El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Evelyn Hockstein Reuters
Oriente Próximo El entorno de Trump sopesa los riesgos de atacar Irán mientras Teherán acelera la compra de misiles a Rusia y ChinaLa inteligencia israelí estima que, pese al amplio despliegue de tropas estadounidenses en el mar Arábigo, sólo podría bombardear intensamente Irán durante cuatro o cinco días, con el riesgo de extender el conflicto a las bases americanas en otros países vecinos.
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Guillermo Ortiz Publicada 25 febrero 2026 02:30hLas claves nuevo Generado con IA
El pasado lunes, un Donald Trump muy irritado salía al paso en redes sociales de una información recogida por Axios, el Wall Street Journal y el Washington Post. En la misma, se afirmaba que el jefe del Estado Mayor, Daniel 'Raizin' Caine, habría mostrado su preocupación por las consecuencias de un ataque contra Irán.
Trump aseguraba que la decisión no estaba tomada aún, que confiaba en que aún se pudiera llegar a un acuerdo, pero que, si al final no lo había y se optaba por una solución militar, Caine la apoyaría sin dudarlo.
Lo curioso era que la prensa no afirmaba en ningún caso que Caine fuera a negarse a ejecutar las órdenes de Trump. Ni siquiera se decía que Caine fuera contrario a una posible acción militar.
Simplemente, se mencionaban sus reservas al respecto, en especial, la posibilidad de que el conflicto se alargara y Estados Unidos se viera envuelto en una nueva guerra a distancia, como las de Afganistán e Irak, algo que los seguidores de MAGA siempre han visto con enorme recelo.
La exageración en la respuesta de Trump es buena muestra de las presiones a las que se está viendo sometido.
Por un lado, Israel sigue apoyando un ataque que termine por completo con el programa nuclear iraní —algo que, en principio, ya se había conseguido según el propio Trump el 22 de junio del año pasado— y halcones mediáticos cercanos a su Administración, como Mark Levin, influyente periodista de Fox News, insisten en que es necesario forzar un cambio de régimen en Teherán.
Por otro lado, como decíamos, está la casi totalidad del Partido Demócrata y la parte del Partido Republicano que está cansada de aventuras en el extranjero.
De hecho, uno de los grandes atractivos electorales de Trump era su supuesta capacidad para llegar a acuerdos e impedir así que Estados Unidos se involucrara en conflictos interminables en el extranjero.
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En medio, queda el propio Trump en su laberinto. Ha forzado tanto la máquina militar para obligar a los ayatolás a llegar a un acuerdo bajo sus condiciones que ahora no tiene muchas más alternativas.
El propio Steve Witkoff, omnipresente enviado especial para todas las negociaciones, se lamentaba el domingo de que Irán no cediera pese a que el despliegue militar estadounidense sólo pueda compararse al que desembocó en la invasión de Irak en 2003.
Da la sensación de que en la Casa Blanca entendían que dicha presión, junto a los problemas internos del régimen, bastaría para que Irán capitulara, pero no lo ha hecho.
Y no tiene pinta de que vaya a hacerlo, aunque el ministro de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, afirmara en su cuenta de X que estaba listo para continuar este jueves las negociaciones en Ginebra con la esperanza de "alcanzar un acuerdo justo e igualitario".
Irán insiste en que su objetivo es poder desarrollar energía nuclear con fines pacíficos, pero ni Israel ni Estados Unidos se lo creen.
Entienden que el verdadero fin de todo el programa, con el correspondiente enriquecimiento de uranio, es construir armas nucleares con las que poder sembrar el terror en todo Oriente Próximo.
Hay que tener en cuenta que Irán es una potencia movida por el fanatismo religioso, una combinación que pone los pelos de punta a cualquiera.
Irán busca a su 'Delcy': el plan del ayatolá Jamenei para que el régimen sobreviva si Trump lo elimina en un ataqueCuatro o cinco días de margen
Desde su primer mandato, la posición de Trump respecto a Irán ha sido clara: siempre ha defendido que no puede tener ningún tipo de programa nuclear, ni pacífico ni militar.
Por eso, se desligó en cuanto tuvo ocasión del acuerdo al que había llegado Barack Obama en 2015 y, por eso, en este tiempo, ha intensificado las sanciones, ha ordenado el asesinato del general Qasem Soleimani, jefe de las Fuerzas Quds, y ha autorizado, como decíamos, la operación Martillo de Medianoche que presuntamente aniquiló las instalaciones del programa nuclear iraní.
Ahora bien, una cosa es sancionar, otra cosa es lanzar un ataque de precisión… y otra muy distinta, entrar en una guerra, para lo que, de entrada, necesitaría un apoyo del Congreso que no le sería fácil conseguir.
Ahí es donde entran las dudas de Caine… y de la inteligencia israelí, que considera que, pese al enorme contingente desplegado en las inmediaciones de Irán, Estados Unidos sólo tendría para cuatro o cinco días de bombardeos intensos.
Si en ese tiempo, no consigue dañar al régimen lo suficiente como para que se rinda, ¿cuál será el siguiente paso?
Mandar tropas parece descartado, pero es que incluso las que ya están sobre el terreno en Siria, Irak, Catar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí se verían amenazadas por un posible contraataque iraní.
¿Cómo vendería Trump a su público MAGA el hecho de que su incapacidad para llegar a un acuerdo derivara en bajas de soldados estadounidenses? Los ataúdes con bandera trasladados desde Oriente Próximo parecían cosa del pasado, y la enorme impopularidad de Trump se vería aumentada en caso de que se repitiera la historia.
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Por supuesto, Irán sabe todo esto. Conoce las debilidades de todo país democrático cuyo gobierno depende, en buena parte, de su opinión pública.
Mientras los ayatolás pueden masacrar a su propio pueblo cada vez que sale a la calle a protestar, Trump tiene que medir sus acciones según le permitan los distintos contrapoderes.
En ese sentido, desde Teherán, juegan también a la zanahoria y el palo: mientras Araghchi anuncia la búsqueda diplomática de un acuerdo, otros líderes cercanos a Alí Jamenei amenazan con algo parecido a una "guerra santa".
En ese contexto hay que enmarcar las compras acordadas con China y con Rusia de importante material militar.
Pekín está dispuesto a proveer a Irán de misiles hipersónicos antibarco, mientras que Moscú firmó el pasado mes de diciembre la venta de cientos de lanzamisiles portátiles.
Cuanto más tiempo tarde Trump en lanzar su anunciado ataque, más tiempo tendrá el régimen para armarse y defenderse mejor. La cuestión es si realmente Trump quiere bombardear Irán o no y con qué justificación.
Una cosa es mostrar tu intención de hacer algo —ya sucedió durante las protestas callejeras de enero, cuando Trump se comprometió públicamente a ayudar a los opositores— y otra es hacerlo.
El ejército estadounidense es muy superior al iraní en todos los aspectos, como se demostró el 22 de junio y como se ha demostrado recientemente con la captura de Nicolás Maduro. Otra cosa es que sea tan superior como para lograr derrocar a un régimen que lleva casi cincuenta años en el poder sin planes alternativos y sin bajas sustanciales.
Los últimos rumores apuntan a que Trump podría anunciar un ataque coincidiendo con su discurso del Estado de la Unión en el Congreso.
Lo irónico es que dicho discurso coincide a su vez con los cuatro años de guerra entre Rusia y Ucrania. Una guerra que también estaba preparada para durar cinco o seis días y que sigue estancada en la frontera de Donetsk.
El ejemplo debería ser suficiente como para ponderar muy bien las posibilidades de triunfo en caso de apostar por la vía militar.