Valentina Vidal (Claudia) y Raúl Arévalo (el Suizo) en un momento de la serie 'El castillo' .
En plan serie 'El castillo': contra el imperio de la prostituciónBasada en el libro 'El proxeneta' de Mabel Lozano, la serie de Isabel Peña y Eduardo Villanueva se adentra en el submundo de la explotación sexual.
Con Valentina Vidal, Omar Ayuso y Raúl Arévalo, cuyo papel de proxeneta seguramente le granjeará más de un premio.
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Enric Albero Publicada 28 septiembre 2026 12:28h Actualizada 28 septiembre 2026 12:32h SíguenosA partir de El proxeneta, el libro escrito por la también directora y actriz Mabel Lozano —quien lleva abordando el tema de la prostitución y la trata desde el documental Chicas nuevas 24 horas (2015)—, El castillo(Isabel Peña y Eduardo Villanueva, 2025) se adentra en el submundo de la explotación sexual trazando un recorrido que ocupa dos décadas —de la llegada del euro al estallido de la pandemia— a lo largo de seis episodios.
Comparada la longitud de la ficción con el periodo histórico que cubre, entenderán que se trate de una serie elíptica a la que sus creadores, los guionistas Isabel Peña y Eduardo Villanueva, pero también sus dos directoras, Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, le imprimen una sequedad desértica que funciona como eco de esa narración cortante pero que, además, está en consonancia con la verosímil fealdad que baña ese universo del lumpen tantas veces embellecido por el cine y la literatura.
En el presente texto analizaremos la serie, presentada fuera de concurso en el Festival de San Sebastián y a la espera de su estreno en Movistar Plus el próximo 8 de octubre, a partir de cinco secuencias concretas ordenadas cronológicamente.
San Sebastián corona la despedida de Mike LeighAntes, no obstante, conviene decir que el relato se organiza a partir del riguroso seguimiento de tres puntos de vista. El de Claudia (Valentina Vidal), una joven colombiana importada a nuestro país para ejercer como prostituta, ocupación con la que podrá enviar dinero de vuelta a casa y pagar los medicamentos que necesita su hijo enfermo.
El del Suizo, papel que obligará a Raúl Arévalo a invertir en un torito para cargar el palé de premios que recogerá en 2027, un proxeneta al por mayor que en sus tarjetas de visita utiliza el eufemismo de empresario de la noche, un tipo retorcido e inteligente, violento cuando la situación lo demanda, que no duda en colaborar con la policía para limpiar el negocio de patógenos externos (las mafias del este) y de paso barnizarlo de legitimidad.
Y por último está Gerardo Llesa (Omar Ayuso), un joven inspector recién incorporado a la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales), inmerso en una investigación que ha detectado un cambio de patrón en el bisnes de la prostitución, y que ejercerá de enlace entre la Policía y el Suizo. Un agente ampliamente superado por un contexto sumergido en una realidad nebulosa, difícil de acotar.
La implementación del nuevo modelo de negocio tiene que ver con la sustitución del ‘producto’ local por mujeres traídas de otros países mediante una estrategia de extorsión que pasa por retener sus pasaportes y cobrarles para que satisfagan una deuda inacabable vendiendo su cuerpo.
Peña y Villanueva escupen a los clichés. Como en las ficciones de los hermanos Dardenne o en las series de David Simon, escapan de los estereotipos para dibujar víctimas imperfectas, policías superados por las circunstancias a los que el cansancio les invita a claudicar o ‘chuloputas’ con aspiraciones a CEO, más inteligentes y menos mastuerzos de lo que nos han vendido hasta ahora.
Prima aquí la mirada del cronista, sustentada sobre un naturalismo descarnado que inunda las imágenes de una cochambre que no conviene confundir con la desviación esteticista de la fealdad (el feísmo) empleada, por poner un ejemplo reciente, por Pablo Larraín en Mis muertos tristes (2026).
Los aportes informativos que cierran cada episodio, el repaso de los laboriosos (y muchas veces infructuosos) procesos de investigación o la descripción de las interioridades de las instituciones policial y judicial pero también del ecosistema delincuencial, terminan por conformar una crítica sistémica en la que se citan los excesos burocráticos, una justicia falsamente garantista, el desamparo de unas víctimas a las que siempre se mira con suspicacia, la ausencia de una legislación adecuada para esta casuística y una jurisprudencia testosterónica; todo eso conforma un atroz melting pot que desemboca en una fiesta de la impunidad y en el despegue imparable de un negocio tan lucrativo como abominable, amén de naturalizado por nuestra sociedad.
Hay, en ese sentido, una arriesgada decisión de guion que pasa por introducir un nuevo punto de vista en el episodio final, el de la jueza encargada de instruir el caso, gobernanta de un mar de confusión en el que desaguan el orín de los vacíos legales, los sumideros de las investigaciones archivadas por falta de pruebas y los despojos de los testimonios de aquellas mujeres cuya credibilidad parece no merecer el respeto de nadie.
Pablo Larraín y Mariana Enriquez describen una Argentina fantasma en 'Mis muertos tristes'Capítulo 1. ¿Cómo se filma el sexo?
Una de las cuestiones fundamentales que los creadores de una serie como El castillo deben formularse pasa por la representación del sexo en pantalla. ¿Cómo filmar esos encuentros en un contexto en el que las mujeres se entregan al sexo desde la obligatoriedad? Cuando Claudia tiene que satisfacer a su primer cliente, por lo demás un señor amable, desde la dirección a cargo de Elena Martín se impone una decisión que se respetará de principio a fin: nunca veremos el cuerpo de las mujeres durante ninguna de estas sesiones sexuales. Solo les veremos a ellos.
Esa determinación opera sobre la dramaturgia de dos maneras. En primer lugar, elimina cualquier rastro de romantización, convirtiendo cada escarceo en un óleo grotesco. En segunda instancia, y esto resulta crucial en una historia en la que el tratamiento del punto de vista lo es todo, Claudia, que es la que conduce esa parte del relato (vamos con ella), desaparece, queda desconectada de la realidad (de su propia realidad), como si esa actividad la anulase por completo, como si le extirpara su humanidad para convertirla en un objeto.
Esa opción estética permite, también, que los guionistas nos regalen ‘La antología del putero’, pues al girar el foco sobre ellos, sobre los consumidores, casi en cada capítulo se nos presenta una tipología de cliente (atención al papel de Fernando Delgado-Hierro) que busca, también, apartarse del tópico.
Capítulo 2. El maestro de ceremonias
El actor Raúl Arévalo (centro) en un momento de 'El castillo' .
Se cierra el segundo episodio con el Suizo entrando a uno de sus lupanares. Un plano general —una escala que la serie emplea en contadas pero significativas ocasiones— dispuesto como un escenario minutos antes de que arranque una función (todo a media luz). A medida que el panzudo proxeneta va tomando posesión de sus dominios (se sienta, da órdenes), el local va hinchándose de vida, su presencia es como la bomba de oxígeno que todo lo activa, metáfora perfecta del verdadero papel del Suizo, alguien que se presenta ante la policía como un tipo conciliador dispuesto a defender la legitimidad de sus empresas.
Capítulo 4. La máscara del horror
Sorteo en el prostíbulo. Suena el Mueve, mueve de Sandy & Papo y las putas son colocadas en fila como si pasasen por la rueda de reconocimiento de la indignidad. Alguna de ellas tendrá la inmensa fortuna de ser elegida por uno de los jóvenes clientes que esa noche ha ido al garito a emborracharse y “a mojar”.
Claudia está en ese paredón sexual. La directora, Sandra Romero, va acortando el plano y acercándose a su cara; la rijosa ceremonia de subasta está, casi siempre, fuera de campo. Lo que importa son las oleadas de terror y de asco que recorren el rostro de Claudia.
Berto Romero y Javier Ruiz Caldera reivindican el cine de género en San Sebastián con '5 minutos más'Ese recurso de puesta en escena volverá a emplearse en el capítulo siguiente, en un contexto muy distinto. Claudia ha huido del prostíbulo. Hace autoestop, camino de Zamora. Unos chavales en un todoterreno la paran y la suben a su coche.
En una serie con ganas de cargar las tintas, esto hubiese acabado en violación grupal. Aquí no. Lejos de ponerse a pintar con la brocha gorda del sensacionalismo, Peña, Villanueva y Martín prefieren la estilográfica del mal rollo.
Reparen en la conversación de los jóvenes, en cómo regresamos otra vez a esos primerísimos planos de una Claudia azorada… El terror es idéntico al que vivió mientras la sorteaban, no se circunscribe a la geografía del putal, es un virus que contamina a toda la sociedad.
Un momento de 'El castillo', con la actriz Valentina Vidal (Claudia) en el centro .
Capítulo 6. Anatomía de un juicio
El episodio final comprende la celebración del procesamiento del Suizo. Aquí, de nuevo, las decisiones visuales anticipan el desenlace. El uso delzoom out para señalar el desamparo no solo de la víctima, sino también de la psicóloga que trata de explicar qué es y cómo funciona la indefensión aprendida. O los contrapicados que encapsulan al Suizo para denotar su posición de superioridad, la sensación de impunidad que desprende alguien que sabe, al igual que la feroz abogada que lo representa, que la condena, de haberla, será ridícula.
Todo está medido, basta ver la distancia que se aplica según quien intervenga: cómo se filma la declaración de Gerardo —en un muy buen trabajo de Omar Ayuso, alejado de sus registros habituales— o los emplazamientos de cámara que se eligen para filmar a unos y a otros en función de si están en la defensa o en la acusación.
Benjamín Naishtat no convence en San Sebastián con 'Glaxo', un 'noir' lánguido con Lali EspósitoY después está el traveling circular que comprende la deliberación de los tres jueces (una mujer y dos hombres). Nótese que El castillo carece de la ampulosidad fílmica de títulos como El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018) o Antidisturbios (Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, 2020), por citar dos títulos a los que también están vinculados Isabel Peña y Eduardo Villanueva y que, de algún modo, tienen conexiones temáticas con este su nuevo trabajo, pues todos ellos buscan, de uno u otro modo, dar cuenta de la realidad menos amable de nuestro país.
Aquí todo resulta más prosaico, menos llamativo, la dirección mimetizándose con un ambiente cutre de bar de carretera con menús plastificados, vino con gaseosa y plato combinado rico en grasas saturadas.
Las ideas visuales no nos expulsan fuera del marco en el que está encajado este preciso retrato ambiental. La única excepción la encontramos aquí, en este despacho de la judicatura cuyo aire no es el mismo que se respira en las habitaciones mal iluminadas de los prostíbulos en las que se suceden noches interminables de polvos en serie en camas con sábanas de quita y pon, las prostitutas convertidas en sus propias mucamas haciendo válido el repulsivo aforismo de “encima de puta pon la cama”.
En ese despacho amplio e iluminado puede darse ese movimiento de 360º que nos invita a escuchar los distintos puntos de vista de los magistrados a propósito de un caso en el que la propia concepción de las leyes complica condenar a los acusados. Hay, además, una incapacidad manifiesta por parte de los intervinientes de colocarse en el lugar de las víctimas, poniendo la legislación como escudo ético tras el que parapetarse para afianzar su decisión final.
En ese esfuerzo por dotar de capas y capas a sus personajes, no es casual que Peña y Villanueva hayan elegido a una jueza para asumir posiciones moralmente comprometidas pero avaladas por el Código Penal, porque ya se sabe que lo terrible de la vida es que todos tienen sus razones.
Así pues, ese vistoso movimiento de cámara acuña la idea de circularidad, de nauseabundo eterno retorno —investigación, acusación, juicio, condena menor y vuelta a empezar— que terminará de rubricarse en el cierre de la serie.
Capítulo 6. El círculo vicioso
Valentina Vidal (Claudia) en un momento de 'El castillo' .
Antes que nada, perdón por detenerme a explicar algunas cuestiones sobre el final de El castillo. En realidad, no hay aquí grandes revelaciones, ni la trama importa tanto como el poder descriptivo y la exactitud analítica de la nueva producción de Movistar Plus, pero me veo en la obligación de avisarles para ahorrarme algún que otro improperio. Si lo desean, pueden parar de leer aquí mismo y ponerse Pretty Woman (Garry Marshall, 1990).
Todo termina con la obtención de un Documento Nacional de Identidad español, una suerte de El Dorado a la inversa perseguido con ahínco por aquellos que solo buscan una vida mejor allá donde pueden, porque supongo que ni ustedes ni yo nos iríamos de nuestras casas si tuviésemos una existencia medianamente apacible (detalle que a no pocos se les olvida con frecuencia).
En cualquier caso, la salida de Claudia de la comisaría no prorrumpe en un gran plano general que certifique la libertad conquistada; antes al contrario, se filma esa salida desde el interior de la estación policial, con las puertas y ventanas simulando un enrejado que nos notifica que la obtención de los papeles no garantiza un futuro mejor. A continuación, otra mujer llegada de Colombia subirá al coche del Suizo para replicar la historia de Claudia (recuerden: la estructura circular, el bucle enfermizo, el fallo de los jueces y su consecuencia...).
Sirva todo esto para constatar que El castillo no es una serie más.
El Castillo
Título: El castillo
Creador: Isabel Peña y Eduardo Villanueva
Intérpretes: Raúl Arévalo, Valentina Vidal, Omar Ayuso
Productora: Movistar Plus+, Caballo Films, Mafalda Entertainment.
País: España
Año: 2026
Plataforma: Movistar Plus
Fecha de estreno: 8 de octubre