La ofensiva de EEUU e Israel activa celebraciones, temor a represalias contra presos y dudas entre quienes, como ella, rechazan la guerra desde el exterior.
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Elena Pérez Publicada 5 marzo 2026 02:55hHay lugares del mundo donde la tensión quema tanto sobre la piel que bien podrían parecerse a visitar el infierno en la tierra. Irán y Afganistán son dos ejemplos justos de ello, y en ambos se ha criado Fatimah Hossaini (Teherán, 1993), poniendo su obturador al servicio de la reivindicación de las mujeres de aquella región que abandonó en 2021.
Se crio en la capital de una república que hoy entra en un conflicto de magnitudes globales por la ofensiva de Estados Unidos e Israel tras las protestas que desencadenaron una ola de represión contra una importante parte de la población. "Hay exiliadas que están a favor de los bombardeos y otras que no; vivimos un momento muy complejo", dice.
Estos días, parte de la ciudadanía iraní repartida por el mundo ha salido a celebrar la muerte del líder supremo Alí Jameneí agitando banderas y hablando del fin de un régimen opresor. Otras siguen las imágenes con el estómago encogido, pensando que la liberación puede volver a parecerse demasiado a las ruinas de Irak o Afganistán.
El pulso femenino al régimen de Irán: las mujeres se quitan el velo y queman fotos de Jamenei en medio de las protestas"Estamos emocionados y hemos celebrado la eliminación de la cabeza de la serpiente", admitía a EFE un activista de Tehrangeles, el barrio de Los Ángeles en el que se concentra la mayor comunidad iraní de EEUU. Sin embargo, el hecho de que los ataques, que iban a durar unos días, no tengan fecha de fin definida, ha hecho crecer la incertidumbre.
En esas mismas calles, una joven de padres iraníes se rebelaba contra esa euforia: "Son demasiados muertos, creo que se debió actuar de una manera más calculada. Esto se puede convertir en una guerra muy larga", decía en voz baja, preocupada por unos familiares con los que ya no puede hablar desde que empezaron los ataques y el apagón de comunicaciones.
Tampoco la escritora Sahar Delijani, nacida en una prisión de Teherán y hoy exiliada, puede sumarse a la celebración sin matices. "Los iraníes siguen atrapados entre un régimen que extingue la vida bajo el pretexto de protegerse de una revolución y poderes extranjeros que lanzan misiles sobre personas inocentes para liberarles", publicaba en sus redes el 4 de marzo.
Las redes se han llenado en los últimos días de mensajes que rezan "Irán libre", pero las opiniones que continúan tras ese lema son diversas y muestran la dualidad entre la rabia por décadas de represión y el miedo a otra guerra sin fin que se cierne desde el 28 de febrero sobre millones de iraníes lejos de casa.
En esa misma fractura —y tras exponer las reflexiones de algunos de sus compatriotas a quienes, insiste una y otra vez, hay que escuchar más que juzgar sin haberse informado antes— se encuentra precisamente la voz que guía este reportaje, Fatimah Hossaini, que habla desde la experiencia de haber sido víctima de dos conflictos y un exilio.
Autorretrato de la artista. Cedida
De Teherán a la diáspora
Son las ocho de la tarde, seis horas menos en Nueva York, cuando atiende la llamada para contar su historia. Reside allí desde 2024, como becaria visitante en Parsons School of Design, donde trabaja con archivos afganos y con recursos que sabe que no podría hallar en otro sitio. Pero "esa dimensión creativa convive conuna angustia constante", reconoce.
Al ser preguntada por sus familiares, que ahora se encuentran en Teherán, afirma que ayer pudo hablar con ellos a través de un amigo tras cuatro días de apagón. "Sin internet, sin línea telefónica, sin noticias fiables, están completamente a oscuras. El régimen lleva años filtrando el acceso a servicios y aislando a la población, pero esta escalada les ha dejado atrapados".
La intervención de EEUU e Israel comenzó el 28 de febrero, con explosiones que se extendieron por 24 provincias, según la Media Luna Roja iraní, y tras ellas se comunicó la muerte de Jameneí, de su esposa y de más de 200 personas. Irán prometió una respuesta aplastante y, desde entonces, ha lanzado misiles contra múltiples países de la región.
Muchos de los cuatro millones de iraníes en la diáspora han celebrado la caída del ayatolá, y buena parte reclama que Reza Pahlevi, heredero del sha de Persia derrocado, se ponga al frente. Otros, como Hossaini, admiten tener sensaciones mezcladas: por un lado, esperanzas de libertad para su pueblo; por otro, una incertidumbre abrumadora.
"Muchas personas celebran la idea de matar al dictador. He vivido muchos años en Irán y visto de cerca lo que el gobierno hace no sólo con el pueblo, sino también con los refugiados. La represión es brutal y el dolor genera mucha rabia", explica la artista, que estudió en la Universidad de Teherán, "un epicentro de manifestaciones y de vida intelectual", añade.
El estallido de las protestas el 28 de diciembre, producidas en un contexto de inflación desbocada y deterioro de las condiciones de vida, llevó a personas de todo el país a exigir un sistema que respetase los derechos humanos. La represión fue brutal y, pese a que los datos oficiales de las oenegés apuntan a, al menos, 3.428 fallecidos, se estiman más de 25.000.
Hossaini sufrió el horror de esas 'semanas negras' desde Nueva York. "Tengo amigos, excompañeros y familia allí. En las últimas movilizaciones, he visto y me han contado cómo mataban a jóvenes en la calle de forma sistemática. El número de presos políticos, estudiantes, artistas, médicos, periodistas en las cárceles es enorme", asegura.
Una es la nobel de la Paz Narges Mohammadi. Detenida en diciembre un año después de su libertad condicional, se la acusa de conspirar contra el régimen y un tribunal acaba de condenarla a siete años y medio de prisión. "El Gobierno trata de presentar todo esto como propaganda, pero la gente en Teherán sabe lo que está pasando", lamenta la fotógrafa.
En este sentido, la familia de la laureada activista ha advertido de que cada escalada bélica se traduce, dentro de Irán, en más margen para la represión. Temen que, mientras la atención internacional se centra en los misiles, el régimen aproveche para endurecer aún más el castigo contra quienes ya están entre rejas, empezando por la Nobel y por el resto de presos políticos.
Do not forget political prisoners amid war
— Narges Mohammadi | نرگس محمدی (@nargesfnd) March 1, 2026
Amid widespread reports of public celebration following the killing of Ali Khamenei—under whose four-decade rule countless political and civil activists were imprisoned for their dissent—the Narges Foundation is deeply concerned for the…
Mientras tanto, el ministro de Defensa israelí ha anunciado que eliminará al próximo líder supremo —el favorito es el hijo de Jameneí, que podría ser designado en breve— si no rompe con la línea ideológica de su padre, y el Ejército ha reivindicado un ataque de precisión contra la sede de la Asamblea de Expertos, el órgano religioso encargado de elegir al sucesor.
Irán detiene de forma "violenta" a Narges Mohammadi, activista galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2023Fatimah Hossaini observa con ambivalencia las imágenes de celebraciones multitudinarias donde exiliados iraníes agitan banderas y corean consignas de apoyo a la intervención. Algunas, como la creadora de contenido Nafas Bihamta, incluso se graban en grupo parodiando las escenas oficiales de duelo y las muestras de apoyo al régimen, fingiendo llorar entre risas por la caída del líder supremo.
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Lo que genera más debate en la diáspora es la magnitud de la denonimada operación Furia Épica, en la que múltiples medios han afirmado que se atacó una escuela infantil en la que murieron más de un centenar de personas. La fotógrafa resume que "las bombas nunca caen sobre los gobiernos, sino sobre la gente. Entiendo la rabia, aunque me cuesta ver cómo se pide la guerra como si no tuviera un precio humano".
"No quiero entrar en detalles sobre la política interna de Irán, porque tengo críticas más que suficientes hacia el Gobierno, pero tampoco me alineo con quienes celebran la guerra. Nos alegramos de que caiga un dictador, claro. Pero ¿a qué precio? Nunca se ha visto que la libertad prometida llegue realmente tras esos bombardeos", añade durante la entrevista.
En Irán, destaca la artista, existe una brecha ideológica incluso entre los miembros de una misma familia: "La sociedad está dividida en distintas corrientes: algunos quieren el regreso del rey, otros apoyan la República Islámica y la nueva generación anhela algo distinto. Tengo amigos en contra del gobierno cuyos padres eran partidarios de Jameneí".
Esa misma ausencia de una "voz unificada" se observa en el exterior, aunque matiza: "Es muy difícil tener noticias hoy en día. Por el lado estadounidense hay propaganda, mientras del lado iraní hay silencio. La gente del país está en una burbuja mientras otros hablan en su nombre. El aislamiento es una forma de matar sin hacerlo físicamente".
Resiliencia ante el objetivo
La primera vez que ese sentimiento de desgarro atravesó su vida fue en 2015, cuando, contra el consejo de toda su familia, empezó a viajar a Afganistán hasta que acabó instalándose allí. "Sentía una responsabilidad, como si tuviera que ver con mis propios ojos el lugar del que venía mi apellido", recuerda.
Aceptó una plaza de profesora en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Kabul y abrió un estudio. "Me dijeron que estaba loca", admite. Encontró una sociedad marcada por la violencia, pero también una comunidad artística que intentaba, con pocos medios, dibujar otros futuros. Fue allí donde empezó su serie más conocida, Beauty Amidst War.
Retrato de la serie 'Pearl In The Oyster'. Cedida
Era un conjunto de retratos de mujeres afganas —sobre todo artistas, actrices, músicas— alejados de la iconografía del burka y el victimismo. “Cuando era niña, cada vez que oía hablar de ellas todo se reducía a eso", explica. "Pero veía a mi madre y a mi hermana, a quienes dediqué mi libro, y no encajaban en ese estereotipo", añade.
Hossaini proviene de una familia con sensibilidad artística. Su padre toca el rubab, instrumento típico del país. Su hermana, música, "se fue hace poco de Irán por las protestas", dice. Y prosigue con su explicación: "Si lees la historia de Afganistán, las mujeres siempre han estado en primera línea, sosteniendo familias, comunidades, incluso cuando nadie las nombra".
Sus retratos, creados con telas de colores vivos, tocados tradicionales y escenarios reconocibles, nacieron como respuesta a esa omisión: "Mucha gente, sobre todo tras el colapso, decía que no era la realidad de las afganas y que mis imágenes mostraban clichés de belleza, pero creo que los artistas no estamos solo para cubrir la realidad. Si no, haría fotografía documental".
Y argumenta que para que sus protagonistas pudieran mostrarse así ante la cámara, han tenido que luchar en una sociedad patriarcal. "Es muy difícil pedir a una mujer que se ponga frente a una cámara en la calle. Yo misma he sufrido mucho rechazo, llamadas de padres o hermanos e incluso amenazas que pusieron en riesgo mi vida", afirma.
Por eso, decidió centrarse en artistas que le permitieran publicar sus fotos. "Una afgana hermosa en el corazón de Kabul, con un pañuelo, un sombrero, un instrumento... A través de esos signos simbólicos, quise contradecir la narrativa limitada a las explosiones y violencias que sufren. Quería contar la historia de la resiliencia y de la belleza que sigue viva", subraya.
A su juicio, "siempre se ha contado a las mujeres de Oriente Medio y, especialmente de Afganistán, como víctimas. Pero ellas son y han sido luz. No empiezan las guerras ni las buscan. Son víctimas, pero aun así piensan en los tejidos, las flores, las joyas que llevan. Con ese lenguaje he tratado de narrar su historia de resistencia".
En 2021, cuando los talibanes volvieron a tomar el poder, el proyecto se quebró de golpe. Hossaini estaba en Kabul y tuvo que subir a un avión rumbo a París, donde rehizo su vida como refugiada. "Era la ciudad más bella y artística del mundo, pero por dentro estaba muerta. Asumí que, como ocurrió con padres, mi vida también sería en el exilio", lamenta.
Allí terminó las últimas cinco imágenes que no había podido completar en Afganistán, pero plasmando la resiliencia de las mujeres en el exilio. "Creo que, si contamos las narrativas no a través de geografías sino de la feminidad, se parecen mucho: vi formas de resistencia femenina en Afganistán y también en el exterior".
Collage 'Modern Bondage'. Cedida
Un ejemplo es la actriz a la que fotografió: fue una superestrella del cine afgano en los últimos 20 años; había estado en Cannes, en la alfombra roja, y nunca imaginó que acabaría viviendo en un campo de refugiados. En palabras de Hossaini, "esa capacidad de reconstruir la vida en otro lugar es también resiliencia; por eso el último retrato es el mío, en París".
"Me vi a mí misma en cada mujer que aparece en mi proyecto. El exilio es muy amargo, ¿sabes, querida? Sentí a mi padre como nunca, a través de canciones, olores, recuerdos... Trabajé en otro proyecto sobre el exilio: yo en las calles francesas llevando chaleco y ropa de Afganistán, estando allí pero no estando, mentalmente en un lugar y físicamente en otro", añade.
Tras tres años en la ciudad de la luz, hoy vive en la de los rascacielos y la estatua de la libertad. Echa la vista atrás y recuerda una carrera llena de exposiciones e hitos como la creación, en 2019, de Mastoorat Art, una organización sin ánimo de lucro dedicada a empoderar a las artistas hasta que los talibanes prohibieron las organizaciones dirigidas por mujeres.
La comparativa con Afganistán
Cuando la fotógrafa piensa en el futuro de las afganas, su tono se endurece: "Está prácticamente muerto mientras ellos estén ahí". Sigue en contacto con antiguas alumnas y describe un panorama de cerrojos sistemáticos: el Ministerio de Asuntos de la Mujer clausurado, la facultad desmantelada, las niñas obligadas a dejar la escuela, las mujeres vetadas de espacios públicos.
Afganistán es hoy el único país del mundo donde las niñas tienen vetada la educación secundaria y universitaria: cerca de 2,2 millones han sido expulsadas del aula en cuatro años, en un sistema que Naciones Unidas y expertos en derechos humanos describen ya como un apartheid de género.
"Vivimos el Emirato talibán de 1996 y sabemos qué son capaces de hacer; lo de ahora no es una sorpresa, pero duele igual. Cada día se les cierran más puertas. Quieren destruir no sólo su presente, sino cualquier posibilidad de futuro", recuerda sobre su situación en un país que ahora es más tensa si cabe después de que Pakistán declarase guerra abierta a finales de febrero.
Retrato en el que aparece Hossaini. Cedida
La comparación con su país natal surge inevitablemente, aunque Hossaini se resiste a los paralelismos simplistas: "Son opresiones diferentes. En Afganistán es una cuestión de supervivencia básica: poder salir de casa, ir a la escuela, caminar por la calle. En Irán, muchas mujeres están altamente formadas y ocupan puestos importantes, pero se enfrentan a otro control".
En el primero, donde los talibanes han vuelto a imponer el burka y otros velos integrales, un decreto ordena que las mujeres sólo salgan de casa en caso de necesidad y con el rostro cubierto, con castigos de distinto tipo y gravedad. Pero no sólo eso: el nuevo código penal aprobado en enero de 2026 ha provocado una gran alarma en la comunidad internacional.
La regulación, de 119 artículos, apenas castiga con 15 días de cárcel a un marido que golpea a su esposa hasta fracturarle un hueso, mientras prevé cinco meses de prisión para quien obligue a camellos o aves a pelear, consolidando un sistema en el que la integridad de las mujeres vale, en la práctica y sobre el papel, mucho menos que la de los animales.
El texto también penaliza permite que cualquier musulmán castigue con descargas eléctricas lo que considere un "pecado" y establece cadena perpetua y 10 latigazos cada tres días para las acusadas de apostasía, lo que institucionaliza una violencia basada explícitamente en el género. Para Hossaini, que ha visto de cerca la vida de sus alumnas y amigas en Kabul, ese entramado legal no reconoce a las mujeres como sujetas de derechos, sólo como cuerpos a controlar y castigar.
Pieza titulada 'The one who is me'. Cedida
Aun así, ve un hilo común entre Teherán, Kabul y otras capitales de la región: "En todos estos lugares ellas están luchando por sus derechos, aunque sea de formas distintas. No conozco un solo contexto en el que no estén intentando abrir un poco más el espacio que tienen".
Irán resiste al terror
El último ciclo de protestas en Irán y la ola represiva posterior han reforzado esa idea de resiliencia constante. Los datos recopilados por organizaciones como Iran Human Rights, Human Rights Activists (HRA) o el Cornell Center on the Death Penalty Worldwide dibujan un aumento de ejecuciones respecto a años anteriores, incluidas decenas de mujeres.
Es uno de los 55 países que mantienen la pena de muerte en su legislación, y en los últimos años ha incrementado su uso coincidiendo con el auge del movimiento Mujer, Vida, Libertad. Según distintas fuentes, en 2025 se habría ejecutado a entre 47 y 64 mujeres, más del doble que el año anterior, cuando se documentaron al menos 31 casos, la cifra más alta desde 2008.
Los datos son importantes porque muestran una tendencia, pero detrás de cada número hay una historia concreta. Entre quienes se enfrentan hoy al corredor está la activista sindical Sharifeh Mohammadi, la trabajadora humanitaria Pakhshan Azizi o la disidente Verisheh Moradi, pero son muchas más las que enfrentan un riesgo real de ejecución.
Otras tienen suerte de encontrarse fuera de las fronteras iraníes, pero Hossaini repite que "la tierra que dejas nunca te deja a ti". Lo dice al hablar de sus padres, que siguen en Teherán y por cuyas vidas teme noche tras noche; de sus estudiantes; de su hermana, alejada del peligro igual que ella. "Quienes estamos fuera sentimos la culpa de los supervivientes", confiesa.
No quiere juzgar las decisiones de nadie. Ni de quienes se quedan ni de quienes se van, ni de quienes celebran los ataques ni de quienes los condenan: "La guerra destruye cuerpos, ideologías y la capacidad de discernir. Al ver caer un régimen opresor, es normal sentir una mezcla de alivio y deseo de venganza. Es humano. No culparé a mi pueblo por eso".
Lo que sí le preocupa es que se pierda de vista a quienes no tienen margen para elegir: "Pienso en mis padres, en mis amigos, en la gente que está en Teherán. No quiero que les maten, porque no tienen ningún papel en la política. Hemos tenido suficiente en Gaza, Irak, Yemen... Son personas inocentes que sólo quieren tener un trabajo y llevar comida a sus familias".
La ofensiva coordinada de EEUU e Israel contra Irán dispara el riesgo de una crisis energética y logística globalPor eso, al final de esta entrevista, formula una petición de paz para quienes hoy deciden desde Washington, Tel Aviv o Bruselas. Y reflexiona: "A veces pienso que trabajé durísimo y acepté el exilio para crear arte y no implicarme en política. Pero cuando eres artista en esa parte del mundo, tus palabras y tu trabajo se vuelven necesariamente políticos".
'Unveiling the hands of heritage', por Fatimah Hossaini. Cedida
Ella, mientras tanto, sigue buscando historias que se salgan del encuadre habitual. Si en el pasado elaboró un proyecto sobre la Ruta de la Seda, ahora sus fotos circulan por exposiciones y centros culturales. Meses atrás las exhibió en Málaga y "pronto también lo haré en Madrid", anuncia. "Ahora me centro en captar historias de mujeres en todo el mundo", dice.
La región vive otra vuelta de espiral bélica, pero su mirada se aferra a esos gestos mínimos: un pañuelo que se coloca con cuidado, una canción que se canta en voz baja a pesar de las prohibiciones, una niña que aprende a leer en su cuarto. Ahí empieza la paz para ella. En que las mujeres puedan vivir, algo tan simple como eso, sin tener que ser heroínas todos los días.