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El mal de los «jarrones chinos» o el arte de ser un jubilado incómodo

El mal de los «jarrones chinos» o el arte de ser un jubilado incómodo
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El comentario de Rajoy sobre la falta «franceses» en la selección de Francia y el descubrimiento de las joyas ocultas de Zapatero ilustran, cada cual en su escala, la incapacidad de los expresidentes del Gobierno de batirse en retirada
El mal de los «jarrones chinos» o el arte de ser un jubilado incómodo

El comentario de Rajoy sobre la falta «franceses» en la selección de Francia y el descubrimiento de las joyas ocultas de Zapatero ilustran, cada cual en su escala, la incapacidad de los expresidentes del Gobierno de batirse en retirada

Regala esta noticia Añádenos en Google Los expresidentes Rajoy, Zapatero, Aznar y González en el acto de jura de la Constitución de la Princesa de Asturias en 2023. (Efe)

Paula De las Heras

Madrid

19/07/2026 a las 00:03h.

La política española sufre una dolencia crónica de la que nadie, por más que lo jure ante los altares de su partido, logra curarse del ... todo: la incapacidad de los expresidentes para pasar a la reserva sin torpedear a sus sucesores. Existe una paradoja universal que afecta a quien ha sido inquilino de la Moncloa. El mismo líder que exige lealtad ciega y silencio sepulcral a sus antecesores mientras gobierna, se transforma, al cruzar la puerta de salida, en un actor incómodo, un evaluador en la sombra o, directamente, en un artefacto incendiario.

Sin embargo, la política tiene pasillos secundarios muy traicioneros. Ha tenido que ser una incursión aparentemente inofensiva y lúdica —su faceta como articulista deportivo en El Debate con motivo del Mundial de Fútbol— la que ha terminado abriendo un boquete inesperado a Alberto Núñez Feijóo.

En plena ebullición del torneo, los controvertidos comentarios de Rajoy cuestionando la composición de la selección nacional de Francia al afirmar que jugaba «sin franceses» encendieron esta semana una aparatosa polémica. El Gobierno de Emmanuel Macron tachó el artículo de «racista e inaceptable». La habitual flema de Rajoy redobló la apuesta en su siguiente columna con un desafiante «ellos no piden perdón por nada».

Para Feijóo, el momento no ha podido ser más inoportuno. El líder del PP venía de encadenar una racha de tropiezos en incómodos charcos ideológicos: las polémicas declaraciones sobre el supuesto fraude en la ley de nietos, el resbaladizo compromiso de llevar al ámbito nacional la ley de protección del no nacido, sus controvertidos planteamientos sobre el control de las bajas laborales y los siempre espinosos encajes de los pactos autonómicos con Vox. Justo cuando Génova necesitaba calibrar el mensaje y templar las aguas, el «jarrón» de Rajoy se cayó de la estantería de la manera más insólita, regalándole munición a un Gobierno que respira aliviado al poder desviar el foco de sus propias y acuciantes causas de corrupción.

González y Aznar, dos censores implacables

El caso de Rajoy es un accidente costumbrista, pero sirve de umbral para analizar a los verdaderos profesionales de la interferencia, capaces de asestar dolorosos latigazos a sus herederos políticos. El primero en ponerle nombre al problema fue Felipe González, culpable de extender la ya mítica metáfora de los expresidentes como «jarrones chinos en apartamentos pequeños»: valiosos, pero un estorbo difícil de ubicar. Con los años, González ha dejado de ser un jarrón decorativo para convertirse en un martillo pilón contra José Luis Rodriguez Zapatero, primero, y contra Pedro Sánchez después.

Sus andanadas públicas no son sutiles; ha llegado a calificar la ley de amnistía como «un trágala» anticonstitucional y ha condenado los pactos de Sánchez con el independentismo catalán y vasco asegurando que el PSOE actual «ha perdido su centralidad institucional». Hace tres semanas incluso concluyó que, tras la sentencia contra el exministro y exsecretario de Organización, José Luis Ábalos, el jefe del Ejecutivo debería «dimitir o convocar elecciones». Cada intervención de González actúa como una enmienda a la totalidad que fractura emocionalmente a las bases históricas del partido.

En la otra acera, José María Aznar elevó la injerencia a la categoría de doctrina política, convirtiéndose en un tormento continuo para Rajoy durante sus dos mandatos. Desde los despachos de la fundación FAES, Aznar no ejercía de consejero, sino de censor implacable. Cuando el Gobierno de Rajoy decidió modular su política fiscal, Aznar respondió con comunicados demoledores que acusaban a su sucesor de «asfixiar a las clases medias».

Pero donde la brecha se hizo insalvable fue en la gestión de la crisis territorial del 'procés'. Aznar — que ha demostrado entender la expresidencia como una magistratura moral superior con derecho a veto— jamás perdonó a Rajoy lo que consideraba una «pasmosa inacción» y una falta de coraje político ante el desafío soberanista catalán. A través de manifiestos y conferencias, el expresidente fustigó al Ejecutivo del PP por no aplicar el artículo 155 mucho antes y con mayor contundencia, y acusó veladamente al presidente de «asistir a la lánguida disolución de España».

Zapatero: el destape del falso «contador de nubes»

Y luego está Zapatero. Su caso es la viva estampa de la metamorfosis del expresidente y de cómo la actividad privada puede mutar en una pesadilla para el Ejecutivo en ejercicio. Al salir de Moncloa en 2011, achicharrado por la gestión de la crisis económica, prometió solemnemente un retiro de perfil bajo, casi funcionarial, en el Consejo de Estado. Cumplió la primera fase, pero el veneno de la política es insaciable. Él, que en sus últimos días en el cargo había parafraseado a Ramón Gómez de la Serna con aquello de que «el mejor destino es el de supervisor de nubes», jamás se desentendió de las batallas intestinas del PSOE — desde la pugna entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón hasta las primarias de 2017 en las que Pedro Sánchez recuperó el poder— y, posteriormente, su hiperactividad internacional en el eje de Caracas trastocó la agenda exterior oficial de España.

Sin embargo, lo que comenzó como una incómoda diplomacia paralela ha acabado saltando por los aires en los tribunales. La imputación de Zapatero por parte de la Audiencia Nacional en la causa que investiga el rescate estatal a la aerolínea Plus Ultra —con sospechas de tráfico de influencias y organización criminal— ha quebrado el discurso de su legado impoluto.

La sacudida definitiva llegó de la mano de la UDEF durante el registro judicial de su despacho de expresidente. El hallazgo en una caja fuerte de un auténtico tesoro oculto—con más de cien piezas que incluyen diamantes, esmeraldas, rubíes y relojes de alta gama tasados por los peritos judiciales en 1,3 millones de euros— ha dejado a Sánchez sin capacidad de respuesta defensiva.

El hecho de que parte de ese botín estuviera guardado, paradójicamente, en bolsas con la inscripción oficial de 'Presidencia del Gobierno' ha añadido un tinte novelesco y demoledor al caso. Mientras el entorno del expresidente intenta justificar el hallazgo alegando «herencias familiares y regalos de viajes», la investigación por presunto fraude fiscal echa por tierra la mítica austeridad del exlíder leonés. El impacto para el Gobierno actual es devastador: justo cuando Moncloa intenta zafarse de la presión de sus propios escándalos, su expresidente de referencia se sienta ante el juez Santiago Pedraz, arrastrando las siglas del partido hacia el fango judicial.

Lo advirtió Carlos Fuentes en las páginas de 'La silla del águila' : «Hay que tener más imaginación para ser expresidente que para ser presidente. Porque fatalmente dejará detrás de sí un problema con nombre: el suyo». El artículo de Rajoy sobre los futbolistas franceses y los negocios de Zapatero ilustran, cada uno en su escala, que la ficción del autor mexicano describía una realidad inmutable.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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