Las partículas PM2.5, que suelen generarse durante la combustión de combustibles fósiles o en incendios, mostraron la asociación más extendida con diferencias en el grosor. En las mujeres mayores, los investigadores relacionaron este contaminante con un menor grosor en 23 de las 34 regiones corticales analizadas, distribuidas por los cuatro lóbulos del cerebro. En términos de grosor cortical, el efecto asociado con las PM2.5 fue comparable a alrededor de un año adicional de envejecimiento.
En los hombres más jóvenes ocurrió lo contrario. Los investigadores asociaron una mayor exposición a PM2.5 y NO2 con una corteza más gruesa en el conjunto de regiones vulnerables al Alzheimer. En el caso de las PM2.5, además, esta relación cambió conforme aumentaba la edad: el engrosamiento asociado con la contaminación disminuyó entre los 55 y los 64 años y, después de los 64, la tendencia se invirtió (aunque la asociación negativa posterior no fue estadísticamente significativa).
Los resultados plantean una aparente contradicción para la cual los investigadores consideran al menos dos explicaciones: que exista una trayectoria no lineal, en la que la contaminación se relacione primero con un mayor grosor y posteriormente con adelgazamiento cortical, o que el cerebro responda de manera diferente a estos contaminantes dependiendo de la edad. El estudio no permite distinguir entre ambas posibilidades.“Nuestros hallazgos plantean la posibilidad de que los cambios cerebrales relacionados con la contaminación no sean lineales”, explicó Lauren Salminen, autora principal del estudio. en un comunicado. La investigadora subrayó que se trata de una hipótesis que deberá comprobarse siguiendo a las mismas personas conforme envejecen e incorporando biomarcadores de Alzheimer.
Si bien el estudio no permite afirmar que una mayor exposición a contaminantes aumente el riesgo de Alzheimer, tampoco aparece en un vacío científico sobre el tema. Sus resultados se suman a una creciente evidencia de que las PM2.5 se relacionan con efectos sobre la salud cerebral. Una revisión sistemática publicada en The BMJ, que reunió 51 estudios, encontró evidencia de una asociación entre la exposición a estas partículas y un mayor riesgo de demencia.
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