una vida solitaria, García no está solo. Su gato Elios, su fiel compañero desde 2022, le acompaña en todo momento. Reconoce incluso que ha aprendido a interpretar sus distintos maullidos para saber que quiere en cada momento.
José Antonio García en su vivienda, contigua a la ermita. Migue FernándezEn una pequeña estancia que da acceso al dormitorio destaca una antigua máquina de escribir, cargada de simbolismo. La escritura es una de sus grandes pasiones. En el pasado llegó a publicar y vender sus propios libros, y actualmente trabaja en un poemario centrado en el tema que guía su vida: la palabra de Dios.
Hoy, José Antonio García no siente que le deba nada a su pueblo, porque primero necesitó devolverse a sí mismo. Solo cuando logró reconciliar su interior con su historia, pudo regresar a Pizarra sin máscaras ni huidas. Lo hizo desde la sencillez, lejos de los reconocimientos que un día tuvo y cerca, muy cerca, de aquello que durante años le faltó: sentido.
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El tatuaje de las manos del malagueño en el que se puede leer «soy luz». Migue FernándezLa ermita no es solo su lugar de trabajo ni su vivienda; es el espacio donde su pasado, su fe y su presente conviven en equilibrio. Es el lugar dónde el mismo reconoce que ha encontrado la luz. Tanto es así que en sus propios nudillos lleva impregnado de tinta la frase «soy luz», porque es lo que siente tras tanto tiempo de búsqueda.
Desde la Ermita de la Fuensanta, vive una soledad distinta, una soledad llena. Lejos del ruido y del vacío que un día lo empujaron a marcharse, hoy encuentra en el silencio, en la oración y en el trato humano su mayor riqueza. No sabe qué traerá el futuro, pero tampoco le inquieta. Porque, como él mismo repite, «cuando el corazón está en su sitio, la vida acaba encontrando el suyo».
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