Mucho antes de que Edward Said publicara en 1978 su obra clave 'Orientalismo', con un explicable énfasis en el imperio británico victoriano, existió una mirada española hacia la otra orilla mediterránea -africana- y sus vastos territorios interiores, continentales.
Antes de las alharacas ... de los viajes napoleónicos a Egipto y las cabalgadas británicas desde las desembocaduras de los grandes ríos (copia de la anterior estrategia portuguesa), hubo una frontera propia de la Edad Moderna: preindustrial, violenta, conectada, disforme y multilingüe. Said apuntó su existencia cuando definió un proceso cultural previo de larga duración, la «orientalización de lo oriental».
Se olvida con frecuencia que, de manera simultánea e inevitable, se configuró su opuesto, el «occidentalismo». Esa mirada igualmente patológica y asfixiante que definió en el imaginario global estereotipos hostiles de Europa y Estados Unidos, de España por supuesto, ahora bajo etiquetas «poscoloniales», «decoloniales» y demás eventos artísticos.
Esas que suponen que tenemos facturas coloniales por pagar; que en los imperios europeos nunca hubo colaboracionistas locales; que el Barroco y el mestizaje no significan nada; o que las fronteras carecieron de la posibilidad de generar pactos y mediaciones para reconducir guerras inacabables.
En este volumen, extraordinario, Daniel Hershenzon plantea, tras una investigación en muchos países e idiomas, una aproximación que recuerda que la historia ha sido, para bien y para mal, más complicada. Con una narrativa admirable, efectiva, atenta a mostrar al lector rostros, biografías e incertidumbres, la introducción avanza «estudios de caso».
En el contexto de la economía moral y política del Mediterráneo occidental, señala el autor con agudeza, todo está conectado
En 1608, las fuerzas navales genovesas tomaron cautiva a una niña argelina de trece años llamada Fátima y la vendieron como esclava en Livorno, en Italia. Su padre casi logró pagar el rescate, pero el barco que la traía de regreso a Argel se detuvo en Córcega. Allí fue obligada a convertirse al cristianismo y bautizada como Magdalena. El mismo año, piratas argelinos capturaron a Diego de Pacheco, hijo del marqués de Villena, y lo esclavizaron en Argel. Tras el fracaso de la negociación de su libertad, fue trasladado a Estambul y allí se convirtió al Islam. Al año siguiente, frailes trinitarios españoles especializados en la redención de cautivos estaban a punto de partir de Argel con un grupo de prisioneros cristianos, cuando el consejo de gobierno argelino cambió de opinión y los detuvo. Todos murieron en cautiverio.
En el contexto de la economía moral y política del Mediterráneo occidental, señala el autor con agudeza, todo está conectado. «Miedo a la esclavitud y odio a los piratas» es lo que viven y padecen los pobladores de los litorales y hasta del interior peninsular. Como consecuencia del cautiverio, entendido como drama personal y colectivo, la casuística sobrepasa la imaginación. Hay cautivos apresados en venganza para lograr la libertad de otros. Se comunican mucho con sus familias, que enloquecen de dolor por la ausencia y contactan, según los casos, con reyes y sultanes, instituciones religiosas dedicadas al rescate de cristianos, o con mercaderes norteafricanos que se lucran con el infortunio ajeno, a tanto la pieza.
En la cadena de valor, triste expresión en este contexto, cautiverio, esclavitud, contrabando, rescate y redención se entrelazan. Entre 1450 y 1850, al menos tres millones de personas, hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, perdieron la libertad en mar y tierra y fueron esclavizadas, en lo que es hoy Marruecos, Argel y Túnez o, en el sur de Europa, de Canarias a Cerdeña y Francia.
El volumen consta de siete capítulos. Los tres primeros se ocupan de los protagonistas: cautivos, frailes, mercaderes y gobernantes. Aparecen monarcas españoles, sultanes y gobernadores marroquíes y bajás argelinos. Junto a frailes católicos decididos a evitar que las almas de aquellos desgraciados cautivos se pierdan, aparecen pobres prisioneros conminados a escribir a sus familias para que cedan, paguen y encuentren al mediador eficaz que los libere.
Los tres capítulos siguientes tratan la producción y circulación de información, que sostenía la esfera y el negocio de la cautividad. Prisioneros instruidos escribían en lugar de los analfabetos. Hubo cartas que se enviaron a los lugares de origen de los cautivos fallecidos, para que las «viudas encadenadas» pudieran volver a casarse. O las familias llorar a sus muertos. Otras misivas promovieron la excomunión de quienes abjuraron de su fe o la canonización de los mártires. Y es que la vida, queda muy claro en estas páginas, a veces impresionantes, se pierde en un instante.
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