Del dron de cartón a los ladrillos térmicos, la industria abandona la durabilidad por la masa barata. El software permite que sistemas desechables superen a los costosos activos caros.
"Vuela como una mariposa y pica como una abeja"... Así definía Muhammad Alí (Cassius Clay) -considerado por muchos como el mejor boxeador de todos los tiempos- su habilidad para moverse en el ring, esquivando golpes con agilidad y también su capacidad para atacar rápidamente y con precisión. Podría decirse que el AirKamuy 150, también "vuela como una mariposa y pica como una abeja" con sus alas de papel...
El AirKamuy 150 es un dron reciclable, barato, construido con cartón y adhesivos biobasados, pensado para reconocimiento, logística, entrenamiento y operaciones en enjambre (muchos drones actuando juntos), que se ha convertido en la joya de AirKamuy, una start up japonesa de defensetech que cerró en 2025 una pequeña ronda de 540.000 euros.
La ronda fue modesta, pero la importancia de AirKamuy y sus dones de cartón crece a medida que la compañía se convierte en un ejemplo de un cambio más amplio en el sector de Defensa, que se refiere a la industrialización de la masa aérea barata, y que implica pasar de plataformas caras y recuperables a sistemas atribles -diseñados para ser lo bastante baratos como para perderse, dañarse o sacrificarse en una misión- o incluso desechables, pensados para ser producidos muy rápido, para perderse sin trauma presupuestario y capaces de operar en volumen: un caza F-35 es caro, escaso y debe protegerse, mientras que un dron barato de reconocimiento o de ataque puede enviarse a una zona peligrosa sabiendo (y aceptando) que quizá no vuelva.
Aunque este nuevo universo de los drones atribles, baratos y de producción rápida parece todavía un nicho pequeño, hay otros ejemplos notables, como es el caso de Anduril, que presentó Roadrunner como un vehículo aéreo autónomo modular, reutilizable y diseñado para bajo coste. Anduril es una start up estadounidense de defensetech cofundada en 2017 por Palmer Luckey, que intenta competir con los grandes contratistas de defensa usando una lógica más parecida a Silicon Valley: software, IA, autonomía, fabricación propia y ciclos rápidos de producto.
Su tesis no es sólo vender "drones", sino construir una fábrica de sistemas autónomos baratos, modulares y producidos en volumen. Ahí entra Roadrunner, que Anduril presenta como un sistema de bajo coste relativo que puede despegar, interceptar amenazas aéreas y, si no se usa, volver a utilizarlo.
Otro ejemplo es el de la australiana Sypaq/Corvo y su Corvo PPDS, un dron ligero, barato y desplegable usado para logística, reconocimiento y entregas tácticas, especialmente conocido por su uso en Ucrania; o el de Apsara/Otherlab, de Estados Unidos: fuselajes baratos de cartón que se envían en formato plano, biodegradables o desechables, pensados para entregas precisas en zonas remotas o de baja infraestructura. Y la coreana WOW Future Tech, que presentó drones de cartón y fibra de papel mucho más baratos que los modelos convencionales para vigilancia, entrenamiento y usos civiles como monitorización ambiental.
Todos estos ejemplos hablan de una tendencia mucho más amplia: el negocio de lo barato, reemplazable y escalable como patrón de inversión, no sólo militar.
No es exclusivo del sector de defensa, que lo ha hecho visible con los drones atribles. El patrón aparece en varios sectores: sustituir activos caros, escasos y optimizados para durar por unidades más baratas, modulares, producidas en masa y tolerantes al fallo.
La diferencia es que fuera del sector de defensa normalmente no se busca que sean "desechables" por destrucción, sino abundantes, reemplazables, distribuibles y económicamente prescindibles.
Réplicas en más sectores
En spacetech también se da esta tendencia. Techcrunch recuerda que antes, muchos satélites eran plataformas grandes, caras y diseñadas para durar muchos años.
Start up como Planet Labs cambiaron la lógica con pequeños satélites fabricados en serie para observar la Tierra de forma recurrente. Y la española Sateliot va en la misma dirección con pequeños satélites para ofrecer conectividad IoT barata en zonas sin cobertura móvil.
En climatetech se da una lógica parecida: Antora Energy y Rondo Energy almacenan energía de forma simple. Usan electricidad renovable barata para calentar materiales comunes, como bloques de carbono o ladrillos. Ese calor se guarda y después se usa en fábricas. La clave es sustituir baterías caras por sistemas térmicos baratos, duraderos y escalables.
Antora y Rondo aplican la lógica de lo barato y escalable al calor industrial. Antora captó 150 millones de dólares, con BlackRock y Temasek, para fabricar baterías térmicas que almacenan energía renovable calentando bloques de carbono.
Rondo hace algo parecido con ladrillos. La idea es usar materiales abundantes para guardar calor barato y emplearlo en fábricas, sustituyendo combustibles fósiles. Aquí no se trata de productos desechables, sino de módulos simples, repetibles y más fáciles de escalar.
En healthtech, Butterfly Network, en lugar de depender de máquinas de ultrasonido grandes y caras, desarrolló un ultrasonido portátil basado en un chip de silicio. Butterfly recibió autorización de la FDA para una herramienta de IA que estima la edad gestacional y puede usarse en entornos con pocos recursos; la clave tecnológica es que su dispositivo usa un chip de silicio en vez de los cristales piezoeléctricos tradicionales. El dispositivo de Butterfly cuesta alrededor de 4.000 dólares, frente a máquinas tradicionales que pueden costar entre 30.000 y más de 200.000 dólares.
En Internet de las Cosas (IoT), la start up israelí estadounidense que desarrolla chips y sensores ultraligeros Wiliot representa otra versión de este fenómeno. La compañía levantó 200 millones de dólares para licenciar chips ultraligeros alimentados por energía ambiental. La idea es convertir sensores en algo tan barato y pequeño que pueda desplegarse en productos, envases, ropa, alimentos o medicamentos.
Andreessen Horowitz (a16z) habla del "átomo barato", y de cómo fabricar productos físicos vuelve a ser atractivo porque muchos componentes -baterías, sensores, chips, motores o conectividad- son cada vez más baratos y accesibles. La clave está en combinarlos con software e IA para crear nuevos dispositivos industriales. Según la tesis de a16z, las start up pueden reutilizar cadenas de suministro existentes y piezas comunes para lanzar productos físicos más rápido, más baratos y a mayor escala, como ocurre en robótica, drones, energía o automatización.
El negocio de lo barato, reemplazable y escalable interesa porque cambia la forma de competir. Antes se vendían pocos productos caros, con ventas lentas y mucho riesgo si algo fallaba. Ahora se pueden fabricar muchas unidades baratas, distribuirlas rápido y conectarlas con software, datos y servicios. Eso permite aprender antes, mejorar el producto y llegar a más clientes.
Pero ser barato no basta: si cualquiera lo copia, pierde valor. La clave está en tener tecnología propia, datos, contratos, marca, distribución o integración con el cliente.
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