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Nicolás Maduro levanta ante la multitud un gran retrato de Hugo Chávez, su antecesor y mentor. AFP El final de la revolución bolivariana que creó Chávez y ha caído con MaduroDesastre. Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo, es hoy un Estado fallido, pobre, aislado y con más de siete millones de exiliados
Domingo, 4 de enero 2026, 11:53
CompartirAntes de Hugo Chávez, que fue el padre ideológico de Nicolás Maduro, Venezuela era un país que había sido rico gracias al petróleo pero que cayó en picado con la crisis de los hidrocarburos de los años ochenta. La deuda pública se disparó; también la desigualdad social. Surgieron las protestas y la represión. Cada gobierno le echaba las culpas al anterior. Y así, en 1994, un joven mando militar encabezó un golpe de Estado contra el Ejecutivo de Carlos Andrés Pérez. Era Chávez. No triunfó y acabó en la cárcel, pero dejó un mensaje televisado en el que anunció que sus objetivos no se habían cumplido «por ahora». El escritor Gabriel García Márquez dijo que ese discurso fue «el primer acto de su campaña electoral». Lo fue. En diciembre de 1998 y tras ser indultado, arrasó en la urnas y alcanzó la presidencia con su revolución bolivariana, la misma que, cuando falleció en 2013, ha tratado sin éxito de continuar Maduro.
Chávez desbordaba carisma. Llegó para derrotar a la oligarquía criolla y darle el poder al pueblo frente al imperialismo de Estados Unidos. Tenía a su favor un grifo casi infinito de petrodólares y al ejército. Convenció al país de que necesitaba un caudillo como él, una figura providencial. Con el apoyo popular en los comicios, adaptó la legislación a sus intereses de gobierno y, sin llegar a ser un dictador al uso, dirigió Venezuela a su antojo. «Acepto ofertas», decía durante algunas negociaciones en las que plantaba una pistola en la mesa.
Aprobó una nueva Constitución, nacionalizó empresas estratégicas y creó las Misiones Bolivarianas para mejorar la vida de los desfavorecidos. Con las mayores reservas de hidrocarburos del mundo, la economía vivió una etapa de bonanza durante la primera década de este siglo. Pero no duró. Tampoco Chávez, que murió víctima de un cáncer sin cumplir 60 años. «Dios, no me lleves todavía. Me queda mucho por hacer para este pueblo», dijo antes de fallecer.
Le dio tiempo, eso sí, para ungir como su sucesor a Nicolás Maduro, antiguo chófer de autobús y guardaespaldas que a los 12 años ya militaba en un grupo político denominado 'Enigma', que había sido miembro de una banda de música de nombre 'Ruptura' y que hasta coqueteó con la idea de probar como jugador de béisbol en las ligas de Estados Unidos. Maduro se propuso completar la tarea que Chávez no había podido concluir.
«Yo entré a una capilla chiquitica esta mañana (...) De repente apareció un pajarito, chiquitico, y me dio tres vueltas acá arriba. Se paró en una viga de madera y empezó a silbar, un silbido bonito. Me lo quedé viendo y también le silbé. El pajarito me vio raro. Silbó un ratito, me dio una vuelta y se fue, y yo sentí el espíritu de Chávez», contó Maduro ante un público devoto. El comandante fallecido permanece en Venezuela como un símbolo casi religioso para sus seguidores. Maduro, en cambio, nunca ha tenido ese aura. Aunque lo intentó.
Profundizó en el desmantelamiento del Estado de Derecho, colonizó el Poder Judicial e hizo de las tropas armadas su brazo político. Pero le tocó presidir el país en otras circunstancias: una crisis económica sin precedentes, el lastre de la corrupción, la sombra de fraude electoral, aislamiento internacional, sanciones económicas (embargo petrolero impuesto por EE UU en 2019), represión de cualquier movimiento opositor, investigaciones por crímenes de lesa humanidad (cien muertos en la represión de manifestaciones en 2017)...
La puntilla ha sido la campaña de EE UU y Donald Trump contra el narcotráfico venezolano, que, a juicio de Washington, está organizado desde el régimen de Caracas. «El chavismo dejó de ser un proyecto épico y romántico que convocaba a las fuerzas de izquierda para convertirse en una obsesión por preservar el poder a toda costa», define en 'La Voz de América' el politólogo Nicmer Evans. Algo así como la deriva de Daniel Ortega en Nicaragua.
Populismo autocrátrico
Con el mercado del petróleo a la baja, el Estado quebró y la escasez de casi todo se adueñó del país. La economía se contrajo en un 80%. La pobreza y la represión llevaron al exilio: entre siete y nueve millones de venezolanos cruzaron la frontera en busca de nuevas oportunidades o, simplemente, de libertad. En esa larga lista figura Edmundo González Urrutia, el candidato opositor que, con las actas en la mano, se proclamó vencedor de las elecciones de 2024, pero que tuvo que refugiarse en España ante la negativa del chavismo a abandonar el poder. El socialismo inicial de la revolución bolivariana mutó en populismo autocrático.
Maduro no contaba con la mayoría social que aupó a Chávez. Como su antecesor, buscó enemigos para justificar su autoritarismo. Repitió la idea de que Estados Unidos es el origen de todos los males y dividió a los venezolanos entre bolivarianos y 'pitiyanquis', a los que llama «vendepatrias». Tras su paso quedan trincheras que parecen irreconciliables. María Corina Machado, reciente premio Nobel de la Paz, ha sido la voz de esa creciente oposición: «El clamor de los asesinados, torturados y desaparecidos ha resonado sin respuesta durante demasiado tiempo desde que Maduro llegó al poder. El mundo no puede darles la espalda. El régimen criminal debe rendir cuentas».
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