El debate sobre la postura de España ante la guerra de Irán resultaría frustrante si hubiera motivos para tomárselo en serio. El caso es que nuestro peso más bien modesto en el orden internacional, así como nuestra distancia del escenario de esta nueva guerra, indican que nos podemos permitir la acumulación de tacticismos, manipulaciones y medias verdades que han abundado en los últimos días. Al fin y al cabo, la respuesta de nuestro país a este nuevo conflicto no alterará su desarrollo en lo más mínimo. El propio Gobierno alienta esta impresión, al indicar que su actitud desafiante ante Donald Trump no tendrá coste alguno para nuestra economía o para nuestros intereses estratégicos. Esto cuestiona, claro, la voluntad de vender su retórica como algo heroico; si el gesto sale gratis, ¿qué tiene de valiente? Se ahonda así en la disonancia entre la intensidad con la que se celebra o se critica la postura de Moncloa y la trascendencia real de dicha postura. Algo que solo se agudiza cuando lo que se celebra o se critica es la actitud de la oposición.
A estas disonancias contribuye el eco que han tenido las declaraciones de Sánchez en medios de otros países. Una repercusión que se explica, ante todo, por haber provocado la respuesta de Trump. Claro que buscar las cosquillas de uno de los individuos más mezquinos y egocéntricos del planeta tampoco parece muy difícil. Hablamos de un presidente que responde a las críticas que le dedican los monologuistas de programas de entretenimiento; como para no dedicar unos segundos a la actitud de un primer ministro europeo. La pregunta es si esto coloca a dicho primer ministro a la altura geopolítica de Mark Carney o a la de Jimmy Kimmel.
Es cierto que comentaristas mucho más serios e inteligentes que Trump también han destacado la actitud de Sánchez. Y, de nuevo, tampoco es algo que deba sorprendernos: hace tiempo que cunde la frustración ante los esfuerzos de los principales líderes europeos por complacer al presidente norteamericano. La pregunta que deberíamos hacernos, entonces, es por qué Starmer, Merz o Macron no adoptan una postura que también podría agradar a propios y ajenos. Incluso si se acepta la tesis oficialista de que no son tan valientes o tan fieles a sus principios como nuestro corajudo presidente, ¿es que no les apetece ser populares en sus propios países? ¿Acaso no les interesa ganar elecciones?
Aquí es donde regresamos a uno de los puntos ciegos del debate español: no entender que la postura europea ante EEUU está determinada por nuestra dependencia de ese país ante la amenaza rusa. Trump es el presidente menos fiable y menos amigo de Europa que ha tenido Estados Unidos en mucho tiempo, pero los principales líderes del continente decidieron hace tiempo que es necesario contemporizar con sus disparates. La perspectiva de que retire la protección norteamericana, en un momento en el que Rusia ha explicitado sus ambiciones imperiales de la forma más sangrienta posible, siempre será peor que la de aguantar sus bravuconadas, sus humillaciones o sus violaciones del derecho internacional en otras partes del mundo.
Puede que nuestro Gobierno considere sinceramente que esta es una postura equivocada, y que se puede cuadrar el círculo de plantar cara a Donald Trump y al mismo tiempo garantizar la seguridad europea. O puede, sencillamente, que Sánchez no se sienta concernido por ese tipo de cálculos. Que él esté a otra cosa porque considera que los españoles también lo estamos. De ser así, es posible que acierte.