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El dilema de los ceutíes, entre la compasión y el enfado: "Yo no soy racista, solo quiero recuperar mi barrio"

El dilema de los ceutíes, entre la compasión y el enfado: "Yo no soy racista, solo quiero recuperar mi barrio"
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"Que se vuelvan todos o, si no, que los metan en un barco con destino a la Península, que es muy grande", afirma Dina pese a darles de comer Leer

La familia de Dina, de 23 años, es la más hospitalaria de toda Loma Colmenar, una barriada obrera a un kilómetro escaso de la frontera con Marruecos. Sin previo aviso, de la cocina salen dos grandes fuentes de delicioso cuscús de cordero con destino al patio comunal de su bloque. Los inmigrantes que allí se arremolinan desde hace días devoran el guiso sin apenas creer su suerte, a tal ritmo que parecen dibujos animados a doble velocidad.

Una tercera fuente humeante nos espera en el salón de casa, cuajado de ornamentos árabes y con un enorme sofá que acapara tres de las cuatro paredes. La joven anfitriona, que trabaja de azafata en el ferry Ceuta-Algeciras, anima a degustar el guiso materno antes de que se enfríe: «¡No seáis tímidos!».

Pero que nadie confunda la calidez de la familia de Dina con ningún tipo de apoyo a la «invasión» que sufre la barriada. Más de un millar de inmigrantes se amontonan por este laberinto de calles desde hace días, a la espera de lograr plaza en las carpas que allí se están montando. Hasta ahora el recinto sólo cobija a unas 700 almas, pero se espera que pronto duplique su capacidad.

«Los quiero fuera de aquí», exclama. «Que se vuelvan todos o, si no, que los metan en un barco con destino a la Península, que es muy grande. Necesitamos recuperar la normalidad». Fue la propia Dina quien hace unos días, cuando las autoridades llevaron allí a los migrantes de la Playa del Trampolín, llamó al 112 para exigir más presencia policial. Y, aunque no sea amiga de manifestaciones, lideró la protesta vecinal en las calles contra la llegada de los marroquíes. «Que no llamen normalidad a esto, porque no lo es», afirma. «Pregunta a cualquier ceutí, que te dirá lo mismo: que lo único que quieren es que se vayan donde sea».

Su diagnóstico es unánime entre los vecinos de la Loma Colmenar, repleta de ceutíes de clase trabajadora y más que acostumbrados a la mezcla de credos, lenguas y tonos de piel. Resulta difícil tachar de simples racistas a los residentes de una barriada donde la mayoría son descendientes de marroquíes. Aquí el árabe no sólo se habla en la intimidad de forma mayoritaria, sino que facilita las conversaciones entre vecinos y recién llegados. También ayuda a desactivar los conflictos al caer la noche, cuando abundan las reyertas entre migrantes y el trapicheo de estupefacientes ayuda a exaltar los ánimos.

«Yo no soy racista, solo quiero recuperar mi barrio», coincide Hudefia, de 19 años, que hoy presume de una nueva mascota: un camaleón que le ha regalado «un señor mayor» del centro. Hijo de un peón de limpieza y una reponedora de Carrefour, el joven charla amablemente con los marroquíes que se agolpan en el patio de su bloque, una suerte de corrala de tres alturas pintada de amarillo. A su lado, en cambio, un colega afirma que lleva un bote de spray pimienta y no ha dudado en usarlo contra más de un magrebí.

Hudefia confiesa que le disgustaron las imágenes del jueves, con chabolas incendiadas por una minoría exaltada, pero aún así ha acudido a las protestas y defiende a la «inmensa mayoría» de vecinos que se manifiestan pacíficamente todas las tardes. «Sé que los migrantes también son humanos, pero necesitamos que se vayan todos», concluye.

Una urgencia médica interrumpe la charla con los vecinos. Un marroquí pelirrojo de 17 años roza la pérdida de consciencia mientras se envuelve tembloroso en una manta pese al bochorno de agosto. Dicen los inmigrantes que nadie les hace caso cuando llaman al 112, así que piden ayuda española. Aciertan: cuando una voz con acento peninsular pide auxilio, no tarda en aparecer una patrulla.

Naryis, de 19 años.E. IRIBAS

En la tercera planta, una vecina hace literalmente su agosto con su pequeña tienda de comestibles, convertida en el rincón más popular para los recién llegados. Al lado vive Naryis, de 19 años, dependienta de una perfumería del centro, que nos atiende tras acabar su turno. Cuenta que ya no sale tras caer la tarde. Que le da pánico la muchedumbre que aguarda una plaza en el centro de acogida. «Ahora nos llaman racistas por ser ceutíes, pero a la vez hay cristianos que nos insultan por ser musulmanes», lamenta. «Hay mucha confusión, pero yo solo tengo una cosa clara: necesitamos que los saquen de nuestro barrio».

Es cierto que la jornada amaneció envenenada por las imágenes del día anterior, con los tenderetes en llamas y una sentada contra el reparto de comida por parte de una ONG. Los voluntarios tuvieron que escuchar cánticos en su contra -«¡La Cruz Roja es una mafia!»- por parte de la misma gente con la que comparten bares, playas y colegios durante todo el año. «Somos de origen ceutí al 95% y nos duele, pero sólo pensamos en el bien de la ciudad y no queremos alimentar la polémica», cuenta al teléfono uno de los voluntarios que ayer pudieron cumplir su labor sin problemas.

En el fondo, todo forma parte de la «disonancia cognitiva» que Marina Villarrúa, psicóloga de 29 años, detecta en sí misma y en la mayoría de sus vecinos. Ella piensa mil cosas distintas a la vez, según la domine la compasión por los migrantes o el enfado por la incomodidad diaria. Pero, sobre todo, siente una tristeza viscosa que lo mancha todo. «La Marina de hace unos meses odiaría a la Marina de hoy, que incluso llega a empatizar con los sentimientos de quienes queman chabolas de pobre gente», admite.

Marina Villarrúa, psicóloga de 29 años.E. IRIBAS

Es la conclusión lógica del cálculo al que han llevado miles de caballas en estos 30 días de imposible convivencia con los migrantes: que para recuperar su ciudad, los recién llegados deben irse por su propio pie. Y, para lograrlo, la única vía que se les ocurre es hacerle la vida lo más incómoda posible, aunque sea con métodos cuestionables.

Anoche, por ejemplo, estaba convocada una protesta multitudinaria junto a Playa Benítez, donde se hacinan cientos de marroquíes. Sin embargo, la Policía parecía mejor preparada para mantener las distancias entre ambos bandos que en días anteriores.

«Lo que sí me da la risa, y no puedo tolerar de ninguna forma, es una cosa», concluye Marina. «Que vengan a llamarnos racistas a los ceutíes gente desde un plató de la tele que no ha convivido con mujeres con hiyab desde chiquititas».

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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