Lunes, 30 de marzo de 2026 Lun 30/03/2026
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Política

El Gobierno Pigmalión

El Gobierno Pigmalión
Artículo Completo 855 palabras
Si el propósito es aparecer ahora como la cúspide de la moderación y el sentido de Estado, tiene que haber algo más que posados mirando al futuro en la prensa internacional y vídeos simpáticos en TikTok Leer

El mito de Pigmalión ha dado muchas alegrías a pensadores y creadores modernos. En la historia original, relatada por Ovidio en Las metamorfosis, un escultor angustiado por la imperfección humana tallaba una estatua de marfil para representar el ideal que no conseguía hallar en la vida real. Maravillado por su propia obra, caía rendido ante ella y se enamoraba perdidamente de su belleza, hasta el punto de despertar la compasión de los dioses, que convertían su escultura en una mujer real.

Muchos siglos después, George Bernard Shaw convirtió la historia en una sátira feroz de las rígidas clases sociales de la Inglaterra moderna. En su Pigmalión, un arrogante profesor de fonética, Henry Higgins, apostaba con un colega a que sería capaz de engañar a todo el mundo convirtiendo a una florista callejera de malos modos y lenguaje incomprensible, Eliza Doolittle, en una dama sofisticada. De tal manera que lo que hasta ese momento había sido una mujer despreciada por su forma de hablar y de comportarse, propia de los bajos fondos de Londres, pasaba a ser una joven apreciada por su exquisito gusto y refinadas maneras.

La historia ha tenido exitosas adaptaciones y versiones modernas, de Ninotchka a My Fair Lady o Pretty Woman. La última versión se representa ahora en España de la mano de Pedro Sánchez. Decidido a cambiar la escultura de su Gobierno, labrada durante ocho arduos años en el poder, se ha deshecho de la que hasta el jueves era su combativa y gesticulante número dos, María Jesús Montero, para colocar al más «tranquilo» y «sosegado» Carlos Cuerpo, por utilizar los dos sinónimos que eligió la prensa afín para definirle.

Nuestro Higgins no tiene nada que envidiar a sus predecesores. Con sus modales exquisitos y su sonrisa de embaucador, ha lanzado su propia apuesta: transformar un Gobierno entregado a la trinchera y que concibe las instituciones como una taberna en un Ejecutivo tecnocrático volcado en mejorar la economía del país. Cambiar los bajos fondos de Montero por el suave acento de Cuerpo para que la alta sociedad política celebre que, ahora sí que sí, hay un Gobierno que se ha puesto a gobernar.

Arranca la última simulación para el año que queda: el Gobierno de la trinchera y la taberna es ahora un grupo de tecnócratas moderados

El organigrama muestra que ninguno de los tres vicepresidentes tiene carné del PSOE, como si este ya no fuera un Gobierno de partido ni el autor del muro, sino un grupo de técnicos entregados al bien común. Queda la guardia pretoriana que forman Bolaños, Puente y Óscar López, pero se impone en el escaparate la limpieza que lucía en solitario Luis Planas, persona discreta y a la que nadie se imagina tuiteando contra el mundo los fines de semana. Él es uno de los únicos tres ministros que quedan desde los inicios. Los otros dos son Marlaska y Margarita Robles, que mira por dónde tampoco tienen carné del PSOE.

Otra consecuencia del nombramiento de Cuerpo es que el puesto de número dos queda abolido, que demasiados disgustos han dado ya los números dos. En el Gobierno sin presupuestos, la acción ejecutiva comienza y acaba en lo que dice y hace el presidente. Sánchez se basta y se sobra para dar caña un día y vender tecnocracia al siguiente, y lo mismo insta a echarse a la calle a protestar, como pide a los ciudadanos «sentirse orgullosos del país», como hacía en la carta que difundió ayer y que era, claro, una exigencia para que se sientan orgullosos de él mismo.

Arranca así la última simulación para el año que queda. A diferencia de la Eliza de Shaw, que acabó encontrando su propia voz, la escultura de Sánchez no tiene vida propia. Como todo buen profesor de fonética sabe, para que el truco funcione la pronunciación tiene que ser perfecta. Si el propósito es aparecer ahora como la cúspide de la moderación y el sentido de Estado, tiene que haber algo más que posados mirando al futuro en la prensa internacional y vídeos simpáticos en TikTok. Si se va a colocar la economía en el centro, tendrá que haber algo más que una cara amable. Qué sé yo, unos presupuestos, algo que ayude a abaratar la vivienda, un plan de infraestructuras o una financiación autonómica cuyo objetivo no sea satisfacer a Cataluña. Cabe la posibilidad de que Sánchez, como el Pigmalión de Ovidio, se enamore de su propia obra y esta termine convirtiéndose en realidad. Pero también está la versión que Shaw creó para Higgins, que en la última escena de la obra se quedaba solo en su soberbia, viendo alejarse a Eliza con una sonrisa de desprecio, convencido de que volvería porque sin él no es nada.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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