Una pregunta quiebra la conversación. Y a Dani, de 24 años, acampada en la Puerta del Sol con sus amigas desde la noche del domingo, se le nublan los ojos: «Quiero ser madre y no creo que pueda, y es muy doloroso», confiesa. «La situación de la vivienda implica muchas cosas: es el miedo constante a ver qué pasa el próximo año, no tener tampoco sueldos dignos para poder pagar una vivienda...».
Porque para ella, como para tantas de esas miles de personas que avivan la mecha prendida por el Sindicato de Inquilinas desde el sábado, y que aguantan bajo lonas, carpas, tiendas de campaña y, más tarde, bajo un incesante aguacero, no se trata sólo de lograr el acceso a una vivienda digna. No es sólo no poder enmanciparse de la habitación paterna de San Blas y de Carabanchel, mientras intentas ahorrar al máximo, como Lucía y Claudia, de 22 y 23 años, porque con 1.400 euros de sueldo no alcanza. «¿Cómo voy a tener una casa? Es que es imposible», lamentan.
Tampoco se trata de que tu habitación, a pie de calle en Leganés, sea un antiguo salón reconvertido o que te pidan que las nóminas tripliquen el coste del piso, además de un anticipo de tres meses, o que ya sospeches que los hombres trajeados que revisaban el edificio con el administrador puedan pertenecer a un fondo buitre, como les ocurre a Alicia, Carmen, Claudia y Andrea, entre los 22-25 años, somnolientas tras una noche de duermevela en Sol. «Sabía que esto iba a ser algo grande, que podía cambiar las cosas», anima una de ellas. Tampoco se trata de sentirse «enormemente privilegiada» porque, aunque te suban el precio del alquiler cada año, «al menos la casera no tiene más de dos viviendas y es accesible, no es una agencia», como relata Dani.
Cómo se proyecta un futuro cuando casi no se puede ni agarrar el presente. «No sé si el próximo año voy a tener vivienda y el contrato tiene ciertas cláusulas que ni entendemos. Las condiciones y la situación de abuso no son algo a lo que esté acostumbrada de dónde vengo. De la noche a la mañana, nos pueden echar a la calle. Y la incertidumbre en mi caso es doble: si me echan, no sé tampoco si puedo volver a mi país», añade Maga, de 29 años, ecuatoriana con tres años ya de residencia en Madrid. «La vivienda es un derecho básico y se nos está arrebatando», afirma. Y no es lo único.
Joan (26), este lunes, acampado en Sol.ÁNGEL NAVARRETEEl apoyo a la acampada, ya «desbordado», según repiten desde la organización sindical y a juzgar por la imbricada masa de Quechuas que abarrota el kilómetro cero de la protesta, va más allá de que los acampados compartan historias de terror inmobiliario y precariedad cual libro de los salmos. Aquí está en juego la existencia propia. El hoy y el mañana. Maricarmen, la anciana desahuciada la pasada semana en Retiro, ha sido el punto de inflexión, el hasta aquí hemos llegado. «Decimos que 'Maricarmen somos todas', pero es que casi es así, estamos todos en una situación muy vulnerable», protesta Joan, de 26 años, aún en la vivienda de Malasaña que «por suerte» es propiedad de sus progenitores. «Todos estamos muchísimo más cerca de ser Maricarmen que de ser un rentista con 10 casas», abunda Dani. Ya es símbolo de una época, que porta ecos de aquel 15-M de hace 15 años y el maldito mantra colectivo: no hay futuro. Pero, he ahí la diferencia, hoy «con esperanza, con más fuerza que nunca».
Ya no sólo la de la juventud que está pernoctando sobre cartones y esterillas y que teletrabaja o aprovecha el tiempo leyendo, charlando entre las «insoportables campanas del reloj de Sol» o jugando al ajedrez. «Esto es desobediencia y rabia», describe Dani. Pero esta vez «organizada».
Los objetivos exigidos, cimbreantes en el alambre del Real Decreto en el Consejo de Ministros del martes, están formulados con bisturí. Reivindica. «Yo no quiero estar aquí, yo preferiría estar en mi cama, tranquila. Pero aquí estamos, construyendo el Madrid que nos gustaría que existiera. Si mañana no se aprueba el Real Decreto con lo que se debería aprobar, nos quedaremos hasta que se nos escuche». Les va la vida en ello. «Casi literal», confirma Joan.
«Yo no me puedo ni mudar, me es imposible», prosigue Joan, resuelto a permanecer en Sol «hasta que el cuerpo aguante». Relata: «Tengo amigos que su proyecto en común de pareja es con otras tres personas. Los sueldos no son suficientes, los alquileres son muy altos y, encima, lo poco que hay para comprar, que ya parece una utopía, lo usan para hacer Airbnb u hoteles». Y sin conocerse, con su refugio de poliuretano en el extremo opuesto de quien abrió esta narración emocionada, coincide de nuevo en los pronósticos: «Si no te puedes mudar, no puedes tener ni una casa ni un futuro, ¿cómo vas a pensar en darle un futuro a alguien, si no tienes siquiera para subsistir tú mismo?».
Un joven lee, este lunes, durante la acampada en Sol.ÁNGEL NAVARRETEEse punto muerto es el palpable error de cálculo de quienes desoyen o minusvaloran desde fuera esta ágora, valoran. ¿Era necesario semejante tour de force para que la clase política no eludiera la reivindicación? «El Gobierno de este país nos está dejando absolutamente huérfanos a todos, haciendo ricos a 13 personas y al resto, pues aquí estamos», señala con indignación Dani. El veredicto «es una vergüenza» se repite en los corrillos interrogados.
Una vez más, concurren en los juicios, aunque no les une vínculo personal alguno: «Ya había bastante sensación de que la política de este país no está haciendo nada por nosotros, por la ciudadanía», reflexiona Claudia. Y Joan reprocha con una puntería más severa hacia el Gobierno de Pedro Sánchez: «No es normal, sobre todo con un PSOE supuestamente de izquierdas, que no engaña ya a nadie, igual a cuatro ancianos. Pero no deberían obligarte a tener que hacer política de izquierda, deberías hacerla tú. Es más, no hay ningún político aquí dando la cara».
Más bien, es gente corriente la que se mueve entre las asambleas de bienvenida para los curiosos, entre los puestos de recogida de donaciones, ya con dimensiones de montonera, y entre las mesas de bocadillos y platos de fruta que preparan los voluntarios, devenidos en activistas inmobiliarios. «Esto no es un botellón, no es una fiesta», defienden desde Sol. Nada que celebrar. Por ahora.