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Internacional

El espejo más incómodo

El espejo más incómodo
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Aragón va a reflejar un campo de batalla en lo que lo importante no es convencer sino destruir al adversario

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Sánchez, junto con Alegría este viernes en el cierre de campaña del PSOE en Zaragoza. Efe

Alberto Surio

San Sebastián

Domingo, 8 de febrero 2026, 00:11

domingo electoral en Aragón llega con el ambiente viciado, espeso, casi irrespirable. No por sorpresa, sino por acumulación de despropósitos. La política hace tiempo ... que dejó de ser un espacio de disputa de proyectos para convertirse en un campo de batalla simbólico donde lo importante no es convencer, sino destruir al adversario. Y Aragón, lejos de ser una excepción, se ha convertido en un espejo incómodo de esa deriva.

El PP había apostado por una estrategia clara: erosionar la figura de Pilar Alegría, convertirla en símbolo de un PSOE hipócrita en cuestiones de feminismo y poder. La comparecencia en el Senado de Francisco Salazar, que tuvo que dimitir tras acusaciones de acoso por parte de compañeras de trabajo suyas en La Moncloa, se convertía en una pieza más en este engranaje oportunista, como lo fue la presencia de Alberto Núñez Feijóo en la comisión de investigación por la dana en el Congreso. La operación de los populares ha acabado siendo un boomerang. No porque el episodio no merezca una reflexión seria —la merecía, y profunda— sino porque la precipitación, el partidismo y el tono inquisitorial han vaciado de credibilidad el ataque. Cuando la denuncia se utiliza como arma arrojadiza y no como punto de partida para esclarecer hechos, el resultado es devastador para quien la instrumentaliza.

Eso no exonera a Alegría de responsabilidad política por un encuentro con Salazar que, como mínimo, fue impresentable. La ética pública no se mide solo en códigos penales, sino también en criterios de ejemplaridad. Pero en la España polarizada, cualquier matiz se interpreta como traición. O estás conmigo o contra mí. Y así, la crítica legítima queda sepultada bajo el barro del «y tú más».

Mientras tanto, el PP parece incapaz de decidir qué quiere ser. O, peor aún, decide ser varias cosas a la vez. Por un lado, se presenta como partido de Estado, moderado, institucional. Por otro, flirtea sin complejos con Vox cuando la aritmética electoral lo aconseja. El último episodio, la invitación a Vito Quiles y al grupo Los Meconios —autores de una canción de estética y mensaje abiertamente guerracivilista, con un inquietante «vamos a volver al 36»— al cierre de campaña, y que no es una anécdota cultural. Es un síntoma.

No se puede denunciar la crispación mientras se la alimenta. No se puede invocar la concordia mientras se juega con símbolos que remueven los fantasmas más oscuros de nuestra historia reciente. El franquismo sociológico no vuelve solo; se le invita, se le da escenario y micrófono, se normaliza en nombre de la provocación o del cálculo electoral. Y luego se finge sorpresa cuando el debate público se degrada.

Aragón merece algo mejor que este espectáculo. Merece una política que hable de despoblación, de servicios públicos, de modelo productivo, de futuro. Pero este domingo votará en un clima enrarecido, donde el voto parece más una reacción emocional que una elección racional. No se vota tanto a favor de algo como en contra de alguien. Quizá el mayor problema no sea quién gane las elecciones, sino qué tipo de política sale reforzada pase lo que pase. Si la lección que extraen los partidos es que el ruido funciona, que la provocación moviliza y que la polarización compensa, el daño será duradero. Porque cuando la política se convierte en un ajuste de cuentas permanente, la democracia se vuelve frágil. Y el domingo electoral deja de ser una fiesta cívica para convertirse en otro capítulo más de una guerra que nadie parece querer ganar, pero que todos se empeñan en seguir librando.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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