El 2 de octubre de 2016, todos los medios de comunicación españoles y también los extranjeros publicaron el obituario político de Pedro Sánchez. La escapada del entonces secretario general del PSOE contra su destino tras haber llevado al partido a los peores resultados de su historia -aseguraban todas las crónicas sin excepción-, acabó en el Comité Federal que logró descabalgarlo tras once horas de duro combate. Sánchez ya era historia del partido.
El protagonista se resistió con uñas, dientes, armas de confusión estatutaria, y hasta con una urna de pega surgida de las sombras en la que Sánchez pretendía una votación sin garantías para convocar un Congreso. «¡Pucherazo!». Y hasta los más pedristas renunciaron a la votación. Sánchez peleó hasta el último minuto. Le ganaron el pulso por pocos votos. El Comité Federal más dramático, bochornoso y esperpéntico que nadie recordaba dejó gritos, llantos, insultos, tristezas y penas. Aún a día de hoy, el recuerdo de aquel 1 de octubre espanta a los dirigentes socialistas, avergonzados de un espectáculo retransmitido en directo por las televisiones, con la calle Ferraz a rebosar de militantes echando pestes de los barones del PSOE.
La reunión no había salido como los críticos planearon al detalle. Destitución del secretario general por la dimisión de la mitad más uno de los miembros de la Ejecutiva, aprobación de una Gestora para dirigir el partido, abstención del PSOE para que gobernara Rajoy y evitar las terceras elecciones, y reconstrucción del PSOE sin Sánchez en unas primarias por aclamación que ganaría Susana Díaz. La líder que querían la inmensa mayoría de los barones y de los dirigentes históricos. «Si fuera un golpe de Estado, que no lo es, estaría organizado por un sargento chusquero», advirtió José Borrell en las vísperas del drama.
El presidente recibiendo a la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, en 2025, en Moncloa.EFE«Me siento maniatado y vigilado», se quejaba Sánchez entre los muros de Ferraz. El desgarro del Comité Federal superó cualquier expectativa y el partido salió de allí hecho unos zorros. Esa noche y en días posteriores la frase «muerto el perro, se acabó la rabia» hizo fortuna entre los ganadores. No se esperaban que Sánchez estuviera dispuesto a morir matando. Ni tampoco supieron ver que habían dejado escapar a un Sánchez hundido, pero con una consigna demoledora para la dirección. Mejor dicho. Dos. «No es no» a la investidura de un Gobierno del PP y «Sánchez o abstención». Borrell también echó en cara a los barones del PSOE que no hablaran claro de la abstención que proponían para la investidura de Rajoy.
El caso es que aquel Comité Federal que lo defenestró como líder del PSOE fue el final del principio de Pedro Sánchez. En los años posteriores, los dirigentes del PSOE más comprometidos con un partido dirigido por órganos intermedios, más que por la militancia, tuvieron la ocasión de reflexionar sobre lo sucedido al convertir a Sánchez en un mártir. Más aún. Susana Díaz y los barones decidieron retrasar el Congreso donde la líder andaluza se alzaría con el poder, y ello otorgó a Sánchez un tiempo precioso para predicar que la gestora se había vendido al PP. Todos tuvieron claro que habían menospreciado a quien consideraban un aventurero que iba a acabar con el partido.
El dramático Comité Federal fue una lucha de poder por alzarse con el mando orgánico. Pero sobre el fondo se proyectaba la delicada situación del partido hegemónico de la izquierda española que se desangraba electoralmente a manos de otro partido liderado por Pablo Iglesias. Y eso, la división de la izquierda que aún persiste y las exigencias de sus bases para que cumplan sus compromisos, es lo que une pasado y presente por un hilo colgado en la Puerta del Sol. Sánchez fue defenestrado el 1 de octubre porque, después de fracasar en un pacto de investidura con Ciudadanos, quería pactar con Podemos y los independentistas. No le dejaron y después, en las primarias, hizo campaña copiando el discurso de Podemos. Así volvió el PSOE a ganar las elecciones de 2019. Ninguno de los socialistas que participaron en aquella tumultuosa reunión supo ver que habían creado una víctima propiciatoria que les doblaría el pulso apelando a las esencias de la militancia. Siete meses después de su caída, Sánchez arrasó en las primarias a Susana Díaz, un año y medio más tarde, era presidente del Gobierno en la primera moción de censura exitosa de la democracia. Ahora, con la Puerta del Sol otra vez ocupada exigiéndole que cumpla con su palabra de izquierdas, los veteranos del PSOE creen que el futuro les ha dado la razón. «Lo más importante de aquel Comité era el debate sobre qué PSOE queríamos, un partido con límites, que no estaba dispuesto a pactar cualquier cosa con cualquiera. Se trataba también de decidir si en el modelo de partido cabía una dirección atrincherada, aún estando en minoría, como estaba, en el Comité Federal». Hasta sus adversarios reconocen que «Sánchez fue hábil al fijar el marco en el no a Rajoy». Los ganadores de las primarias, señalan los veteranos, han impuesto un modelo de partido al servicio de un líder, en el que los órganos intermedios como el Comité Federal han dejado de existir como lugar de discusión y debate. Pero Sánchez lleva más de ocho años en Moncloa y la condición de víctima se le da de maravilla.