Ya se sabe, ya se dijo, ahora se repite: en los últimos tiempos la teorías y práctica de la novela 'british' de clase ha reconocido a dos autores fundamentales. Edward St. Aubyn -con su ciclo de novelas sobre el bastante autobiográfico Patrick Melrose- ... se ha encargado de la parte más íntima y revulsiva del asunto.
Mientras que Alan Hollinghurst (Gloucestershire, 1954) ha optado por ofrecer frescos más panorámicos e históricos en los que, siempre, se proyecta la problemática gay y su influjo en la sociedad con una elegancia que no se priva de la mirada de rayos x y que, en más de una página, cuando se trata de capturar un particular detalle, evoca a esos ojos sin párpados de Marcel Proust o esos ojos de mirada entrecerrada de Henry James.
Y, sí, Hollinghurst comenzó presentándose como un narrador más interesado en el factor homosexual (y ahí están las deslumbrantes 'La biblioteca de la piscina', 'La estrella de la guarda' y 'El hechizo'); pero con el paso de sus libros (la premiada con el Booker Prize 2004 'La línea de belleza', la para mí mejor puerta de entrada a lo suyo que es 'El hijo del desconocido', y 'El caso Sparsholt') ha demostrado una creciente y muy particular preocupación por la caída del Imperio haciendo comulgar a la perfección lo histérico de lo privado con la historia de lo público en formato saga abarcadora de varias décadas y decadencias.
Así, en sus últimas tres novelas, Hollinghurst exploró guerras mundiales, escándalos políticos en los sesenta, el sida, la era Thatcher, las leyes de persecución a los homosexuales y ahora, en 'Nuestras veladas', la exploración de la génesis y apocalipsis del Brexit & co. Y, de nuevo, Hollinghurst vuelve a encender los refinados pero a la vez tóxicos motores de la vida de un clan aristocrático al que llega alguien «de afuera» para entender mejor que nadie la imposibilidad de comprender a los privilegiados.
Aquí, el elegido-desclasado es el reconocido actor David Win -alguna vez hijo de inglesa y padre ausente nacido en Burma, joven talentoso y becado en Bampton, colegio de prestigio por familia de abolengo- enterándose de la muerte de su alguna vez casi dickensiano benefactor Mark Hadlow. Hombre culto y respetado, pero -en los últimos años de su muy larga vida- más conocido por haber dado a luz al sombrío Giles Hadlow: alguna vez acosador compañero de Win y, con el tiempo, prócer Tory (inevitable leerlo como a una casi monstruosa cruza entre Boris Johnson y Nigel Farage con más de una pizca de Donald Trump) y uno de los responsables de amputar al Reino Desunido del cuerpo de la Unión Europea a la vez que némesis esporádica pero constante en la carrera de Win.
'Nuestras veladas' cuenta con una arquitectura perfecta de escenas y episodios, impecable tempo dramático y maestría para explorar el tema de la memoria y el legado
Un tránsito que -con paso y cadencia que recuerda un tanto a la danza de Anthony Powell y a tres de los autores favoritos de Hollinghurst: Ronald Firbank, L. P. Hartley y E. M. Forster- va de su popularidad histriónica en el colegio, pasa por Oxford y va a dar al Londres de los teatros 'avant-garde' de los setenta y la alegría de la vida gay sin culpa (aunque el color de su piel limite bastante la disponibilidad de roles con sustancia o el acceso a personajes clásicos). Y, por encima de todo, el agradecimiento a los padres de Giles y la amorosa y un tanto enigmática relación de Dave con Avril, su madre (y Hollinghurst dedica 'Nuestras veladas' a su propia madre).
El título de la novela cumple dos funciones claras y complementarias pero a su vez opuestas: por un lado está el luminoso encanto de veladas domésticas y por el otro el crepuscular avance de un mundo que ha dejado de avanzar y que parece apenas moverse por la inercia.
Hollinghurst es lento, pero de otra -de la mejor- manera. Suele tomarse unos seis o siete años entre novela y novela y esto se nota y se celebra y se agradece. Así, arquitectura perfecta de escenas y episodios, impecable tempo dramático, maestría para explorar el tema de la memoria y el legado: de lo que se olvida y de aquello que no se puede olvidar o rechazar.
El lector pasa en 'Nuestras veladas' -con sus aceleraciones y desaceleraciones y elipsis espacio-temporales y esa prosa de una exquisita precisión ya marcas de la casa; abarcando sesenta años, yendo desde los exteriores de una Carnaby St. cuando Londres era la capital del mundo a los interiores de los confinados por el covid- el mejor tiempo posible. Así, hasta alcanzar uno de esos finales que se las arreglan -sin artificialidad sino con finura y sutileza, casi metaficcionalmente- a reconsiderar y apreciar aún más todo lo vivido en sus páginas.
En resumen: una novela de Hollinghurst que es otra novela de Hollinghurst y una de las mejores novelas de Hollinghurst.
No hay muchas iguales o superiores a estas.
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