Pedro Sánchez y María Jesús Montero, en sus escaños, durante la sesión de control al Gobierno. Efe
Política SESIÓN DE (DES)CONTROL El bullying de Sánchez a Feijóo y la "derecha desnortada": el Congreso más cutre en el recuerdo del 23-FDaniel Ramírez Publicada 25 febrero 2026 12:28hLas claves nuevo Generado con IA
Quizá esta vez, esta mañana, a las 9:10, algo haya cambiado. Al padre Feijóo, sentado en su escaño, se le ha dibujado una sonrisa desconocida hasta ahora, poco compatible con su jesuitismo. Ha sonreído como los que están pensando en comprar una pistola.
Hacía tiempo que Sánchez, en sus inicios de fingida institucionalidad, recorría el camino de la humillación del adversario para defenderse de las acusaciones de corrupción. Era algo cercano al bullying del colegio, arrimado a los defectos irresolubles del ser humano.
Ese defecto, en el caso de Feijóo, es el del lapsus, que lo tiene metido hasta el tuétano y que, a ojos de un adversario corriente, hijo de la Transición, sería casi una razón para la simpatía.
Los lapsus de Rajoy provocaban la ironía de Pablo Iglesias, y no la crueldad.
Hace tiempo que Sánchez lo usa como puñalada trapera, como ladrón de bocadillos.
Estaba hablando Feijóo, que le ha pedido a Sánchez desclasificar papeles de ahora y no de hace 45 años, papeles relacionados con el magma oscuro de Moncloa, y Sánchez ha respondido con un golpe bajo.
"¡Pero si eso lo llevaba usted escrito! Lo imagino delante del espejo ensayando esa sarta de mentiras. ¡Para una cosa que tiene usted que hacer a la semana, que es la sesión de control! Viene aquí y se pone a leerme una sarta de mentiras".
Todo eso coreado con las carcajadas de la bancada de la izquierda en general, no sólo la del PSOE. Feijóo le ha dicho que levantará alfombras, que en cuanto llegue al poder, no habrá secreto sobre el sanchismo. Pero haría mal en convertirse en el Vinicius que es Sánchez.
Una razón: junto a la tribuna de prensa, estaba esta mañana una clase de chavales de instituto. No se han reído del bullying de Sánchez, y supongo que habría algunos de izquierdas. No han celebrado el chiste del abusón.
Además, Sánchez se ha comportado así con un agravante: a los pocos minutos, en su diálogo con Miriam Nogueras (Junts) y Mertxe Aizpurua (Bildu), él mismo se ha puesto a leer los papeles que le ha escrito su gabinete, provocando el asombro de la oposición.
¡Pero si Moncloa se ha cargado medio Amazonas con las comparecencias sin tiempo que le escriben al presidente! Sólo hay una diferencia, en este sentido, entre Sánchez y Feijóo: esas frases hechas se las escriben a ambos, pero Sánchez se las aprende de memoria.
"Señor Feijóo: en lugar de política para adultos, política para ultras". Eso solo te lo escribe un fontanero... y de los malos.
Feijóo haría bien en circunscribir su sonrisa de esta mañana al levantamiento de alfombras, y no a pagar a Sánchez con esa moneda. Que es la moneda que, en muchas ocasiones, utilizan los diputados del PP. Los diputados que golpean los escaños, jalean e interrumpen a sus adversarios.
Al sanchismo no se le debe ganar con sanchismo.
Un ejemplo ilustrativo: ha dicho Esther Muñoz, mujer fuerte hoy en Génova: "Cuando yo salgo a la calle, me daría vergüenza que alguien pudiera pensar que soy de izquierdas". Ridiculizando a la mitad de los españoles, vinculando tramposamente izquierda con sanchismo, extraviando que un partido de Estado debe gobernar para todos, no sólo para los suyos.
El padre Feijóo, de momento, se erige como una isla entre los suyos, que recorren inexplicablemente el camino del populismo. Los golpes al escaño, los gestos, la incontinencia en general. Como la de Tellado, que es incapaz de no gritar y comentar las palabras de cualquier miembro del Gobierno.
Su intercambio de gestos y gritos, ¡bancada a bancada!, de esta mañana con María Jesús Montero era tan obsceno que nos costaba mirar a los chavales del instituto sentados junto a la tribuna de prensa.
El Congreso está abducido. La vicepresidenta Aagesen, independiente, ya es capaz de responder con Mazón, el 11-M y lo que le digan en el gabinete a cualquier pregunta sobre su gestión. En el caso de hoy, al apagón.
Claro que los acontecimientos del Parlamento provocan risa. Es de esas risas que sofocan el llanto. Mertxe Aizpurua, la de los editoriales que justificaban a ETA, pidiendo la desclasificación de papeles sobre el GAL al Gobierno, en lugar de pedir a sus gudaris que colaboren en el esclarecimiento de 379 crímenes.
Miriam Nogueras, la enviada de Puigdemont, hablando, lo juramos, de la "españolización de las carreteras catalanas", como si las carreteras tuvieran raza o nacionalidad.
Y ellas dos son las que, con sus votos, sostienen a Sánchez.
Pero todo eso, toda esa crítica, puede hacerse con una contundencia que no te homologue con el criticado. Porque dar golpes como un energúmeno en el escaño, gritar en el Parlamento como en una manifestación, te asimila a Vox y, en esa asimilación, los votos se los llevará –y se los está llevando– Vox.
El próximo miércoles habría que alquilar una avioneta y sobrevolar la bancada del PP soltando ejemplares de "La derecha desnortada", el libro recién publicado que coordina el colaborador de este periódico, Armando Zerolo.
Sánchez ya juega el partido final de la legislatura sin ningún tipo de máscara. Y eso, seguro, le pasará factura. Del mismo modo que le pasará factura a Feijóo, si lo hace, el intentar acabar con Sánchez poniéndose la máscara de Sánchez.
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