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Política

El faro canadiense

El faro canadiense
Artículo Completo 1,139 palabras
El presidente del Gobierno está siguiendo la senda de Mark Carney, que le remontó 20 puntos de desventaja a su rival de derechas plantándole cara a Trump. A diferencia de Carney, el verdadero líder antiMAGA, Sánchez juega con mejores cartas Leer

«Rally around the flag» es el efecto de aglutinar al electorado en torno al líder que encarne a la nación. Mark Carney, ex banquero central, establishment puro, llevó esta estrategia a su excelencia en las elecciones del país de la hoja de arce en 2025. Partía con 20 puntos de desventaja como relevo del desgastado Justin Trudeau y se los remontó al centroderechista Poilievre a base de confrontar las amenazas de Donald Trump. Cuantas más veces Trump hablaba de anexionarse Canadá, más subía Carney en los sondeos y más bajaba Poilivere, estrangulado.

En su choque frontal y buscado con el presidente norteamericano, Pedro Sánchez navega iluminado por el faro de su homólogo canadiense, precisamente para que Núñez Feijóo se estrelle contra las rocas que reventaron a Poilievre. Si todo transcurre según sus planes, las elecciones generales del próximo año no enfrentarán al candidato del PSOE con el del PP, sino a España y su presidente frente a Trump y Vox. Hay algunos puntos en común y otros menos, aunque la cuestión nuclear será la misma: cómo lidiar con un dirigente que concibe las relaciones internacionales a medio camino entre el matonismo de discoteca y el monopoly inmobiliario, y cuyas decisiones afectan a los bolsillos de los ciudadanos de todo el mundo.

Empecemos por lo que no le funcionó a Poilievre y puede que no le funcione a Feijóo. El aspirante canadiense se centró en propuestas destinadas a solucionar los problemas domésticos cuando el plano estaba ya en el lado sentimental. Sus eslóganes «axe the tax» (tala los impuestos) y «build homes, not bureaucracy» (construye casas, no burocracia), parecidos a los del PP, quedaron desactivados porque lo que se debatía era la supervivencia del país.

Carney se envolvió con la bandera de la patria («around the flag»). A nadie le gusta que hablen mal de su país desde fuera y, sobre todo, que intenten someterlo a eructo limpio. La estrategia de Sánchez sigue esta cartografía y ha obtenido más reconocimiento aún que la de Carney. Lo cual no deja de ser un nuevo ejemplo del lisérgico manejo de la conversación pública que ejerce el líder español. Sólo él, que sustenta su precario poder en partidos que quieren destruir la nación, puede intentar (y conseguir) que cualquier crítica en su contra se convierta en un acto antipatriótico. No a la guerra es el nuevo Que viva España para una franja del electorado que puede desbordar la de sus mesiánicas bases.

No es justo llamar improvisación a lo que viene siendo el leitmotive de su mandato desde el mismísimo discurso de investidura. Su reyerta con Trump le da cohesión y pone en sordina sus coces a los usos más elementales de la democracia representativa, como gobernar contra la mayoría del Congreso. Cada crítica desde Mar-a-Lago aumenta sus posibilidades.

Hasta aquí las similitudes. Ahora vienen las diferencias. Sánchez expone poco. Canadá tiene un superávit comercial respecto de EEUU de más de 40.000 millones de dólares, mientras que España está en déficit de unos 13.000. Es decir, una fractura de relaciones metería al país ártico en una recesión atroz, mientras que hacer lo mismo con España perjudicaría primero a los estadounidenses. Si la venganza se dirigiera contra los crecientes intereses de las multinacionales españolas en EEUU, el presidente socialista gesticularía entre bostezos.

En segundo lugar, Sánchez suelta la mano sabedor de que está protegido por el blindaje de la UE. EEUU tiene difícil actuar contra un país concreto al margen del resto. Y su desafío compromete a los socios que no tienen holgura, como es el caso de Alemania. Miel sobre hojuelas. El presidente español ya tenía decidido hacer valer su condición de líder único del socialismo europeo frente a Friedrich Merz antes de la visita de éste a la Casa Blanca. El plan de competitividad que envió La Moncloa a Bruselas es una impugnación directa a la propuesta alemana: ni menos regulación ni menos transición verde.

Quizá algo de eso anduviera rondando la cabeza de Merz cuando Trump arremetió contra Sánchez y él atizó al fuego al mencionar su negativa a subir al 5% el gasto militar. Merz fue rápidamente consciente de que había cometido un error. Según Politico, el canciller llamó dos veces al presidente español por teléfono para disculparse. No fue atendido, dicen, porque el número era antiguo. La semana trágica del líder germano terminó con la derrota en las elecciones de Baden-Württemberg, bastión de Mercedes. Contra todo pronóstico, ganó el candidato de Los Verdes tras haber ocultado en campaña las siglas de su partido y beneficiarse de dos errores de su joven rival de la CDU.

A diferencia de Sánchez, Merz no es un político. En la Casa Blanca actuó como lo haría el financiero que fue ante un tiburón mayor y perdió el relato. También tiene menos margen. Los ultras de Alternativa por Alemania doblaron sus votos en Baden-Württemberg y el canciller afronta la reestructuración de la economía de su país a través de la medida más impopular que puede adoptar un canciller alemán: el endeudamiento masivo.

Es en este punto donde Sánchez juega con cartas marcadas. Berlín paga a pulmón sus reformas mientras es el financiador mayoritario de los fondos europeos que permiten al líder español gobernar sin presupuestos y dando lecciones. Un maestro.

La chapuza de Irán pone a Merz en una situación difícil justo cuando su PIB dejaba de languidecer. España y Alemania son potencias de las renovables y contrarias a las nucleares. Pero mientras la segunda necesita enormes cantidades de gas para mantener la industria sin ninguna central atómica, la primera tiene varias operativas y un consumo eléctrico en declive. No es que Merz sea trumpista, sino que debe mantener su influencia en EEUU para que la deuda emitida no vaya a pagar las facturas del déficit energético.

Como en cada campaña -en la aragonesa polemizó con Musk y anunció la regularización de inmigrantes- Sánchez ensaya una colisión con el trumpismo con la vista puesta en las generales. El último encontronazo tiene como fin salvar los muebles el domingo en Castilla y León. Igual funciona o igual acaba como el SPD en Baden Württemberg: cuarto. El timón no se moverá. Y el timonel tampoco.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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