Si de algo va sobrada la historia de España es de figuras icónicas. De Viriato a Juan Sebastián Elcano, la crónica patria es rica en personajes a los que el barniz de los siglos ha dado una pátina épica, casi casi de heroicidad. En pocos casos ese fenómeno alcanza sin embargo las cotas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid.
Sobre él se han escrito infinidad de artículos, novelas, biografías, canciones, dibujos animados y producciones para la pequeña y la gran pantalla, incluido el famoso film de 1961 dirigido por Anthony Mann y protagonizado por Charlton Heston y Sofia Loren. La figura del Cid ha traspasado la historiografía para calar la cultura popular, alimentando la crónica de la Reconquista y dando lustre a la hagiografía laica, pero en las últimas décadas una pregunta gana peso:
¿Fue Díaz de Vivar el héroe valiente e incorruptible, adalid del cristianismo, azote de infieles y virtuoso caudillo que se ha repetido durante los últimos tiempos?
Lo cierto es que cada vez más autores advierten que su figura histórica se ha distorsionado con el paso del tiempo. Incluso hay quien cree que (revisionismos extemporáneos aparte) sería más apropiado presentarlo como "un mercenario", un talentoso profesional de la guerra que no dudaba en poner su espada al servicio del rey cristiano de León o taifas musulmanes, según terciara.
¿Quién fue El Cid Campeador?
Parece simple, pero la pregunta anterior ("¿Quién era el Cid?") hay que responderla con un 'depende'. Depende de si echamos manos de la tradición literaria, alimentada básicamente por el 'Poema de Mío Cid' y los romances, o de las fuentes históricas, entre las que sobresalen 'Historia Roderici' y las crónicas árabes. Ninguna sirve para cubrir ciertas sombras en la historia de Díaz de Vivar, pero eso no quita que tengamos una idea bastante precisa de cómo fue su vida.
Quien sería el héroe más famoso de la Edad Media española nació probablemente en Vivar del Cid (Burgos) a mediados del siglo XI. Algunos autores sitúan su llegada al mundo hacia el 1041. Otros la retrasan al 1057. Lo que sabemos es que nació en una familia distinguida, sobre todo por vía materna, lo que le dio una ventaja clave en la vida: le permitió completar su formación en la corte de Fernando I y convertirse en un fiel compañero del infante Sancho.
Cuando este último ascendió al trono de Castilla convertido en Sancho II, Rodrigo encontró una oportunidad para prosperar: se puso al frente de una mesnada, afianzó su prestigio como guerrero y alcanzó sus primeras victorias. En Sancho II encontró un señor ambicioso, un rey empeñado en reunir los dominios que Fernando I había repartido entre él y el resto de sus hermanos... y sobre todo un trampolín profesional que le permitió destacar como alférez en el ejército.
El problema es que Sancho desaparece pronto de la ecuación. En 1702, durante el cerco de Zamora, el monarca que tanto había beneficiado a Díaz de Vivar muere asesinado por un noble leonés (los detalles del magnicidio darían para otro post) y deja el camino del trono libre para su hermano, Alfonso VI.
En Xataka
La Edad Media desarrolló un arte que hoy suena a ciencia ficción: representar 9.999 números solo con los dedos
Aquí el relato histórico y la épica juglaresca empiezan a diferir.
¿Cómo le va a Díaz de Vivar con su nuevo señor? Bien. Muy bien, de hecho. Quizás el Cid hubiera participado en las batallas de Llantada y Golpejera, en las que Sancho II se había enfrentado con éxito su hermano Alfonso, pero lo cierto es que si este último le guardaba resentimiento prefirió guardárselo para sí.
Consciente quizás de su valor como aliado, el nuevo rey decidió conservar a Rodrigo como vasallo, lo incluyó entre sus hombres de confianza y maniobró para que se casase con una dama de la alta alcurnia: Jimena Díaz, una noble asturiana emparentaba con el propio rey. Sabemos que en 1075 Rodrigo incluso acompañó a Alfonso IV a Asturias, donde intervino como juez en varios pleitos famosos.
Esa buena sintonía choca con una de las historias más famosas que giran en torno al Cid: la 'Jura de Santa Gadea', la leyenda que asegura que Díaz de Vivar se enfrentó a Alfonso y le obligó a jurar en la iglesia de Santa Gadea (Burgos) que no había tenido nada que ver en el asesinato de su hermano, el rey Sancho.
El episodio de Santa Garea es tan célebre que durante años el romance que lo relata se estudió en las escuelas e incluso aparece en la peli de 1961 protagonizada por Charlton Heston. ¿La realidad? La escena parece más bien fruto de la fantasía juglar, una leyenda creada para dar lustre al Cid, aunque capta una idea que sí es cierta: el distanciamiento entre Rodrigo y Alfonso VI. Eso sí, en esa ruptura pesó más la afición del primero por los botines que la fidelidad a su antiguo rey.
De héroe militar a mercenario
En el siglo XI la península Ibérica distaba mucho de ser una balsa de aceite. Había tensiones entre señores cristianos y musulmanes, pero también a nivel interno, entre cristianos con cristianos y musulmanes con musulmanes. La idea la capta bien Nora Berend, catedrática de historia de Cambridge, al recordar que un monarca cristiano "tenía más probabilidades de morir a consecuencia de las hostilidades con otros cristianos que luchando contra los musulmanes".
En ese convulso escenario Alfonso VI resultó ser un hábil estratega que supo reforzar su posición. "Era lo que hoy llamaríamos un fino diplomático. En una península convulsa y fragmentada se comportó como un emperador y consiguió el sometimiento de prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró por ejemplo que la mayoría de los reinos de Taifas le rindieran tributo", explica a ABC David Porrinas, autor de 'El Cid'.
Para desgracia de Alfonso, Díaz de Vivar se reveló un aliado impredecible, de naturaleza autónoma y dado a desenvainar la espada. La primera demostración llegó en 1079, con un enfrentamiento con nobles navarros que le valió poderosos enemigos. La segunda (y más grave) llegó años después, en 1081, cuando el Cid por iniciativa propia y sin contar el rey decidió irrumpir en el reino toledano al frente una mesnada, dejando miles y miles de cautivos por el camino.
En teoría Díaz de Vivar tomó las armas en respuesta a un ataque musulmán en Gormaz (Soria), pero la realidad es que al hacerlo puso patas arriba los planes del Alfonso VI: lo que podría parecer un acto de coraje fue más bien un movimiento imprudente, una bravata que colisionó con los intereses del monarca.
"La taifa de Toledo era aliada de Alfonso. Pese a ello, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte de unos musulmanes, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que creía culpables. Y estos pertenecían a dicho taifa", explica Porrinas. "El Cid arrasó los territorios cuando Alfonso ya contemplaba hacerse dueño, mediante medios diplomáticos, de la taifa de Toledo. El Campeador alteró esa armonía entre regiones y los planes de su señor".
El desmán de Rodrigo cabreó tanto al rey que tomó una medida radical: destellarlo. El Cid no perdió sus posesiones, pero tuvo que hacer 'la maleta' y lanzarse a una tournée ofreciendo sus servicios. En este punto el barniz mítico que ha adornado su figura durante décadas se descascarilla un poco más.
La 'hagiografía' laica se ha empeñado en mostrarlo como un adalid de la Reconquista, un héroe de la cristiandad; pero la realidad es que Díaz de Vivar no dudó en llamar a la puerta de señores musulmanes para ganarse el sustento.
Tras no tener suerte con los condes de Barcelona acabó en Zaragoza, donde reinaba el taifa Ahmad al-Muqtadir. Allí puso su espada al servicio el Yusuf al-Mu’taman, quien por entonces estaba enfrentado con su hermano al-Mundir. En el marco de esa pugna Rodrigo no dudó en pelear contra otros nobles cristianos cuando fue necesario. Es más, durante ese tiempo demostró dos cosas. Primero, su enorme habilidad como guerrero y estratega militar. Segundo, que no le temblaba la mano al sojuzgar a nobles, caballeros y prelados cristianos.
De traidor a señor de Valencia
La etapa de Rodrigo al servicio de señores musulmanes duró solo unos años, apenas un lustro. Con el tiempo volvió a ganarse el favor de Alfonso IV, quien a finales de la década de 1080 se enfrentaba a la amenaza de perder terrenos por el avance del ejército almorávide. En ese contexto Rodrigo debió de parecerle un valioso as en la manga porque recurrió a él para proteger sus dominios.
Eso sí, sin mucha suerte.
En 1088, en un momento en el que Fernando reclamó la mesnada de Rodrigo para que se sumase a sus tropas y repeliese a los invasores que estaban sitiando la fortaleza de Aledo, en Murcia, algo se torció. Debido supuestamente a un error, el Cid no salió al encuentro de los soldados de Alfonso en el lugar acordado. Para el monarca fue la gota que colma el vaso. Aconsejado por otros nobles interpretó la actitud del Cid como un desplante y lo declaró culpable de traición.
Lo que siguen son años en los que al Cid no le queda otra que sobrevivir en territorio musulmán, guiado por sus propios intereses y convertido en un caudillo independiente. Su atención se centró en Levante, aunque no dudó en llevar sus soldados (y saqueos) hasta la Rioja para enviar un mensaje a al conde García Ordóñez, uno de sus grandes rivales: su espada seguía siendo la más fuerte.
Su último gran capítulo sin embargo lo escribió en Valencia, una plaza que consiguió arrebatar a Ibn Jahhaf en 1094 tras someterla a un intenso cerco. El Cid no solo logró arrebatarle a los musulmanes la ciudad del Turia, también repelió los sucesivos intentos de los almorávides por recuperarla.
Así posó sus últimos años, hasta morir en julio de 1099, supuestamente por causas naturales, aunque no faltan versiones que aseguran que lo alcanzó una flecha perdida mientras defendía Valencia desde una almena. Su vida, Jimena, siguió viviendo varios años más en Valencia antes de verse obligada a pedir ayuda a Alfonso VI para defender la ciudad de los almorávides. El Cid dejó también dos hijas (Cristina y María) y una leyenda que fue engordando con el tiempo.
Una persona, varios personajes
¿Cómo surgió entonces el mito del Cid Campeador? ¿De dónde salen leyendas como la de la Jura de Santa Gadea o la que sostiene que ganó una última batalla ya muerto cuando los musulmanes vieron su cadáver a lo lejos erguido a lomos de un caballo? ¿Cómo se fabricó un mito tan poderoso y todo lo que lo adereza, incluida las famosas espadas Tizona y Colada y el caballo Babieca?
Porrinas cree que parte de la mística en torno a Díaz de Vivar empezó a tejerse desde muy pronto, prácticamente tras su muerte, y por razones bien calculadas.
"Este mito, al igual que el resto, surgiría, con probabilidad, poco después de la muerte de Rodrigo Díaz", explica sobre la leyenda de la última victoria del Cid. "Es posible que los impulsores fueran la propia Jimena y el Obispo Jerónimo, nombrado en Valencia por el Papa e independiente a los poderes eclesiásticos de la península. Los dos perdían muchísimo con la pérdida de la ciudad".
"Qué mejor forma de legitimar que esa urge era suya (y que habían sido los primeros en arrebatársela a los musulmanes) que impulsar la 'Historia Roderici' o el primer poema que, medio siglo después, canto la historia del Campeador".
La mística en torno a Díaz de Vivar es sin embargo mucho más compleja, se apoya en parte en el trabajo del historiador Menéndez Pidal, en el provecho que sacó del Campeador el régimen de Franco y sobre todo en lo mucho que ha calado en la cultura el 'Cantar del mío Cid', una gesta que ensalza las hazañas de Rodrigo y que se compuso a inicios del XIII. Como recuerda Porrinas, los jóvenes estudian en las aulas lo que dice la obra literaria, en la que se incluyen relatos épicos como el de la afrenta de Corpes, pero no profundizan en el personaje histórico.
La realidad es que no tenemos pruebas de que el Cid empuñase una espada llamada Tizona o que cabalgase a lomos del fabuloso corcel Babieca y todo indica que capítulos como la Jura de Santa Gadea son leyendas. Lo que sí parece sólido es que Rodrigo sirvió tanto al rey cristiano como a taifas, que al menos parte de sus guerreros eran musulmanes y que si por algo destacó, además de su talento militar, fue básicamente por su habilidad para crear una tropa profesional.
Una de las últimas voces en destacar el carácter poliédrico de la figura del Campeador es la de Berend, profesora de Cambridge. En un artículo publicado en 2025 en El Confidencial la experta recuerda que la polémica en torno a la figura del Campeador y si puede o no asimilarse a la de un "mercenario" no es nueva. Se remonta como mínimo a tiempos de Reinhart Dozy (XIX), quien tras señalar las inconsistencias en la leyenda de Díaz de Vivar acabó tachado de "cidofobo".
No fue el único. Otros autores después de él se han dedicado a revisar la historia y recuperado la idea de que básicamente era un militar a sueldo.
"La fama del Cid es una historia con muchos protagonistas, no de un solo héroe. Y es lo que los héroes nacen gracias a las acciones de muchas personas. Jimena, los monjes de San Pedro de la Cardeña, la corte real, los ciudadanos de Burgos, novelistas, historiadores y políticos. Todos participaron en su transformación", señala Berend. "En cada reformulación, su historia se cortó por el patrón que imponían las expectativas de la época y necesidades de quienes lo ensalzaron".
De los romances a Amazon Prime
En opinión de la catedática, Rodrigo fue ni más ni menos que "un guerrero de éxito en una época en la que la lucha era endémica", también "un hombre de su tiempo" seducido por las victorias y ganancias. En ese aspecto ni siquiera supone un caso excepcional. Otros nobles cristianos no dudaron tampoco en luchar en favor de señores musulmanes a lo largo de los siglos XI, XII y XIII.
Lo innegable es que pocos personajes han inspirado tantas obras y han influido tanto en la cultura como Díaz de Vivar, y no solo por el poema el 'Cantar de Mío Cid' o los romances sobre su figura. Más allá de su figura histórica y el uso que a lo largo de los siglos han hecho unos y otros de ella, Rodrigo ha inspirado desde grandes superproducciones con estrellas de Hollywood a canciones rock, dibujos, novelas y series. Una de las últimas fue la lanzada hace años por Amazon.
Porque al final en el Cid caben muchos 'Cids'.
Imágenes | Wikipedia 1, 2, Turismo de Castilla y León y Espinof
En Xataka | Jesús no nació en el año 1 ni el 25 de diciembre. Esto es lo que sabemos sobre su fecha real y exacta de nacimiento
-
La noticia
El Cid no fue como te lo contaron: la verdadera historia de Díaz de Vivar, el héroe que también sirvió a musulmanes
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
.
El Cid no fue como te lo contaron: la verdadera historia de Díaz de Vivar, el héroe que también sirvió a musulmanes
Díaz de Vivar es uno de los héroes más famosos de España, pero... ¿Cuánto es eral y cuánto mito?
Si de algo va sobrada la historia de España es de figuras icónicas. De Viriato a Juan Sebastián Elcano, la crónica patria es rica en personajes a los que el barniz de los siglos ha dado una pátina épica, casi casi de heroicidad. En pocos casos ese fenómeno alcanza sin embargo las cotas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid.
Sobre él se han escrito infinidad de artículos, novelas, biografías, canciones, dibujos animados y producciones para la pequeña y la gran pantalla, incluido el famoso film de 1961 dirigido por Anthony Mann y protagonizado por Charlton Heston y Sofia Loren. La figura del Cid ha traspasado la historiografía para calar la cultura popular, alimentando la crónica de la Reconquista y dando lustre a la hagiografía laica, pero en las últimas décadas una pregunta gana peso:
¿Fue Díaz de Vivar el héroe valiente e incorruptible, adalid del cristianismo, azote de infieles y virtuoso caudillo que se ha repetido durante los últimos tiempos?
Lo cierto es que cada vez más autoresadvierten que su figura histórica se ha distorsionado con el paso del tiempo. Incluso hay quien cree que (revisionismos extemporáneos aparte) sería más apropiado presentarlo como "un mercenario", un talentoso profesional de la guerra que no dudaba en poner su espada al servicio del rey cristiano de León o taifas musulmanes, según terciara.
¿Quién fue El Cid Campeador?
Parece simple, pero la pregunta anterior ("¿Quién era el Cid?") hay que responderla con un 'depende'. Depende de si echamos manos de la tradición literaria, alimentada básicamente por el 'Poema de Mío Cid' y los romances, o de las fuentes históricas, entre las que sobresalen 'Historia Roderici' y las crónicas árabes. Ninguna sirve para cubrir ciertas sombras en la historia de Díaz de Vivar, pero eso no quita que tengamos una idea bastante precisa de cómo fue su vida.
Quien sería el héroe más famoso de la Edad Media española nació probablemente en Vivar del Cid (Burgos) a mediados del siglo XI. Algunos autores sitúan su llegada al mundo hacia el 1041. Otros la retrasan al 1057. Lo que sabemos es que nació en una familia distinguida, sobre todo por vía materna, lo que le dio una ventaja clave en la vida: le permitió completar su formación en la corte de Fernando I y convertirse en un fiel compañero del infante Sancho.
Cuando este último ascendió al trono de Castilla convertido en Sancho II, Rodrigo encontró una oportunidad para prosperar: se puso al frente de una mesnada, afianzó su prestigio como guerrero y alcanzó sus primeras victorias. En Sancho II encontró un señor ambicioso, un rey empeñado en reunir los dominios que Fernando I había repartido entre él y el resto de sus hermanos... y sobre todo un trampolín profesional que le permitió destacar como alférez en el ejército.
El problema es que Sancho desaparece pronto de la ecuación. En 1702, durante el cerco de Zamora, el monarca que tanto había beneficiado a Díaz de Vivar muere asesinado por un noble leonés (los detalles del magnicidio darían para otro post) y deja el camino del trono libre para su hermano, Alfonso VI.
Aquí el relato histórico y la épica juglaresca empiezan a diferir.
¿Cómo le va a Díaz de Vivar con su nuevo señor? Bien. Muy bien, de hecho. Quizás el Cid hubiera participado en las batallas de Llantada y Golpejera, en las que Sancho II se había enfrentado con éxito su hermano Alfonso, pero lo cierto es que si este último le guardaba resentimiento prefirió guardárselo para sí.
Consciente quizás de su valor como aliado, el nuevo rey decidió conservar a Rodrigo como vasallo, lo incluyó entre sus hombres de confianza y maniobró para que se casase con una dama de la alta alcurnia: Jimena Díaz, una noble asturiana emparentaba con el propio rey. Sabemos que en 1075 Rodrigo incluso acompañó a Alfonso IV a Asturias, donde intervino como juez en varios pleitos famosos.
Esa buena sintonía choca con una de las historias más famosas que giran en torno al Cid: la 'Jura de Santa Gadea', la leyenda que asegura que Díaz de Vivar se enfrentó a Alfonso y le obligó a jurar en la iglesia de Santa Gadea (Burgos) que no había tenido nada que ver en el asesinato de su hermano, el rey Sancho.
El episodio de Santa Garea es tan célebre que durante años el romance que lo relata se estudió en las escuelas e incluso aparece en la peli de 1961 protagonizada por Charlton Heston. ¿La realidad? La escena parece más bien fruto de la fantasía juglar, una leyenda creada para dar lustre al Cid, aunque capta una idea que sí es cierta: el distanciamiento entre Rodrigo y Alfonso VI. Eso sí, en esa ruptura pesó más la afición del primero por los botines que la fidelidad a su antiguo rey.
De héroe militar a mercenario
En el siglo XI la península Ibérica distaba mucho de ser una balsa de aceite. Había tensiones entre señores cristianos y musulmanes, pero también a nivel interno, entre cristianos con cristianos y musulmanes con musulmanes. La idea la capta bien Nora Berend, catedrática de historia de Cambridge, al recordar que un monarca cristiano "tenía más probabilidades de morir a consecuencia de las hostilidades con otros cristianos que luchando contra los musulmanes".
En ese convulso escenario Alfonso VI resultó ser un hábil estratega que supo reforzar su posición. "Era lo que hoy llamaríamos un fino diplomático. En una península convulsa y fragmentada se comportó como un emperador y consiguió el sometimiento de prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró por ejemplo que la mayoría de los reinos de Taifas le rindieran tributo", explica a ABC David Porrinas, autor de 'El Cid'.
Para desgracia de Alfonso, Díaz de Vivar se reveló un aliado impredecible, de naturaleza autónoma y dado a desenvainar la espada. La primera demostración llegó en 1079, con un enfrentamiento con nobles navarros que le valió poderosos enemigos. La segunda (y más grave) llegó años después, en 1081, cuando el Cid por iniciativa propia y sin contar el rey decidió irrumpir en el reino toledano al frente una mesnada, dejando miles y miles de cautivos por el camino.
En teoría Díaz de Vivar tomó las armas en respuesta a un ataque musulmán en Gormaz (Soria), pero la realidad es que al hacerlo puso patas arriba los planes del Alfonso VI: lo que podría parecer un acto de coraje fue más bien un movimiento imprudente, una bravata que colisionó conlos intereses del monarca.
"La taifa de Toledo era aliada de Alfonso. Pese a ello, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte de unos musulmanes, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que creía culpables. Y estos pertenecían a dicho taifa", explica Porrinas. "El Cid arrasó los territorios cuando Alfonso ya contemplaba hacerse dueño, mediante medios diplomáticos, de la taifa de Toledo. El Campeador alteró esa armonía entre regiones y los planes de su señor".
El desmán de Rodrigo cabreó tanto al rey que tomó una medida radical: destellarlo. El Cid no perdió sus posesiones, pero tuvo que hacer 'la maleta' y lanzarse a una tournée ofreciendo sus servicios. En este punto el barniz mítico que ha adornado su figura durante décadas se descascarilla un poco más.
La 'hagiografía' laica se ha empeñado en mostrarlo como un adalid de la Reconquista, un héroe de la cristiandad; pero la realidad es que Díaz de Vivar no dudó en llamar a la puerta de señores musulmanes para ganarse el sustento.
Tras no tener suerte con los condes de Barcelona acabó en Zaragoza, donde reinaba el taifa Ahmad al-Muqtadir. Allí puso su espada al servicio el Yusuf al-Mu’taman, quien por entonces estaba enfrentado con su hermano al-Mundir. En el marco de esa pugna Rodrigo no dudó en pelear contra otros nobles cristianos cuando fue necesario. Es más, durante ese tiempo demostró dos cosas. Primero, su enorme habilidad como guerrero y estratega militar. Segundo, que no le temblaba la mano al sojuzgar a nobles, caballeros y prelados cristianos.
De traidor a señor de Valencia
La etapa de Rodrigo al servicio de señores musulmanes duró solo unos años, apenas un lustro. Con el tiempo volvió a ganarse el favor de Alfonso IV, quien a finales de la década de 1080 se enfrentaba a la amenaza de perder terrenos por el avance del ejército almorávide. En ese contexto Rodrigo debió de parecerle un valioso as en la manga porque recurrió a él para proteger sus dominios.
Eso sí, sin mucha suerte.
En 1088, en un momento en el que Fernando reclamó la mesnada de Rodrigo para que se sumase a sus tropas y repeliese a los invasores que estaban sitiando la fortaleza de Aledo, en Murcia, algo se torció. Debido supuestamente a un error, el Cid no salió al encuentro de los soldados de Alfonso en el lugar acordado. Para el monarca fue la gota que colma el vaso. Aconsejado por otros nobles interpretó la actitud del Cid como un desplante y lo declaró culpable de traición.
Lo que siguen son años en los que al Cid no le queda otra que sobrevivir en territorio musulmán, guiado por sus propios intereses y convertido en un caudillo independiente. Su atención se centró en Levante, aunque no dudó en llevar sus soldados (y saqueos) hasta la Rioja para enviar un mensaje a al conde García Ordóñez, uno de sus grandes rivales: su espada seguía siendo la más fuerte.
Su último gran capítulo sin embargo lo escribió en Valencia, una plaza que consiguió arrebatar a Ibn Jahhaf en 1094 tras someterla a un intenso cerco. El Cid no solo logró arrebatarle a los musulmanes la ciudad del Turia, también repelió los sucesivos intentos de los almorávides por recuperarla.
Así posó sus últimos años, hasta morir en julio de 1099, supuestamente por causas naturales, aunque no faltan versiones que aseguran que lo alcanzó una flecha perdida mientras defendía Valencia desde una almena. Su vida, Jimena, siguió viviendo varios años más en Valencia antes de verse obligada a pedir ayuda a Alfonso VI para defender la ciudad de los almorávides. El Cid dejó también dos hijas (Cristina y María) y una leyenda que fue engordando con el tiempo.
Una persona, varios personajes
¿Cómo surgió entonces el mito del Cid Campeador? ¿De dónde salen leyendas como la de la Jura de Santa Gadea o la que sostiene que ganó una última batalla ya muerto cuando los musulmanes vieron su cadáver a lo lejos erguido a lomos de un caballo? ¿Cómo se fabricó un mito tan poderoso y todo lo que lo adereza, incluida las famosas espadas Tizona y Colada y el caballo Babieca?
Porrinas cree que parte de la mística en torno a Díaz de Vivar empezó a tejerse desde muy pronto, prácticamente tras su muerte, y por razones bien calculadas.
"Este mito, al igual que el resto, surgiría, con probabilidad, poco después de la muerte de Rodrigo Díaz", explica sobre la leyenda de la última victoria del Cid. "Es posible que los impulsores fueran la propia Jimena y el Obispo Jerónimo, nombrado en Valencia por el Papa e independiente a los poderes eclesiásticos de la península. Los dos perdían muchísimo con la pérdida de la ciudad".
"Qué mejor forma de legitimar que esa urge era suya (y que habían sido los primeros en arrebatársela a los musulmanes) que impulsar la 'Historia Roderici' o el primer poema que, medio siglo después, canto la historia del Campeador".
La mística en torno a Díaz de Vivar es sin embargo mucho más compleja, se apoya en parte en el trabajo del historiador Menéndez Pidal, en el provecho que sacó del Campeador el régimen de Franco y sobre todo en lo mucho que ha calado en la cultura el 'Cantar del mío Cid', una gesta que ensalza las hazañas de Rodrigo y que se compuso a inicios del XIII. Como recuerda Porrinas, los jóvenes estudian en las aulas lo que dice la obra literaria, en la que se incluyen relatos épicos como el de la afrenta de Corpes, pero no profundizan en el personaje histórico.
La realidad es que no tenemos pruebas de que el Cid empuñase una espada llamada Tizona o que cabalgase a lomos del fabuloso corcel Babieca y todo indica que capítulos como la Jura de Santa Gadea son leyendas. Lo que sí parece sólido es que Rodrigo sirvió tanto al rey cristiano como a taifas, que al menos parte de sus guerreros eran musulmanes y que si por algo destacó, además de su talento militar, fue básicamente por su habilidad para crear una tropa profesional.
Una de las últimas voces en destacar el carácter poliédrico de la figura del Campeador es la de Berend, profesora de Cambridge. En un artículo publicado en 2025 en El Confidencial la experta recuerda que la polémica en torno a la figura del Campeador y si puede o no asimilarse a la de un "mercenario" no es nueva. Se remonta como mínimo a tiempos de Reinhart Dozy (XIX), quien tras señalar las inconsistencias en la leyenda de Díaz de Vivar acabó tachado de "cidofobo".
No fue el único. Otros autores después de él se han dedicado a revisar la historia y recuperado la idea de que básicamente era un militar a sueldo.
"La fama del Cid es una historia con muchos protagonistas, no de un solo héroe. Y es lo que los héroes nacen gracias a las acciones de muchas personas. Jimena, los monjes de San Pedro de la Cardeña, la corte real, los ciudadanos de Burgos, novelistas, historiadores y políticos. Todos participaron en su transformación", señala Berend. "En cada reformulación, su historia se cortó por el patrón que imponían las expectativas de la época y necesidades de quienes lo ensalzaron".
De los romances a Amazon Prime
En opinión de la catedática, Rodrigo fue ni más ni menos que "un guerrero de éxito en una época en la que la lucha era endémica", también "un hombre de su tiempo" seducido por las victorias y ganancias. En ese aspecto ni siquiera supone un caso excepcional. Otros nobles cristianos no dudaron tampoco en luchar en favor de señores musulmanes a lo largo de los siglos XI, XII y XIII.
Lo innegable es que pocos personajes han inspirado tantas obras y han influido tanto en la cultura como Díaz de Vivar, y no solo por el poema el 'Cantar de Mío Cid' o los romances sobre su figura. Más allá de su figura histórica y el uso que a lo largo de los siglos han hecho unos y otros de ella, Rodrigo ha inspirado desde grandes superproducciones con estrellas de Hollywood a canciones rock, dibujos, novelas y series. Una de las últimas fue la lanzada hace años por Amazon.