«Los jóvenes asimilan que la vileza no se castiga, que ayuda a prosperar». 52 años después de estas palabras de Solschenizyn, los países que sufrimos dictaduras tenemos derivas fascistoides
Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustración. (Bea Crespo)Edurne Portela
23/08/2026 a las 00:03h.Hace unos días fuimos a un punto limpio para deshacernos de unas cajas de cartón de grandes dimensiones. La encargada del lugar nos advirtió de ... que los contenedores estaban muy llenos y nos pidió que intentáramos apilar los cartones en altura para no obstruir la entrada al receptáculo. El suelo del contenedor estaba mojado por la lluvia reciente y la mayoría de los cartones empapados, el aire cargado de un fuerte olor a papel viejo y mojado. Mientras daba saltitos para intentar encumbrar mis cartones en la pila, tropecé con una caja repleta de libros antiguos mojados y ya enmohecidos por humedades antiguas. Apenas podía ver los títulos pero una cubierta me llamó la atención: sobre un fondo que en su momento fue blanco, había dibujadas con tinta negra dos manos encadenadas; la derecha sujetaba una pluma con la que había escrito: Alexandr Solschenizyn y, debajo, Archipiélago Gulag. La pluma reposaba en el palito largo y descendiente de la G. Saqué el libro de la caja, lo sequé como pude con la mano, le quité una telaraña del canto. Lo abrí con delicadeza: era la primera edición española, publicada por Círculo de Lectores en 1974, en la que se incluyen las dos primeras partes de este trabajo monumental que denuncia los crímenes estalinistas desde la perspectiva del testigo.
'Archipiélago Gulag' es el testimonio escrito más completo sobre la represión estalinista y su sistema carcelario y concentracionario; también es un análisis profundo, que atraviesa tiempo y espacio, de nuestra condición humana, de circunstancias estructurales que hacen que la maldad prospere. En los dos primeros volúmenes Solschenizyn aborda la entrada a lo que él denomina 'Archipiélago Gulag', que es el conjunto de instituciones y lugares, funcionarios de todo nivel, cuerpos encarcelados, leyes, normas y prácticas represivas que engloban y se desarrollan en el aparato punitivo del estalinismo. La entrada a este mundo siniestro se produce a través del arresto, la tortura, y la primera estancia carcelaria, antes de ser enviado a lo que propiamente es el Gulag, el campo de concentración y «reeducación» en el que las y los detenidos pasan un mínimo de diez años, la mayoría de las veces por motivos nimios como meras sospechas de disidencia, delaciones interesadas o arbitrariedades del poder. En estas primeras páginas -más de quinientas- hay numerosos pasajes que parecen estar refiriéndose al presente.
Elijo uno que me ha llamado poderosamente la atención. Comienza Solschenizyn alabando a la Alemania de posguerra, donde se ha juzgado a casi noventa mil perpetradores nazis. Se maravilla porque algunos dirigentes, ante la magnitud de su delito, renuncian a una defensa horrorizados de sí mismos y sus crímenes, lo cual constituye, según el autor, un triunfo de la justicia como conciencia del bien y del mal. Cree que un país que, desde la mesa del juez, establece la verdad, la culpa y el castigo de los crímenes de un estado totalitario, «se depura de él». Solschenizyn, como muchos otros, sobredimensionó el papel de la justicia para acabar con el nazismo; hoy sabemos que muchos funcionarios nazis y hombres de partido no fueron depurados y siguieron en la política y las instituciones, que la semilla del nazismo quedó soterrada durante décadas. Lo sabemos porque hoy ha vuelto a brotar, como lo ha hecho la semilla del fascismo italiano o el español, revestidos con el ropaje del tardocapistalismo feroz y la tecnocracia. Pero el ruso no se equivocó en la idea de fondo que le impulsó a escribir esa valoración sobre Alemania, todo lo contrario. Reproduzco sus palabras: «Debemos condenar públicamente la idea misma de que unos hombres puedan castigar cruelmente a otros. Cuando callamos el mal, lo metemos en el cuerpo para que no asome: lo estamos sembrando, y mil veces volverá a brotar en el futuro. Si no castigamos y ni siquiera censuramos a los malvados (...) estamos socavando por debajo de las generaciones futuras todas las bases de la Justicia. Por eso crecen 'indiferentes', no por 'la débil labor educacional'».
Vivimos en una época en la que parte de la sociedad no solo se abstiene de condenar a quienes castigan cruelmente a otros -véanse, por poner un ejemplo, los llamamientos a cazar a las personas migrantes que llegaron a Ceuta exhaustas y aterrorizadas-, sino que esa parte aprueba con su voto, incluso con sus acciones violentas, esa crueldad. Es decir: no solo no callan el mal, sino que lo ratifican e institucionalizan. El mal se normaliza y, para algunos, se convierte en bien. Porque, como señala también Solschenizyn, el hombre «tiene que concebir el mal como un bien o como una acción lógica, con sentido». Según la idea fascista de nación y sociedad, condenar a la muerte segura a personas migrantes es un bien, como lo es no reconocer que la violencia machista existe o afirmar que la prioridad de la mujer es procrear.
«Los jóvenes», continuaba el ruso en el mismo pasaje, «asimilan que la vileza jamás se castiga en la tierra, que ayuda a prosperar. ¡Qué incómodo y qué terrible será vivir en un país así!». Cincuenta y dos años después de estas palabras de Solschenizyn me entristece constatar que todos los países que sufrimos dictaduras totalitarias tenemos hoy derivas fascistoides: parece que los únicos que aprendieron la lección fueron los que cruzaron el umbral de la crueldad y se hicieron fuertes en ella. Aquellos desaparecieron, pero dejaron la semilla que hoy germina.
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