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El coste invisible de sostener la vida

El coste invisible de sostener la vida
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Los cuidados deben convertirse en una responsabilidad colectiva, sostenida por políticas públicas y una organización social y laboral que no obligue a elegir entre atender y vivir

LA TRIBUNA

El coste invisible de sostener la vida

Los cuidados deben convertirse en una responsabilidad colectiva, sostenida por políticas públicas y una organización social y laboral que no obligue a elegir entre atender y vivir

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MARÍA GUIJARRO CEBALLOS. SECRETARIA DE ESTADO DE IGUALDAD Y PARA LA ERRADICACIÓN DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

02/07/2026 a las 02:00h.

Hay informes que describen la realidad y otros que la dejan al descubierto. 'El Estado de las Paternidades en España 2026', presentado hace unos días ... en el Ministerio de Igualdad, pertenece a la segunda categoría. No habla solo de madres y padres, sino del modelo de sociedad que hemos construido y de sus límites. Y lo hace con una claridad difícil de esquivar: en España, cuidar sigue siendo sinónimo de renunciar.

Hay, sin embargo, un cambio social innegable. Las paternidades están evolucionando. Los hombres quieren ser padres presentes, implicados y corresponsables. Pero esta transformación convive con un sistema laboral, económico e institucional que no ha acompañado ese cambio. De esa disonancia nace una tensión silenciosa entre el deseo de cuidar y la dificultad real de hacerlo.

Estamos ante un modelo social desfasado: los cuidados no pueden depender del sacrificio individual

Porque cuidar, hoy, tiene un precio. Se paga en salarios, en carreras profesionales, en salud mental y en tiempo de vida. Y, sobre todo, se paga en desigualdad. Aunque la corresponsabilidad avanza, sigue siendo incompleta. Las mujeres continuamos asumiendo la mayor parte de la carga, especialmente la invisible: la planificación, la anticipación, la gestión cotidiana del hogar.

Cuando llega el momento de conciliar, esa desigualdad se hace evidente. El 90% de quienes reducen su jornada o solicitan excedencias para cuidar son mujeres. Nosotras seguimos ajustando nuestras trayectorias vitales al cuidado. Ellos, en cambio, suelen adaptar horarios sin reducir horas ni salario.

No son decisiones individuales, sino estructuras. Mientras el 82% de los hombres con responsabilidades de cuidado no modifica su situación laboral, ese porcentaje desciende al 67% en el caso de las mujeres, además con mayores costes: jornadas reducidas, trayectorias interrumpidas y pérdida de ingresos. Esta dinámica explica una parte sustancial de la brecha salarial de género: la igualdad formal convive con una desigualdad material persistente.

Se han dado pasos importantes en políticas públicas -la equiparación de permisos, su ampliación o el refuerzo de la educación de 0 a 3 años-, pero las normas sociales, la cultura empresarial y las inercias económicas siguen condicionando su impacto. Muchos hombres no ejercen plenamente sus derechos por temor a represalias laborales. Muchas mujeres prolongamos las excedencias porque el sistema sigue esperando que cuidemos nosotras. El resultado es una corresponsabilidad frágil.

El informe también revela una paradoja: cuidar es, a la vez, lo que más satisface y lo que más desgasta. Hay vínculo, sentido y felicidad, pero también agotamiento, culpa y ansiedad. No podemos permitir que una de las experiencias más valiosas de la vida se desarrollen en condiciones que la dificultan.

Hay además una dimensión decisiva, el tiempo. No solo cuánto se trabaja, sino cómo se distribuye. Quién puede descansar o formarse y quién acumula jornadas dobles invisibles. En esa geografía del tiempo, la desigualdad se reproduce con precisión.

No estamos ante una crisis de valores, sino ante un modelo social desfasado. Durante décadas, el cuidado se consideró una responsabilidad privada, confinada al ámbito doméstico. Ese modelo ha agotado su recorrido.

Hoy necesitamos un cambio de paradigma. Los cuidados no pueden depender del sacrificio individual ni del sacrificio desigual de las mujeres. Deben convertirse en una responsabilidad colectiva, sostenida por políticas públicas, un mercado laboral compatible con la vida y una organización social que no obligue a elegir entre cuidar y vivir.

España se encuentra en un punto de inflexión. Somos una sociedad que quiere avanzar, familias que ya no respondemos a esquemas tradicionales y un marco institucional que empieza a situar los cuidados en el centro. Pero arrastra un modelo productivo que sigue funcionando como si nada hubiera cambiado.

Esa contradicción no es sostenible. No lo es demográficamente, cuando tener hijos se convierte en un riesgo económico. No lo es socialmente, cuando el tiempo se convierte en un privilegio. No lo es en términos de igualdad, cuando cuidar sigue teniendo género. La buena noticia es que el diagnóstico ya está hecho y las soluciones empiezan a desplegarse. Porque el futuro no se decide solo en grandes acuerdos o cifras macroeconómicas. Se juega cada día en los hogares: en quién cuida, quién puede hacerlo y a qué coste. Y ese es, quizá, el debate más decisivo de nuestro tiempo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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