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El duelo de Silvia, la segunda madre de la tragedia de Indonesia: "Se complica por lo inesperado del accidente"

El duelo de Silvia, la segunda madre de la tragedia de Indonesia: "Se complica por lo inesperado del accidente"
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La expareja de Fernando Martín, una de las víctimas del naufragio, ha sufrido la pérdida del hijo que compartía con él. Más información: El duelo de dos madres en la tragedia de Indonesia: "Se solapan el dolor, el trauma y haber sobrevivido a sus hijos"

Imagen del rescate tras el naufragio. AFP

Salud y Bienestar El duelo de Silvia, la segunda madre de la tragedia de Indonesia: "Se complica por lo inesperado del accidente"

La expareja de Fernando Martín, una de las víctimas del naufragio, ha sufrido la pérdida del hijo que compartía con él.

Más información: El duelo de dos madres en la tragedia de Indonesia: "Se solapan el dolor, el trauma y haber sobrevivido a sus hijos"

Publicada 7 enero 2026 17:04h Actualizada 7 enero 2026 17:16h

Dicen que no hay amor como aquel que le profesa una madre a sus hijos. No se puede describir y, además, es instantáneo. Es la prueba de que los flechazos existen. Antes de que los bebés lleguen al mundo, se empieza a cultivar la relación mediante una especie de hilo invisible —al menos de forma externa—. Cuando se da el primer encuentro, ya no hay vuelta atrás: es imposible evadirse de la sensación.

Por eso mismo, y porque esa conexión no es comparable a nada más, la pérdida de un pequeño es tan insoportable. La Navidad ha golpeado con crudeza a cuatro familias, que ahora tienen que recomponerse, y, en especial, a dos madres.

El naufragio de Indonesia ha hecho implosionar el presente de dos mujeres que han perdido su mundo. Andrea Ortuño, la superviviente de la tragedia, y Silvia García, la expareja de Fernando Martín, que también ha fallecido debido al accidente. El hijo que tenían ambos en común ha sido otro de los muertos que ha dejado el suceso.

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Ortuño se encuentra en el país asiático, a la espera de que se puedan encontrar todos los cadáveres de su familia. Un hecho que sirve como especie de consuelo temporal cuando cuesta aferrarse a cualquier esperanza para ir sobrellevando esta nueva realidad.

García, por su parte, ha perdido a su único hijo, Mateo, de 9 años. Hoy, 7 de enero, se ha confirmado que son sus restos los que se hallaron durante la jornada de ayer. Lo que comenzó como una aventura para despedir el año, ha terminado en algo imborrable.

Teniendo en cuenta estas circunstancias, los rescates que han de practicarse no son sólo los que libran las autoridades competentes en Indonesia. También son pertinentes las tareas de ayuda y apoyo para con Andrea y Silvia, cuyo universo, si es que sigue existiendo y teniendo algo de luz, se encuentra ahora patas arriba.

"En una tragedia como la vivida por esta familia, el dolor de la madre no es únicamente profundo, sino también complejo. Se trata de un duelo atravesado por el trauma, por la pérdida inesperada y por la necesidad de seguir siendo sostén emocional para su entorno", aclara la psicóloga María Blanco.

Además, la experta añade que en este contexto, gestionar el propio sufrimiento sin desaparecer emocionalmente ni volcarlo sobre los demás se convierte en uno de los mayores desafíos.

"La madre necesita permitirse habitar ese sentimiento. Nombrar su tristeza, su vacío y su desgarro no es un acto de debilidad, sino de honestidad emocional. Cuando el dolor se silencia por completo, el entorno lo percibe igualmente, pero sin palabras que lo expliquen, lo que puede generar confusión o miedo", destaca la profesional.

Además de lo obvio de este trágico suceso, hay otros factores que elevan la dificultad de la realidad y de la sanación de la misma: se ha tratado de algo que nadie podía predecir.

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No son muertes naturales y, además, han acontecido en un viaje organizado por una parte de la familia, lo que puede desembocar en la aparición del sentimiento de culpabilidad en las dos madres. Una por gestarlo y otra por permitirlo. Un fallecimiento siempre es complejo de gestionar por parte del entorno, pero cuando 'no toca', resulta peor.

"Hay varios elementos a tener en cuenta como punto de partida: el del accidente, el de lo inesperado, los vínculos de aquellos que lo han sufrido y que, por supuesto, no se trata de una muerte que se plantease por el discurrir de la vida", comenta la psicóloga Ana Sánchez, que gestiona la clínica Pinsapo, en una localidad sevillana.

Andrea Ortuño en una imagen durante las jornadas de búsqueda. EFE

Blanco, por su parte, destaca además que en estos casos suele aparecer la culpa. "Se da en paralelo a todo ese sufrimiento y proceso emocional y psicológico. De forma silenciosa y persistente", comenta la terapeuta.

Añade también que esta sensación no responde a una responsabilidad real, sino a una necesidad de encontrarle algo de sentido a lo que se está experimentando. Tener control ante una pérdida absurda e injusta. "Pensar 'si no hubiera pasado' o 'si hubiera dicho que no' es una forma de intentar reescribir lo ocurrido, aunque a costa de un enorme sufrimiento interno", explica.

"Trabajar esta culpa implica, en primer lugar, normalizarla. No es algo patológico, sino una reacción frecuente en duelos traumáticos. A partir de ahí, es necesario desmontar, con acompañamiento profesional, la confusión entre decidir y causar, entre amar y fallar", expresa María Blanco.

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Y es que, tal y como detalla la psicóloga, permitir —u organizar, en el caso de Ortuño y Martín— un viaje desde el cuidado y el afecto no convierte a nadie en responsable de una tragedia imprevisible.

"También es habitual que esto se manifieste en forma de rumiaciones constantes, dificultad para dormir, pensamientos intrusivos, una autoexigencia extrema o una imposibilidad de permitirse momentos de alivio", destaca.

Esto, más adelante, puede llegar a derivar en sobreprotección hacia los hijos supervivientes o el entorno o en un retraimiento emocional profundo, según las palabras de Blanco.

En estos casos, el acompañamiento psicológico especializado —y psiquiátrico, como Ana Sánchez destacó en otro artículo para este vertical— es fundamental.

Imagen de archivo que muestra el apoyo entre dos personas. Foto de Priscilla Du Preez 🇨🇦 en Unsplash

"No se trata de un recurso accesorio, sino de una necesidad. Sólo en un espacio seguro, sostenido y libre de juicio puede la madre elaborar su dolor, integrar la pérdida y empezar a reconstruir su identidad, no desde la culpa, sino desde la comprensión y la compasión hacia sí misma", comenta la psicóloga María Blanco.

La también experta Begoña Santos se manifiesta en esta misma línea, haciendo hincapié en la importancia de crear zonas seguras para que las madres, Silvia García y Andrea Ortuño, puedan expresar aquello que las atraviesa. Sobre todo teniendo en cuenta, una vez más, lo extraordinario de la situación, por lo inesperado de la misma.

"En momentos tan estresantes, abrumadores y tristes, la prioridad, por dura que sea, es esa. Hay que canalizar los sentimientos acordes a la circunstancia específica", comenta.

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Ante tal vivencia, no hay cierre posible, sólo hay resortes a los que asirse. Tampoco lecciones, porque ninguna sirve cuando todo se quiebra de forma tan abrupta. Lo único posible es nombrar lo ocurrido con respeto, sin adornos, y asumir que habrá heridas que no terminarán de cicatrizar. Con ellas se aprende a convivir con un tiempo que nunca es determinado.

Para Andrea y para Silvia, el mundo ya no es el mismo. Nada lo será. El duelo no sigue un camino recto ni responde a plazos razonables.

En su camino habrá días de pura supervivencia y otros en los que el peso de la ausencia resulte insoportable. Reconstruirse no significa olvidar ni pasar página ni 'ser fuerte' —al menos no desde la visión tradicional—.

Volver a ser, recuperar una identidad propia, significa, simplemente, seguir estando. Respirar. Levantarse. Aceptar ayuda. Permitirse caer sin culpa.

Esta tragedia, que empezó como un viaje y terminó en naufragio, deja una estela de preguntas sin respuesta y de vidas marcadas para siempre.

Frente a eso, quizá lo único verdaderamente humano sea no mirar hacia otro lado. Entender que el dolor ajeno también nos interpela. Y recordar que la fragilidad no es una excepción, sino parte de lo que somos. Y que ahora, quizás más que nunca, está presente en el mundo.

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    Fuente original: Leer en El Español
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