El eslabon perdido de las lesiones de isquiotibial: el cerebro
Durante años, el fútbol buscó la respuesta en el músculo. Ahora, una nueva hipótesis señala al cerebro como origen silencioso de una de las lesiones más repetidas del deporte.
Juan Ignacio García-Ochoa MARCA · Reportaje EspecialHay algo que a Jurdan Mendigutxia, investigador y uno de los mejores y más demandados fisios del mundo, no le encajaba. Despúes de millones de análisis 3D del momento de la lesión, experimentos con cadáveres para ensalzar la importancia de la pelvis en la elongación de la musculatura isquiotibial y ser el primer investigador en realizar una biopsia del bíceps femoral tras un partido de fútbol, no lograba entender el mecanismo por el cual cientos de jugadores cada año caen lesionados. Tras exhaustivos y milimétricos análisis mediante softwares y modelos predictivos, Jurdan no observaba cambios abruptos en ningún segmento ni parámetro que justificasen las mismas. Su frustación aumentaba, pero su obsesión por encontrar el eslabón perdido no decaía. Durante años, el fútbol ha intentado explicar la lesión de isquiotibiales desde la lógica del músculo. Más fuerza, más control, más prevención. Protocolos cada vez más sofisticados, tecnología más precisa, datos más abundantes. Y, sin embargo, el resultado era siempre el mismo: los isquiotibiales siguen cayendo. Una y otra vez. Los mismos perfiles, las mismas recaídas, los mismos tiempos de recuperación que no terminan de ser fiables.
Era como si el problema real estuviera en otro sitio. Hasta que Jurdan Mendigutxia ha empezado a mirar donde nadie estaba mirando. No en la pierna, sino en el cerebro. Así se lo cuenta a MARCA, al que abre las puertas de su centro en Pamplona para descubrir al público el hallazgo que puede cambiar por completo la manera de tratar la lesión más común en el fútbol. No leerán en este reportaje por expreso deseo del protagonista los nombres de los deportistas con los que trabaja ni los equipos a los que asiste, de fútbol, NBA y NFL, sino sobre los avances científicos de este fisio al que llaman desde todos los rincones del planeta.
MARCA en el centro de investigación de Jurdan en Pamplona.Una hipótesis incómoda
Durante décadas, la lesión muscular se ha entendido desde un enfoque mecánico. El músculo como motor, como una estructura que genera fuerza, que se estira, que se contrae, que se fatiga y que, en determinadas condiciones, se rompe. Todo el abordaje clínico y preventivo ha girado en torno a esa idea.
Pero Mendigutxia empezó a sospechar que esa explicación era incompleta. "Siempre hemos tratado el músculo como un motor", asegura. "Pero quizá el problema no es el motor...sino la señal que lo controla". La hipótesis introduce un matiz decisivo: cuando un isquiotibial se lesiona, no solo se produce daño estructural. También puede haber una alteración en la forma en la que ese músculo se comunica con el sistema nervioso central. Una especie de interferencia o ¨de juego del telefono roto¨. Como una llamada telefónica con mala cobertura. El músculo sigue enviando información pero no del todo clara , por lo que el cerebro ya no la recibe con la misma claridad, ni con el mismo timing, ni con la misma precisión para poder interpretarla. Y en un deporte donde todo ocurre en milisegundos, ese desfase puede ser la diferencia entre llegar o romperse.
Resonancia cerebral para investigación científicaColombia: el experimento que nadie había hecho
Para comprobar esa intuición basada en la literatura científica con otras dolencias, Mendigutxia necesitaba ir más allá de lo que permitían los protocolos habituales. No bastaban los test de fuerza, ni los análisis 3D de movimiento, ni los datos de campo. Y eso que en el caso de Jurdan le había llevado hasta investigar con cadáveres, logrando avances espectaculares y conclusiones sobre el isquio a las que nadie en el mundo había llegado y que facilitaron grandes avances."Pero estaba claro que había más, no me conformo", dice Jurdan. "Había que observar directamente qué ocurría en el cerebro". Y ahí empezó un camino poco convencional.
El lugar no fue un gran centro europeo ni un laboratorio de referencia internacional ni de neurociencia en Estados Unidos. Fue una clínica en Colombia a la que llego gracias a su amigo y colaborador Andrea Astrella. Un entorno complicado, lejos de las condiciones ideales, con limitaciones logísticas y, en ocasiones, con una sensación constante de incertidumbre. Porque Jurdan financia de su bolsillo cada una de las investigaciones que realiza. No era el escenario más cómodo, pero sí uno de los pocos en los que podía construir lo que tenía en mente. Porque lo que buscaba no existía.
Diseñó un sistema para acoplar una polea de madera a una máquina de resonancia magnética. Una solución artesanal para un problema extremadamente sofisticado. El objetivo era que jugadores con lesión de isquiotibiales pudieran realizar ejercicios específicos mientras se registraba, en tiempo real, la actividad de su cerebro.
La condición era estricta: no podían mover la cabeza más de 0,2 cm. Todo debía ejecutarse con precisión absoluta dentro de un entorno cerrado, limitado y exigente. Era, en esencia, observar el movimiento... sin movimiento. Y, sobre todo, observar el músculo desde el cerebro.
Actividad cerebral lesionado (azul) contra no lesionado (naranja)El hallazgo: la lesión está en la conexión
Los resultados no solo confirmaron la hipótesis. La ampliaron. Tras una lesión de isquiotibiales, el cerebro cambia su forma de procesar la información que recibe desde ese músculo y sufre una reorganización como consecuencia (neuroplasticidad). No es únicamente un problema de fuerza o de capacidad contráctil. Es un problema de calidad de señal. Mendigutxia lo explica de forma gráfica: "Es como si te estuvieran llamando y la señal fuera débil. El mensaje llega con interferencias, llega tarde o directamente no llega". Desde un punto de vista neurofisiológico, lo que se altera es el sistema sensoriomotor. El músculo, que constantemente envía información sobre su estado -tono, longitud, tensión- deja de comunicarse de manera eficiente. El cerebro, que debería procesar, comparar, corregir y ajustar automáticamente el movimiento, recibe datos incompletos o distorsionados. Y entonces ocurre algo clave: el sistema pierde automatismo y eficiencia. Lo que antes eran respuestas rápidas, intuitivas y precisas del jugador frente a las demandas requeridas, pasan a ser más lentas, más conscientes y por tanto menos eficientes.
"Lo que ya sabíamos... pero no supimos ver"
En realidad, esta lógica no es completamente nueva. En las lesiones de ligamento cruzado anterior ya se había observado un fenómeno similar. Tras la lesión y la cirugía, se produce una deaferenciación: los mecanorreceptores del ligamento se dañan y la información sensorial hacia el cerebro se ve alterada. El sistema responde como puede y compesando.
La corteza prefrontal aumenta su actividad, intentando compensar la pérdida de automatismos y focalizando su atención en la articulación dañada. El jugador pasa de moverse de forma inconsciente a hacerlo de manera más consciente, más controlada y, ante la falta de información sensorial, con mayor dependencia compensatoria de la visión. El problema es que ese control adicional no mejora el rendimiento. Al contrario: lo ralentiza. Y, sobre todo, lo vuelve más vulnerable. A partir de ahí, la pregunta era inevitable.
Si esto ocurre en el ligamento cruzado que es factor de riesgo de la lesión isquiotibial y dada su íntima relación, ¿por qué no iba a ocurrir en una lesión muscular? La respuesta, hasta ahora, es que simplemente no se había estudiado.
El momento exacto de la lesión
Durante años, la explicación dominante situaba el origen de la lesión en un exceso de elongación del bíceps femoral durante el sprint. El músculo se estira más allá de su capacidad y se rompe. Una lógica aparentemente sólida, pero cada vez más cuestionada.
"Los datos actuales muestran algo distinto. En muchas situaciones, la fibra muscular no alcanza niveles extremos de elongación. Incluso puede ocurrir lo contrario: que se acorte. Además, los análisis biomecánicos no logran identificar de forma consistente un cambio previo respecto a los pasos previos que explique la lesión. Se observan consecuencias, pero no causas claras. Entonces, el foco se desplaza", explica Jurdan, siempre inquieto, siempre curioso y obsesionado por alcanzar la perfección en su trabajo.
"El fútbol moderno impone demandas visuo-motor-cognitivas enormes. El jugador no solo corre: decide, interpreta, anticipa. Atiende al fuera de juego, al rival, al compañero, al balón. Todo al mismo tiempo. Y es precisamente en esos momentos de máxima carga cognitiva y con el foco atencional desviado del propio movimiento donde al parecer más lesiones se producen", continúa Jurdan. "En atletismo, los patrones son similares. Muchas roturas aparecen cuando el atleta introduce una tarea visual adicional, como girar la cabeza. No parece casualidad".
Cuando la demanda cognitiva aumenta, el sistema se estresa. Y si la señal entre músculo y cerebro ya está deteriorada, el margen de error se reduce al mínimo.
Actividad cerebral lesionado (azul) contra no lesionado (naranja)El cerebro como factor de riesgo
El cambio de perspectiva es profundo. Después de una lesión de isquiotibiales, no solo persisten alteraciones estructurales como edema o atrofia durante meses. También aparecen problemas de reposicionamiento y control de la fuerza. Pero, por encima de todo, lo que emerge es una alteración en la comunicación y una reorganización de la manera de procesar la información por parte del cerebro.
Jurdan lo tiene claro: "Existe una incapacidad para procesar e integrar la información preveniente de los receptores musculares por parte del cerebro, por lo que se trabaja con información defectuosa. Y cuando eso ocurre, el sistema busca vías alternativas y compensatorias para obtener más información. La principal es la visión. El jugador depende más de lo que ve para compensar lo que no siente correctamente. Aumenta la atención, el control consciente, la vigilancia sobre el movimiento. Pero esa estrategia, aunque útil a corto plazo, no sustituye la precisión del sistema automático. La señal sigue siendo débil. Y el riesgo sigue presente".
El gran error de la rehabilitación
Durante años, la rehabilitación ha puesto el foco en la dimensión mecánica: hacer el músculo más fuerte, más resistente, más preparado para soportar carga. Es una opción, pero ese enfoque deja fuera una parte esencial. La función sensoriomotora. Es decir, la calidad de la comunicación, la precisión del control, la capacidad del sistema para responder y coordinarse de manera automática y eficiente. "Sin recuperar ese componente, el músculo puede estar listo desde el punto de vista estructural, pero el sistema sigue siendo inestable e ineficaz. Ahí es donde se explican muchas recaídas. No porque el tejido no haya cicatrizado, sino porque la conexión no se ha restaurado. El hallazgo obliga a replantear el tratamiento desde la base. Ya no se trata únicamente de recuperar fuerza o de controlar la carga. Se trata de reentrenar el sistema nervioso, de mejorar la calidad de la señal, de devolver al movimiento su carácter automático. De volver a sincronizar músculo y cerebro", explica Jurdan.
Nuevo modelo de rehabilitación elaborado por Jurdan"Eso implica introducir tareas que integren percepción, decisión y ejecución durante la rehabilitación de los jugadores. De mejorar el 'imput' o la calidad del mensaje que entra. Trabajar en contextos más cercanos a la realidad del juego. Exponer al sistema a las mismas demandas que encontrará en competición, pero de forma progresiva y controlada. En definitiva, no solo curar el músculo. Sino reconstruir la comunicación", explica Jurdan, que lleva ya un tiempo aplicando esta manera de readaptar al futbolista.
La revolución silenciosa
El descubrimiento de Jurdan Mendigutxia no propone una solución simple. No hay un ejercicio milagroso ni una tecnología definitiva. Lo que plantea es algo más profundo. Que durante años se ha estado mirando en el lugar equivocado. Que el problema no era solo la estructura que se rompía, sino el sistema que dejaba de coordinarse. Y que, mientras esa conexión no se recupere por completo, el riesgo seguirá ahí, latente, invisible. Como una llamada que nunca termina de llegar.
"Durante años, la readaptación de lesiones en el fútbol ha girado en torno a lo visible: la fuerza, la elongación, el control de la pelvis. Todo aquello que se puede medir, repetir y cuantificar. Y, sin embargo, hay algo que sigue fallando. Especialmente en el isquiotibial, donde las recaídas continúan siendo demasiado frecuentes", insiste Jurdan. Esto no significa que no haya que prestar atención a dichos factores todavía válidos, pero...", explica Jurdan.
"El problema es que hemos entendido el músculo únicamente desde lo mecánico y nos hemos olvidado de que también es un órgano sensorial", insiste. Cuando un futbolista se lesiona, no solo pierde capacidad física. Cambia la forma en la que su cerebro se relaciona con ese músculo. La información sensorial procedente del musculo es defectuosa y lo que antes era automático deja de serlo. "Pasamos de realizar acciones de manera automática a hacer un movimiento consciente, con una alta demanda cognitiva y muy dependiente de la visión por incapacidad para procesar la información sensorial ". Ese cambio es profundo. El jugador empieza a controlar el gesto, a vigilarlo, a pensar en él. Y el cerebro, como siempre, busca soluciones y se reorganiza, pero de una manera menos eficiente.
"Cuando hay una falta de comunicación entre el músculo y el cerebro, se compensa con otras áreas. Aparece más la corteza prefrontal, más control consciente guiado por la visión... pero el movimiento deja de fluir y es menos preciso y robusto a los cambios". El problema es que, en muchos casos, la readaptación no corrige ese desajuste. Lo refuerza. "Si yo le digo a un jugador lesionado que haga tres series de diez de fuerza en un movimiento planeado, con su foco atencional centrado en su isquio, lo que estoy haciendo es potenciar las áreas donde se planifican los movimientos de forma consciente. Y lo que queremos es justo lo contrario: automatizarlo para que pueda usar esos recursos para responder a las altas demandas viso-cognitivas que se le van a presentar en el campo". Los recursos son limitados.
Porque el fútbol no permite pensar el gesto. "El jugador no puede estar pendiente de su isquio. Deberá estar pendiente e interactuar con el entorno: del rival, del balón, del espacio, fuera de juego... Si gastamos recursos cognitivos y atencionales focalizándolos en el músculo lesionado en lugar de en el juego, todos los procesos de interpretación, respuestas de movimiento y coordinación serán mucho mas costosos e ineficientes y ahí puede estar una explicación de por qué uno de cada tres lesionados recae, ya que los recursos son limitados y los procesos".
El cerebro de los futbolistas
La clave, según Mendigutxia, está en ese desajuste sensomotor que aparece tras la lesión: pequeños retrasos en la activación, pérdidas de coordinación, una desconexión sutil entre lo que el cerebro procesa y lo que el cuerpo ejecuta. Y es ahí donde su investigación conecta con una idea más amplia: cómo funciona el cerebro de un deportista de élite.
"Vemos que tienen habilidades motoras, perceptivas y de toma de decisiones aumentadas, pero sobre todo que su cerebro es más eficiente". Esa eficiencia se ha podido observar en estudios de neuroimagen avanzados. Uno de los más llamativos se realizó en Japón, comparando a Neymar con futbolistas de menor nivel en tareas muy simples con el tobillo. "En ese estudio ven que la activación de las áreas sensoriales del cerebro es ínfima en Neymar en comparación con el resto. No es que haga menos, es que necesita menos esfuerzo para hacer lo mismo o más. Es pura eficiencia".
Esa diferencia no se queda en el laboratorio. Se traslada directamente al juego. "Son increíbles prediciendo el entorno. Con un gesto de cadera, de rodilla o del cuerpo ya saben lo que va a pasar y lo ejecutan". El futbolista de élite no espera a que ocurra la acción. La anticipa en base a su alta capacidad de percepcion. Y lo hace desde lo sensorial, no desde un razonamiento consciente. "Eligen antes la opción que les lleva al éxito. No porque piensen más rápido, sino porque perciben antes. Por eso todo parece más sencillo en ellos. Porque llegan antes a la decisión correcta. El ejemplo es Messi: cuando ve hacer una cosa al defensa, hace lo contrario. Pero no lo hace de manera consciente, es automático en base a su experiencia".
Ese automatismo, ese equilibrio entre velocidad y precisión, es lo que marca la diferencia entre jugadores de un nivel u otro. Y también lo que se rompe con la lesión. "Cuando agotas cognitivamente a una persona, su rendimiento baja muchísimo. No es solo físico, es fatiga cognitiva. Y eso afecta directamente a su velocidad de reacción, a su precisión en el pase...".
En el caso del isquiotibial, esa fatiga y ese desajuste pueden ser determinantes. "Pasamos de correr de una manera automática y precisa debido a la alta calidad de información derivada del musculo a hacerlo de forma consciente y guiada por la visión. Y cuando eso ocurre, el riesgo de lesión aumenta por la ineficiencia de la vista comparada con la información procedente de los receptores musculares más rápidos y precisos". Por eso, para Mendigutxia, el reto no es únicamente recuperar el músculo, sino reorganizar el cerebro y resetearlo de nuevo.
"Tenemos dos factores que pueden desembocar y explicar la lesión: la capacidad mecánica del musculo y el desajuste sensoriomotor. Sin descuidar la dimensión mecánica no debemos descuidar la calidad de la información que llega desde el musculo a partir de la cual el cerebro ejecutará una acción u otra". En el fondo, la diferencia entre volver y recaer puede no estar no solo en cuánta fuerza has recuperado, sino en cómo vuelves a sentir y a ejecutar el movimiento ante una circunstancia concreta y cambiante.