La noticia llegó al Tanata antes que el Papa. Eso suele ocurrir con todas las cosas importantes. Primero llegan los comentaristas, luego los expertos y finalmente la cosa en cuestión, ya agotada. La televisión de la barra mostraba imágenes de preparativos, vallas, policías, voluntarios ... y periodistas señalando mapas con la gravedad de quien explica una invasión. Andrés observaba la pantalla.
—Porque demuestra que todavía existen organizaciones capaces de planificar algo con más de una semana de antelación.
El camarero dejó dos copas sobre la barra.
—Pues están montando un dispositivo enorme.
—Normal —dijo Andrés—. España organiza cualquier acontecimiento como si pudiera acabar en procesión.
Fuera, bajo el alero del tanatorio, varias coronas aguardaban junto a la puerta. La lluvia había dejado el mundo con aspecto de haber sido fregado deprisa.
Opinión La esperanza iba dentro del papamóvil
—A mí lo que me interesa —continuó Andrés— es la logística de la fe.
—Claro. La religión lleva dos mil años gestionando esperanzas sin inventario.
—Al contrario. Toda la historia de la religión es atención al cliente.
—Aquí también trabajamos bastante eso.
Miramos un segundo hacia el tanatorio. Era difícil saber dónde terminaba un negocio y empezaba una filosofía.
—La muerte —dijo Andrés— es el único monopolio que jamás ha necesitado ayudas públicas.
—Con beneficios récord todos los ejercicios.
—El papamóvil es profundamente español. Un coche blindado para atravesar multitudes que te quieren
En la televisión aparecieron imágenes del recorrido previsto para la visita. Calles cortadas. Controles. Miles de personas esperando.
—De si viene con experiencia demostrable.
El camarero señaló con la cabeza hacia el tanatorio.
—Eso sería competencia desleal —dije.
—No necesariamente —respondió Andrés—. Los resucitados generan mucho papeleo.
La televisión mostró una imagen del papamóvil.
—Ese vehículo siempre me ha fascinado.
—Un coche blindado para atravesar multitudes que te quieren.
—España es un país donde la gente puede discutir cuatro horas sobre la Santísima Trinidad sin haber leído nunca el reglamento
—A mí me preocupa otra cosa —dijo—. Durante una semana todo el mundo se convertirá en experto en religión.
—Como durante los mundiales con el fútbol —dije.
—Exactamente —respondió Andrés—. España es un país donde la gente puede discutir cuatro horas sobre la Santísima Trinidad sin haber leído nunca el reglamento.
—Supongo. Si no, sería una comunidad de vecinos.
Entró entonces un hombre empapado. Venía de un entierro. Pidió un café. Siempre me ha parecido admirable la confianza que tiene el ser humano en las bebidas calientes. Uno puede perder un trabajo, un matrimonio o una tía segunda, pero sigue pensando que un café quizá arregle algo.
—Lo que más me gusta de las visitas papales —continuó Andrés— es que reúnen a gente muy distinta.
—Monjas, policías, ministros, jubilados, turistas, periodistas y vendedores de botellas de agua.
—La otra media está intentando aparcar.
—La gente confunde la fe con la certeza. Si estás seguro de algo ya no necesitas fe
El hombre del café removía el azúcar con una concentración insólita.
—¿Tú crees que el Papa cree de verdad? —preguntó el camarero.
—Porque llegar tan lejos por compromiso sería agotador.
—También hay gente que lleva cuarenta años en una comunidad de vecinos.
Nos quedamos unos segundos mirando la lluvia acumulada en los bordillos.
—Yo creo —dijo Andrés— que la gente confunde la fe con la certeza.
—Al contrario. Si estás seguro de algo ya no necesitas fe.
—Entonces la fe consiste en dudar correctamente.
—Dudar incorrectamente con presupuesto.
—Hay algo profundamente religioso en la televisión —dijo Andrés—. La fe absoluta en que alguien sabe lo que está pasando
El camarero tuvo que apoyarse en la barra para reírse. La televisión seguía mostrando preparativos. Periodistas entrevistando a otros periodistas. Expertos entrevistando a expertos. Personas opinando sobre personas que opinaban.
—Hay algo profundamente religioso en la televisión —dijo Andrés.
—La fe absoluta en que alguien sabe lo que está pasando.
—Por supuesto que no. Si alguien entendiera de verdad, España tendría prohibida la entrada en España.
Un silencio breve. El Tanata estaba lleno de ese ruido tranquilo de vasos, cucharillas y conversaciones derrotadas. Un hombre dormitaba en una esquina. Otro discutía con una máquina tragaperras como quien renegocia una hipoteca…
—¿Sabes qué me parece verdaderamente religioso? —preguntó Andrés.
—Mi abuelo decía que la diferencia entre una iglesia y un tanatorio es el plazo de entrega.
—Pagas durante cuarenta años para algo que confías en utilizar lo más tarde posible.
—La diferencia es que la hipoteca promete una casa. El seguro promete una salida elegante.
—Ninguna de las dos cosas está garantizada.
—Mi abuelo decía que la diferencia entre una iglesia y un tanatorio es el plazo de entrega.
Fuera empezaba a despejar. Un poco. Lo justo para que nadie pudiera presumir de haber acertado el tiempo.
—¿Sabes qué va a pasar cuando llegue el Papa? —preguntó Andrés.
—La gente lo verá pasar. Algunos se emocionarán. Otros protestarán. Los periodistas dirán que ha sido histórico. Los políticos dirán que ha sido un éxito. Los opositores dirán que ha sido un fracaso.
El hombre del café se marchó sin decir palabra. Nadie preguntó quién era el muerto. En el Tanata existe una cortesía peculiar, porque los desconocidos reciben más respeto que muchos famosos.
—Al final —dijo Andrés— creo que la gente no sale a ver al Papa porque espere respuestas.
Miré hacia la puerta del tanatorio. Entraba otra familia. Salía otra. La ciudad seguía moviéndose con esa indiferencia que tienen las cosas importantes.
—Es una buena definición de la religión —dije.
Pagamos las copas. Ya en la calle, el cielo se había abierto por fin. Dos jubilados discutían sobre una avería municipal. Un repartidor cruzaba la avenida. Una viuda fumaba a la entrada del tanatorio…
—¿Crees que el Papa verá algo nuevo en España? —pregunté.
—Probablemente lo mismo que ve aquí todo el mundo.
—Miles de personas intentando comprender la vida mientras aparcan mal.
Y nos alejamos caminando. Detrás de nosotros, el Tanata seguía iluminado. Como un faro para náufragos terrestres. Seguramente porque lo era.
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