Los trenes fueron durante muchas décadas un símbolo del progreso. La construcción de Estados Unidos como nación está asociada a la expansión del ferrocarril hacia el Oeste. Y el nuevo medio de transporte permitió enlazar territorios lejanos como sucedió con el Transiberiano. Desde su nacimiento, ... el ferrocarril sirvió para crear riqueza y nuevos negocios gracias a una tecnología revolucionaria que acortó las distancias.
Pero el advenimiento de las locomotoras de vapor y las vías férreas fue acogido con una mezcla de temor y rechazo por quienes creían que hollaba la sacrosanta naturaleza cuando no profanaba lugares donde habían sobrevivido muchas generaciones. Henry David Thoreau afirmó: «No viajamos en el ferrocarril, el ferrocarril viaja sobre nosotros». Quería decir que el tren no sólo cambia la concepción del tiempo de los seres humanos sino que además los subordina a un progreso que deviene en esclavitud. Thoreau culpaba a la técnica de la pérdida de la conexión de los hombres con el medio natural.
Los carlistas coincidieron plenamente con esta visión apocalíptica de los trenes. Tal vez porque veían en ellos un instrumento al servicio de la maquinaria de guerra liberal. O porque no encajaban en su filosofía de 'Dios, Patria y Rey', expresión de una mística religiosa y conservadora. El odio del bando carlista a los trenes llegó a tal punto que decidieron destruirlos y considerar enemigos a quienes trabajaban en las líneas ferroviarias.
Corría diciembre del año 1874 cuando el general Antonio Lizárraga, jefe militar de las tropas carlistas en la Zona Central y Levante, dictó en Lucena (Córdoba) un bando en el que ordenaba a sus soldados la paralización del servicio ferroviario desde Madrid a Valencia, Alicante, Zaragoza y Cartagena. «Todos los empleados y dependientes de las vías férreas que fueran encontrados a una legua de una vía serán fusilados irremisiblemente, sin darles más tiempo que una hora para que mueran cristianamente», decía la orden.
A continuación, extendía la pena al material rodante: «Todos los trenes de mercancías que sean apresados por fuerzas reales serán acto continuo incendiados». Igual destino reservaba Lizárraga a los trenes de pasajeros, cuyos ocupantes debían ser evacuados, sin distinción de sexo, trasladados con su equipaje y liberados a dos jornadas de distancia. Una vez desalojados los vagones, los trenes tenían que ser incendiados. La prosa de este general equiparaba la vida de los ferroviarios con la de los trenes, cuyo rastro había que borrar. Es muy difícil encontrar una pasión tan violenta contra el ferrocarril como la de los carlistas, que superaban a los sioux en su afán de acabar con las vías férreas. No hay duda de que preferían la espada y los caballos para combatir a los liberales.
«Todos los empleados y dependientes de las vías férreas que fueran encontrados a una legua de una vía serán fusilados irremisiblemente«
Jefe militar de las tropas carlistas en la Zona Central y Levante (1874)
El furor destructor de los carlistas era una reacción al decreto del general isabelino Francisco Serrano, presidente del Gobierno y líder del bando liberal. Dictó otro decreto en el que también se establecía la pena de muerte contra quienes provocaran daños a la infraestructura ferroviaria, atacaran trenes o amenazarán la seguridad de la circulación. Los carlistas perdieron la guerra y los políticos de la Restauración apostaron por el tren como un instrumento de vertebración del territorio. Muchas de las grandes estaciones se construyeron en ese periodo que va desde 1874 a la dictadura de Primo de Rivera.
El historiador Gonzalo Percival narra en su historia del ferrocarril la saña de los carlistas, que se significaron también en la destrucción de las estaciones. La partida del Cura Santa Cruz quemó la estación de Irurzun, devastó la de Beasain y cortó la vía entre Vitoria y Bilbao. Unamuno en 'Paz en la guerra' describe la sensación de euforia de los carlistas al destrozar los ferrocarriles: «¡Grande encanto el de destruir aquellos artefactos y verlos hechos trizas!». Decían que eran una invención de Lucifer y un signo de la decadencia de la civilización.
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