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El 'milagro Adolfo Suárez' 50 años después. Su lado íntimo, según su hermano Chema: "De la leche que me dio" a "lo guapo que era y lo poco que ligaba"

El 'milagro Adolfo Suárez' 50 años después. Su lado íntimo, según su hermano Chema: "De la leche que me dio" a "lo guapo que era y lo poco que ligaba"
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Chema es el pequeño de los Suárez. Relaciones públicas estrella de la noche madrileña en la Transición, afronta este viaje a Cebreros para describir a su hermano cincuenta años después de que lo nombraran presidente. El retrato lo completan amigos y ministros de Suárez, además de las tres biografías más relevantes del histórico líder de la UCD.

Una figura de Suárez escoltada por dos de sus hermanos. A la izquierda, Chema, protagonista de este reportaje. A la derecha, Ricardo, una fotocopia de Adolfo. Cristina Villarino.

Política 50 AÑOS DE SUÁREZ El 'milagro Adolfo Suárez' 50 años después. Su lado íntimo, según su hermano Chema: "De la leche que me dio" a "lo guapo que era y lo poco que ligaba"

Chema es el pequeño de los Suárez. Relaciones públicas estrella de la noche madrileña en la Transición, afronta este viaje a Cebreros para describir a su hermano cincuenta años después de que lo nombraran presidente.

El retrato lo completan amigos y ministros de Suárez, además de las tres biografías más relevantes del histórico líder de la UCD.

Publicada 28 junio 2026 03:43h Las claves

Las claves Generado con IA

El día que nombraron presidente del Gobierno a su hermano, estaba de resaca. Oyó por la tele, como en un rumor marino exhalado desde el fondo del mar: “Adolfo Suárez González”. Se cayó del sillón y se rompió el dedo.

El día que su hermano tenía que ganar unas elecciones convenció a Bárbara Rey, la mujer más exuberante de la nación, para que les dijera a los mirones del corpiño: “¡Vota UCD!”.

El día que Tejero secuestró a su hermano en el Congreso de los Diputados, estaba inaugurando un toples. ¡Pero cómo se inaugura un toples!

El día que a su hermano no quisieron darle la paz en misa porque los confabuladores lo habían convertido en un enemigo público, le dieron un puñetazo en el ojo.

El día que están a punto de cumplirse cincuenta años desde que Adolfo Suárez llegó a la presidencia del Gobierno, su hermano, este hermano de todas las aventuras, se monta aquí, en nuestro coche, para viajar a la casa natal de Cebreros y ayudarnos a hilvanar una biografía íntima.

Esta es la peripecia de Adolfo Suárez (1932-2014) contada desde la habitación de al lado, desde el fuego familiar, el recuerdo primitivo y la sencillez del que nada de la política le importa ni le importó demasiado.

–Es usted José María Suárez.

–Chema, Chema Suárez –sonríe, extiende la mano e inunda el asiento de ese carisma encantador que atribuían a Adolfo. Aquí, desde el primer minuto, Suárez es “Adolfo”. Para no confundir a los Suárez y porque para Chema siempre fue “Adolfo”.

–Y usted exactamente es…

–Un relaciones públicas de la noche que ahora vive de día porque es mayor y tiene un hígado trasplantado.

–Es verdad que usted le dijo a Adolfo que…

–Sí. Le dije: “Tú, ahora, eres el presidente de España, pero no olvides que yo llevo siendo ya un tiempo el presidente de la noche”.

Así que, desde este preciso instante, vamos a tener licencia para acompañar el reportaje de ciertas anécdotas nocturnas. Va a ser un reportaje, como se hubiera dicho entonces, algo licencioso.

A Cebreros se llega desde Madrid en una hora larga. A Cebreros, cuando Adolfo Suárez quería asaltar la capital pero iba y venía en moto para ver a una novia, se tardaba dos horas y media.

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Como nos pagan por escribir en un “periódico de centro liberal”, aportaremos una dosis de cierta seriedad a través de los testimonios de varios ministros de Adolfo Suárez a los que hemos visitado antes del viaje.

También anotaremos datos de las biografías escritas por Carlos Abella –canónica y totalmente a favor–, Gregorio Morán –controvertida y totalmente en contra– y Juan Francisco Fuentes –la más ecuánime–. Y, por supuesto, entresacaremos lo más valioso de los papeles de Eduardo Navarro y Fernando Ónega, sus dos escritores más frecuentes de discursos.

–A ti, Chema –rechaza el usted como si fuera una dictadura–, ¿cuál es el libro sobre tu hermano que más te gusta?

–Tirad por ahí, sí, sí, por ahí. Ahora saldremos a la autopista, es una gozada –nos ordena con las manos–. Dejo de leerlos todos en cuanto los empiezo porque siento que ninguno refleja el ser humano que fue mi hermano.

Suele pasar. Quizá le pase –esto no se lo decimos– cuando lea este reportaje, pero le prometemos –esto sí se lo decimos– que nos lo vamos a pasar de locos, como en una noche del destape, pero vestidos.

Chema Suárez, en el 600 que hay expuesto en el Museo Adolfo Suárez. Cristina Villarino

El misterio de Suárez

Es difícil, muy difícil, escribir sobre Adolfo Suárez, comentamos camino de Cebreros. Fue como una estrella fugaz. Muy luminosa al principio, disuelta de golpe, y sin apenas rastro documental detrás.

El extravío de la memoria –que comenzó casi veinte años antes de fallecer– es la metáfora del legado de Suárez. Casi no hay papeles, casi no hay cartas, casi no hay nada. Quizá un día aparezca algo, de pronto, en manos de un coleccionista, pero hemos preguntado a todos los que estuvieron y no hay nada que pueda desvelar su verdadera intimidad.

Suárez era la intuición formidable, el jugador de póker, el aventurero en el mejor sentido de la palabra. Se manejaba con árboles de conceptos, con esquemas, y cuando necesitaba ideas, se las pedía a quienes sabía que podían elaborarlas mucho mejor que él.

Quiso dejar unas memorias. Hizo dos intentos. El primero, con Eduardo Navarro, que llegó a preparar un esquema de la mano de Mariam, la hija de Suárez, que falleció antes de que pudieran ponerse manos a la obra.

El segundo, con el escritor J.J Armas Marcelo, que contó en este periódico sus reuniones con Suárez encaminadas a tal fin. Suárez se tensaba cuando aparecía el 23-F, cuando había que hablar del Rey, y se cerraba de un portazo. No hubo libro.

Los pocos papeles de Suárez, entremezclados con los de Navarro, los conocemos a través de la última biografía publicada, la de Juan Francisco Fuentes [editorial Taurus].

El álbum familiar de Adolfo Suárez presente en su museo en Cebreros. Cristina Villarino

Chema nos cuenta, mientras dejamos a un lado el pantano de San Juan, que Adolfo era también inaccesible para sus padres y sus hermanos. Era la paradoja más encantadora: “Un tipo simpatiquísimo, carismático, gran narrador de historias… que no hablaba jamás de su intimidad política”.

Aparcamos en Cebreros a pocos metros del “Museo Adolfo Suárez y la Transición”. Un lugar donde fotografías, carteles y periódicos explican a la perfección la vida política del primer presidente de la Democracia, pero donde tampoco hay rastro documental. El sitio perfecto –y allí peregrinan– para los colegios españoles. Para las universidades. Está toda la Transición explicada con medidísima ecuanimidad. Así se conducen también las dos mujeres que lo gobiernan: Cristina Recio y Cristina Blanco. En el pueblo, "las Cristinas".

Adolfo Suárez, ante la mirada de Juan Carlos I y Torcuato Fernández Miranda.

Necesitamos a Chema para abrir el sepulcro y encontrar a un resucitado. Y a los ministros, los amigos y sus escritores de discursos. Suárez sólo es posible como una historia contada alrededor del fuego; una suerte de tradición oral.

Queremos celebrar a Suárez porque en este periódico no somos necrófilos y consideramos mucho más importante el principio de Suárez que la muerte de Franco.

Al morir Franco, seguía la dictadura. Y al nacer Suárez… se disolvió. Fernando Ónega nos contó en su despacho, poco antes de morir, cómo Suárez desmontó en apenas un año las instituciones más importantes del franquismo. Otro libro fundamental, su “Puedo prometer y prometo” (Plaza & Janés). Se cumple medio siglo de aquel 3 de julio de 1976.

Aunque la casa natal está a cuatro calles del museo, vamos en coche. Marca un termómetro al sol los años que tenía Adolfo cuando Juan Carlos I –Torcuato Fernández-Miranda mediante– lo nombró aquel 3 de julio: 43.

Es una casa blanca. Una casa de pueblo de dos alturas. Una casa grande hoy propiedad del Ayuntamiento.

José María Suárez, a su llegada al Museo que homenajea a su hermano en el Cebreros natal. Cristina Villarino

En casa de los Suárez

“Esta era la casa de nuestra abuela materna. Tenían una fábrica de aguardiente y anís, de alcoholes. Les iba bien. Siempre nos ayudaron mucho. Mi abuela materna era tremenda, mandaba”, nos franquea Chema el paso al interior.

–Y tus padres, ¿cómo se conocieron?

–Mi padre era gallego. Vino aquí desde Galicia para trabajar como procurador.

–¿Cómo era tu madre?

–Mi madre era la jefa. Nos mantuvo siempre a todos unidos. Una bellísima persona. ¿Qué os voy a decir de mi madre? Ah, y una cocinera entrañable.

–¿Y tu padre?

–Uy, mi padre era tremendo. Muy sibarita, muy presumido. Con mucho don de gentes. Republicano, íntimo amigo de don Claudio Sánchez Albornoz. ¡Coño, has venido! –se gira Chema hacia su hermano Ricardo, que se ha pasado a saludar. Es un calco de Adolfo. Coincide en lo del padre y también dice “¡tremendo!”.

Aquí tenemos que visitar las biografías de Abella, Morán y Fuentes. Son bastante coincidentes. “Simpático, fantasioso, derrochador, experto jugador de cartas. Un buscavidas”, escribe Fuentes.

La familia Suárez González se había ido a vivir a Ávila, a la capital de la provincia. Eran los años de la república.

A la derecha, Adolfo. A la izquierda, Polo. En el día de su comunión. Cedida

La guerra de Polo

En la guerra, cuando los franquistas sublevaron Ávila, Hipólito Suárez, Polo, tuvo que tirar de imaginación. Se escondió; se fingió enfermo, según Gregorio Morán. Cuenta este libro que, cuando se lo iban a llevar para “pasearlo” –eufemismo andante de fusilar–, él se fingió muy, muy enfermo. Y coló.

Juan Francisco Fuentes asegura en su libro que el padre de los Suárez acabó detenido. Abella añade que le embargaron los bienes, lo que dejó a la familia en una situación delicada. Los sostenía la abuela con su fábrica de alcoholes. Hasta que intervino la familia del general Martínez Anido, de los sublevados, amigo de Polo.

Y lo dejaron en paz, y le desembargaron los bienes.

Adolfo, en esos momentos, era un niño de apenas cuatro años. Chema no había nacido; nacería en 1946.

Cuando Chema nos dice que su padre era “tremendo”, intuimos que se refiere a lo que aparece en las biografías: mujeriego, chanchullero en los negocios, “rojo”… Lo tenía todo para la Ávila de entonces.

Polo, por motivos que de ahí se desprenden, abandonó a la familia y se mudó a Madrid… “sin dar razón de su paradero”, según el biógrafo Juan Francisco Fuentes.

Los Suárez González eran cinco hermanos, por este orden: Adolfo, Polo, Menchu, Ricardo y Chema. Todavía viven Polo, Ricardo y Chema. Cómo se quieren. Basta con ver el beso que le da Chema a Ricardo al verlo.

–La relación entre tu padre y Adolfo no fue fácil.

–Discutían mucho. Tengo entendido que, cuando Adolfo se fue a estudiar a Salamanca, buscaba cierta separación.

Aunque Adolfo, en Salamanca, estudió Derecho por libre, viviendo casi todo el tiempo en Ávila.

El primer Adolfo

Vamos visitando esta casa de Cebreros, en la que vivieron muy pocos años, hasta que se fueron a Ávila. Un baño grande, las vigas en el techo, las escaleras de madera, los trofeos de Adolfo en una vitrina, el traje con el que lo bautizaron.

–¿Cuáles son los primeros recuerdos que tienes de Adolfo?

–La familia entera nos habíamos ido a Madrid. Adolfo vivía en una pensión. Lo estaba pasando mal. Lo supe muy pronto, cuando un día de Reyes me regaló una escopeta de madera que no me gustó. Me pareció horrible.

–¿Qué pasó?

–Al quejarme de la escopeta, mi madre me dijo que Adolfo había estado un tiempo sin fumar para poder pagarla. ¡Y fumaba muchísimo! Ducados, tabaco negro. Desde entonces, cuando me daban algunas pesetillas, las guardaba para él.

Este enfoque no es el más común cuando se aborda la vida de Adolfo Suárez y quizá sea el más importante. El del Aviraneta de Baroja, el hombre de acción que logra salir de un pueblo minúsculo y, peldaño a peldaño, treta a treta, seducción tras seducción, consigue ser el primer presidente de la Democracia.

La vida de Suárez es un milagro. Un intruso en la corte del poder. El Aladín que engaña a la Guardia Real para acabar viviendo en Palacio. La política, en Suárez, mucho antes que poder fue supervivencia. El trabajo que más le gustaba y el que mejor sabía hacer. El empleo con el que daría trabajo a sus dos hermanos pequeños, los que no tuvieron carrera. Luego hablaremos de eso.

Adolfo Suárez, de chaval, paseando feliz con su madre, a la que veneró toda la vida. Cedida

La pobreza de Suárez

Estamos en el Madrid de finales de los cincuenta. Suárez ha llegado –vuelta a las biografías– para reconciliarse con su padre. Para Suárez, la familia es la institución política más importante.

Lo consigue. Hasta montan un despacho juntos. Polo, el padre, no tiene título y no puede firmar clientes. Trabajan de la mano y Adolfo los firma todos. Hasta que el hijo descubre al padre, otra vez, en un chanchullo.

Se monta una bronca, una escena pública. La recogen Morán, Abella y Fuentes. Suárez calla con elegancia, pero rompe.

Y no sólo eso. En los momentos anteriores al despacho con su padre y en algunos posteriores, Adolfo se las apaña como puede porque, además, el negocio de la abuela empieza a ir mal.

Suárez, con sus padres en Madrid, en los días de aquella pasajera reconciliación. Cedida

Trabaja a ratos como maletero en la estación de Príncipe Pío. Le pide los calcetines prestados a un compañero de colegio mayor, donde comparte una habitación pese a haber transcurrido años desde que terminó la carrera. Lo leemos en los papeles de Eduardo Navarro, que publicó Aguilar y que dirigía aquel colegio mayor de nombre... Francisco Franco.

Son muy parecidos padre e hijo en el talante encantador, pero muy divergentes en el código moral.

La rectitud

“Mi hermano era muy recto, ¡rectísimo! No pasaba una”, nos dice Chema.

Tan recto que, según sus tres biógrafos, Suárez quiso entrar en un seminario, pero no lo hizo, entre otras cosas, “por miedo a que la economía familiar naufragara” y por su vocación de seductor.

Del padre tiene Adolfo, al principio, un deje republicano. Siendo muy chaval, dice a sus amigos: “Algún día seré presidente de la Tercera República”. Chema conoce la anécdota, pero matiza: “Eso le decía mi abuelo paterno, que vivía en Galicia, en una carta a Adolfo”.

Las dos cosas parecen ciertas. Hubo carta y hubo confesión. Lo del seminario Chema no lo había oído en la vida, aunque sí reitera la contundente religiosidad de su hermano: “Misa y comunión diaria”. Había presidido en Ávila a los jóvenes católicos y había organizado charlas sobre las relaciones antes del matrimonio.

Adolfo se reinventa, se va buscando la vida. Se acuerda de Fernando Herrero Tejedor, alto cargo del Movimiento para el que ha trabajado como secretario en Ávila. Engancha un cargo, luego otro, luego otro, luego todos esos a la vez, va escalando.

Son cargos que no escribimos aquí porque la mayoría ya no existe y porque cada uno de ellos tiene un nombre de tres o cuatro líneas. La burocracia de las dictaduras.

–Tenía mucha intuición, ¿no?

–Sí. Él sabía detectar dónde estaba el poder; sabía moverse muy bien.

Lo hace sin currículum, sin idiomas, sin formación más allá de sus discretos aprobados en Derecho.

Chema Suárez, en la puerta de la casa natal. Cristina Villarino

¿Era inteligente Suárez?

Se lo hemos preguntado a Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, uno de sus ministros más ácidos, antes de venir: “Todo depende de cómo definamos la inteligencia. Zubiri decía que la inteligencia es el sentido de la realidad. Suárez tenía un sentido muy, muy exacto de la realidad política. En ese sentido, era muy inteligente. Pero luego le hacías un planteamiento filosófico-político y… O no te escuchaba o lo hacía suyo y lo utilizaba en una entrevista”.

Entonces, ¡era un genio!

González-Ruano también defendía esos caracteres como inteligentes. Lo hizo con el ejemplo de Kubala. Alguien capaz de ver en el campo lo que nadie más puede ver tiene que ser inteligente a la fuerza.

José Luis Leal, vicepresidente económico, nos dice que no olvida el día que entró al despacho de Suárez, en Moncloa, y lo encontró devorando un manual de Introducción a la Economía. Le dijo: “Presidente, no pierdas tiempo en eso. Si tienes dudas, pregúntanos”.

Fernando Ónega nos lo razonó así poco antes de morir: “El nivel intelectual de Suárez era lo de menos porque tenía una intuición formidable y una gran capacidad para escuchar. Era una esponja. Sabía a quién tenía que escuchar y aprendía. Luego, con lo que le daban, separaba el grano de la paja. Por cierto, el rey Juan Carlos también es así, ¿eh?”.

El arribista

El talante encantador es lo que le va ayudando en su ascenso. La mujer de un líder de UCD –prefiere no revelar su nombre– nos cuenta: “Es que no os podéis hacer a la idea. Te abrazaba, te escuchaba y te sentías la persona más importante del mundo. Es muy difícil de explicar el magnetismo que desprendía”.

Díaz-Ambrona lo ilustra con la dimisión del profesor Fuentes Quintana del Consejo de Ministros.

–¿Qué pasó?

–Fuentes Quintana llevaba mucho tiempo queriendo dimitir. Entonces, llamaba a Suárez y siempre le convencía para que no lo hiciera.

–¿Y?

–Un día, le trasladó la dimisión y se escondió fuera de Madrid para que no pudiera localizarlo. Estaba aterrado. Sabía que lo convencería si lo encontraba.

Otro ministro nos dice: “Daba la mano que era impresionante. Dar la mano es un arte. Nadie ha dado la mano en España como Adolfo Suárez”.

No era un santo. Hoy es un santo laico, claro, pero no era un santo. Sus maniobras de acercamiento y asalto al poder eran las de un talentosísimo arribista. Que a Laureano López Rodó le gustaba pescar, allá que lo llevaba a pescar.

Que Camilo Alonso Vega –ministro de la Gobernación de Franco– veraneaba en la Dehesa de la Villa, allá que se iba Suárez, ¡vecinos!, a veranear.

Que los gerifaltes del régimen celebran los 18 de julio en Segovia, allá que se alquila Suárez un chalé para convidar a los que mandan a la salida del acto.

Que al presidente Carrero-Blanco le gustan los chismes, allá que se va Suárez a contarle todos los chismes del mundo.

Torcuato Fernández-Miranda escribirá en su diario: “Adiviné en su mirada una codicia desmesurada de poder”. Chema nos dice que nunca vio nada así. Nosotros sí lo vemos en retrospectiva, pero lo fascinante es cómo alguien con esa codicia de poder acaba renunciando al poder de manera voluntaria porque es lo mejor para su país.

Suárez aprendió la Democracia practicando el deporte de la Democracia y acabó siendo su mejor defensor. Nadie como él podía ilustrar el desprendimiento del poder en beneficio de un país. Y lo hizo.

Suárez, en sus mejores momentos, los del magnetismo 1977-1978. Efe

Los complejos

La primacía del encanto por encima de todas las cosas acompleja a Suárez. Es un hombre muy celoso del “qué dirán”. Esto nos lo confirman varios ministros y el propio Chema: “Cuando alguien hablaba de él y él se daba cuenta, estaba muy incómodo”.

Chema va repasando con las yemas de los dedos las paredes, las ventanas, las vigas, la barandilla de la escalera.

Pesaba en Adolfo la conciencia de que todos aquellos de los que se rodeó en el poder –otro signo de inteligencia– eran más cultos y leídos que él. No se libró jamás de ese complejo de inferioridad. Le dolió muchísimo la ironía de Calvo-Sotelo al llegar a Moncloa para sucederle. Dijo: "No hay ningún libro".

–De su magnetismo sí era consciente, ¿no?

–Mucho –dice Chema ya de camino a un restaurante, El Castrejón, donde poder hablar más tranquilos… y con un ventilador sobre las cabezas–. En Ávila, en las primeras elecciones que se presentó, las de procurador, las mujeres lo votaban por guapo.

–¿Se lo decías?

–Claro que se lo decía. Y él me decía, cuando yo ya estaba en la noche… Joder, con lo feo que eres, ¿cómo es posible que ligues tanto? Y yo le respondía… ¿Y tú? Con lo guapo que eres y lo poco mal que se te da ligar.

El guapo

A Suárez lo votan en Ávila –procuradores a Cortes– por guapo y porque, desde su puesto de director de la tele, convierte a la provincia en la más importante de España. Incluso decide que se vayan allí de vacaciones “Los Martínez”, protagonistas de la serie de moda. Otra de sus jugadas.

Adolfo Suárez es, desde el inicio, tan presumido como religioso. Carmen Díez de Rivera le dará después ese toque kennediano del que no se desprenderá jamás. La corbata impecable, el traje impecable, el pelo impecable. Cierta dosis de aparente cosmopolitismo para un hombre llegado de la provincia. La facilidad para tratar con la oposición en el exilio. Está contado con detalle en la biografía de Díez de Rivera –la única autorizada– que escribió Ana Romero.

Se ha enamorado de Amparo Illana, una chica de Ávila, hija de militar, de un militar que trabaja también como tesorero de la Asociación de la Prensa.

Eduardo Navarro cuenta en sus papeles una anécdota que describe a Suárez. Piscina del colegio mayor. Chicos y chicas en bañador. Suárez liga con el pivón de los pivones. Y el pivón de los pivones quiere cruzar de la mano con él al infierno.

Suárez la frena. Sí, la frena. Por sus convicciones religiosas. Eduardo Navarro y otros creen que está totalmente loco.

Con el paso del tiempo, por decirlo con una frase de la biografía de Abella y por respetar la intimidad, que es el componente más valioso del derecho a la propiedad privada, Suárez irá aprendiendo a compaginar su fe con sus correrías sentimentales. No sin dificultad.

Fernando Ónega nos subió la apuesta. Un día, en un acto electoral, una señora se acercó a Adolfo Suárez y lo agarró literalmente por las pelotas. Estuvo sobándolas un rato. Adolfo quedó paralizado. De pronto, la señora dijo: “Quería comprobar su tamaño”. Y se marchó.

¿Algún vicio?

–Algún vicio tendría tu hermano, Chema.

–Qué va. Es que ni la comida. Pedía siempre café y una tortillita francesa. No había manera. Siempre le insistía para que comiera más. Pues nunca. Sólo cedía a veces si había cocinado mi madre, pero no creáis que mucho. Hombre, tenía el vicio de fumar. Solo ese. ¿Puede que las cartas?

Nos cuentan algunos ministros una anécdota. Fue Suárez a Francia siendo presidente para reunirse con Giscard d’Estaing. Giscard miraba a Suárez por encima del hombro y le indignaba que no fuera a verle el Rey. El presidente de la República no entendía lo de la monarquía parlamentaria.

Eran tiempos muy difíciles porque Francia no quería colaborar con España en la lucha contra ETA. Al parecer, Giscard no salió a recibir a Suárez; lo esperó dentro de palacio. A Suárez le pareció una humillación a España. Así que, sentados ante el mantel, con la cena de gala enfrente, Suárez hizo un gesto al camarero y pidió… una tortilla francesa.

Un momento de la entrevista con Chema Suárez. Cristina Villarino

El seminario y el Opus

Este punto de la biografía de Suárez, el de las mujeres y el amor, tiene que ver con la religión. Nos adentramos, con permiso de Chema, que es un liberal, en uno de los misterios no del todo resueltos: ¿fue Adolfo Suárez del Opus Dei? Se lo preguntamos a Chema, que fue del Opus Night.

–¿Fue supernumerario?

–No lo sé. Tuvo acercamientos, pero no lo sé.

Durante buena parte de la escalada de Adolfo Suárez al poder, el Opus juega un papel de soberana influencia en las estructuras del régimen. Los famosos tecnócratas. Véase López-Rodo –ministro de la Presidencia–, Ullastres –ministro de Comercio– o López-Bravo –ministro de Exteriores–.

En los años en que Suárez asciende en Madrid, ser del Opus o acercarse a la Obra es una manera de acelerar. Un requisito a veces imprescindible. Suárez comienza a frecuentar retiros y a procurar a los numerarios y supernumerarios todas las prebendas que puede.

Hay algunas cartas publicadas entre Francisco Anson –numerario hermano de Luis María– y el propio Suárez –director de Televisión Española– donde se puede testar cómo Adolfo estaba colgado de esa telaraña. ¡Hasta llevó a su padre a un retiro del Opus! ¡A su padre!

–Pero, ¿se habían reconciliado, Chema?

–Sí, sí. Se arreglaron, si no recuerdo mal, a raíz de la pedida de mano de Amparo, a la que mi padre asistió. También vino a la boda. Luego ya, con intermitencias, la relación se mantuvo siempre. Mis padres lo visitaban alguna vez en Moncloa. Y mi padre, cuando estuvo muy enfermo, pasó algunos días en Moncloa.

Fernando Ónega y los ministros que hemos entrevistado nos han dicho que los escarceos de Suárez con el Opus fueron intensísimos en los años sesenta y primeros de los setenta, pero que algo pasó y desaparecieron cuando llegó al poder. “No sé hasta dónde llegó el magreo, pero yo ya no vi nada”, nos dijo gráficamente Ónega.

El rastro más concreto lo aporta Juan Francisco Fuentes. Son palabras del propio Suárez en una entrevista con una revista internacional, año 1976: habla de su pertenencia al Opus en pasado –es decir, lo confirma–, a la que define como "una organización piadosa y nada más".

Su religiosidad no desapareció jamás. Siendo Felipe González presidente, Suárez le pidió que rezara por su mujer y su hija ya enfermas. La esposa de Suárez, Amparo, fue también muy religiosa.

Suárez y González, en una reunión. Efe

¿Falangista?

La religión entonces era una parte de la ideología. Vamos con la otra. ¿Fue Suárez un falangista? Apenas existe una fotografía suya con la camisa azul. Es del día de su juramento como vicesecretario general del Movimiento.

Eduardo Navarro, falangista puro, uno de los hombres que mejor conoció a Suárez, dibuja en sus papeles a un Adolfo que se acerca a la Falange por conveniencia; con mucho menos convencimiento personal que al Opus.

Cuenta Navarro algunos detalles reveladores. Por ejemplo, cómo eliminó del membrete de sus sobres oficiales la palabra “Movimiento”. Ponía: “Ministro secretario general”. A secas.

Hubo un día, en una manifestación contra ETA, en que los altos cargos presentes entonaron el Cara al Sol. Suárez no quiso hacerlo pese a los codazos que le daban.

–¿Tú qué piensas, Chema?

–Nunca fue un falangista, jamás tuve esa sensación. Lo que pasa es que detectaba el poder y se acercaba, pero no participaba en esas cosas de chaval. Su mundo, digamos, era otro.

A Herrero Tejedor, su maestro, siendo Herrero ministro secretario general del Movimiento y Adolfo vicesecretario, le decía en el despacho –Eduardo Navarro lo vio alguna vez–: “¡Quítate esas flechas, hombre!”.

En Fernando Herrero, según el libro de Morán, confluían como en casi ninguno el Opus y la Falange de manera natural. Eran dos ámbitos contrapuestos, pero Herrero desempeñaba el papel como si Escrivá de Balaguer y José Antonio hubieran sido el uno para el otro.

Suárez aprendió esa compatibilidad, que granjeaba acceso a los dos poderes: los que venían de la guerra y la vieja Falange; y los del nacionalcatolicismo posterior de Franco y el Opus.

Fernando Herrero Tejedor murió en accidente de tráfico el 12 de junio de 1975. Suárez se quedó sin padrino. Muchos dieron ahí por fenecida su carrera política. Pero se reinventó una vez más e intensificó sus visitas a Torcuato Fernández-Miranda. Acertó.

Suárez, en una de las pocas imágenes en las que se le puede ver junto a Franco.

Televisión Española

Pero detengámonos en su etapa al frente de Televisión Española (1969-1973). Antes ha sido gobernador civil de Segovia, su primer gran cargo político, y se ha hecho famoso desescombrando tras el accidente de Los Ángeles de San Rafael, donde han muerto casi sesenta personas. “Allí desenterró vivo a Julio César Fernández, el mítico periodista deportivo”, apunta Chema.

Suárez vive preso de lo que podríamos llamar la penitencia del agradecimiento. Y la tele es un lugar desde el que se pueden pagar y cobrar muchos favores.

Adolfo comprende el medio muy rápido. Prevé la influencia que tiene y la que va a tener. Se hace muy amigo del príncipe Juan Carlos, que ya es oficialmente el sucesor de Franco. Lo convierte en una estrella de la tele.

Suárez y Juan Carlos, en los años del régimen. Efe

De esta fase Chema nos puede contar muchas cosas porque fue su secretario personal. Adolfo enchufó a Chema, su hermano pequeño, el que no pudo tener carrera, pero no era lo de ahora. Menudo enchufe. ¡Lo mató a trabajar!

–¿Cómo fue?

–Terminé la mili y no tenía trabajo. Me dijo… te vienes conmigo de secretario. Me apuntó a unos cursos. De pronto me vi frente a un montón de teléfonos que sonaban todos a la vez. Luego acabé haciendo unas oposiciones para técnico de programación –cuenta ya alrededor de una Coca-Cola, previo paso a una comida nada frugal, opuesta a su hermano Adolfo.

–¿Qué tal Adolfo de jefe?

–¡Tremendo! Primero me mandó a hacer crónicas a los pueblos todos los días a las seis de la mañana. Después, me puso a hacer censura.

–¿Cómo se hacía censura?

–Pues veía películas con un cura al lado. Me preguntaba el cura… ¿eso qué te parece? A mí todo me parecía bien. El cura gritaba: “¡No, por Dios!”.

–¿Hubo encontronazos por esa rectitud?

–Para que os deis cuenta: cuando Adolfo hablaba, yo me ponía de pie. Le tenía un respeto enorme.

–¿Qué pasó cuando el Consejo de Guerra de Burgos?

–Empezó a sonar el teléfono una y otra vez. “Quiero hablar con el director”. Yo preguntaba quién era y entendía… “Palacios Pardo”. Joder con el señor “Palacios Pardo”, no dejaba de llamar. No le pasé la llamada.

–Vaya lío.

–Me llama mi hermano al despacho. Entro y me pega una leche.

–¿Cómo que te pega una leche?

–Pues eso, un tortazo. Directamente, sin mediar palabra. Resulta que “el señor Palacios Pardo” era el Palacio del Pardo y querían organizar las cámaras para lo del Consejo de Burgos.

–¿Qué hiciste?

–Le pregunté: “Este tortazo, ¿me lo has pegado como jefe o como hermano? Porque si es como hermano me voy a cagar en tu padre”. Me dijo: “Como jefe”. Me callé y aprendí la lección. Me estuvo bien empleado. Ah, y me castigó seis meses sin sueldo.

–¡Seis meses sin sueldo!

–Y a mi hermano Ricardo, al que también contrató, le cayó lo mismo por no llevar corbata un día que había que llevarla.

–Era muy exigente.

–Sí, pero sobre todo consigo mismo. Se mataba a trabajar. Desde la mañana hasta muy tarde por la noche. ¿Sabéis lo que nos dijo a mi hermano y a mí cuando nos contrató?

–Cuenta.

–“Si hacéis algo que me suponga un problema en el futuro, vais a la cárcel. ¿Estamos?”. Luego me miró y añadió: “Y tú más años, que estás en las cosas de la noche”.

Chema Suárez posa antes de la entrevista. Cristina Villarino

Chema y Ricardo nunca le dan problemas, pero un día hay un susto. Chema es el relaciones públicas del No-Do. Como no tienen mucho presupuesto, negocia con los países sudamericanos para viajar allí a grabar reportajes. A cambio, Chema y unos cuantos compañeros se pegan unos viajes… ¿de la leche?

A uno de los regresos, está Suárez, Adolfo, esperando a Chema en el aeropuerto. Lo coge por las solapas.

–Has vendido armas. Joder, ¡has estado vendiendo armas en México!

–Pero qué dices, hombre, qué voy a estar yo vendiendo armas. Si el único fusil que he visto en mi vida ha sido en la mili.

–Júrame que no has estado vendiendo armas.

–¡Que no!

Nosotros, ahora, cincuenta años después, intuimos en esta rectitud el miedo a que con sus hermanos le pasara lo mismo que con su padre. Y que un resbalón ajeno pudiera costarle la carrera política propia, que ya volaba alto.

Eduardo Navarro cuenta en sus papeles que Suárez se atrevía en la tele a hacerle correcciones a Franco durante la grabación de sus discursos anuales y que le sugería que repitiese algunas tomas. “Franco le sonreía a Adolfo. Franco no sonreía a nadie, pero a Adolfo sí".

El Suárez director de TVE es Suárez en estado puro. El cuadro de Franco colgado en el despacho, las lisonjas a Franco... al mismo tiempo que impide la emisión de Raza –guion escrito por Franco– y veta que se televise la boda de la nieta de Franco con Alfonso de Borbón, por si ello pudiese poner en riesgo la llegada al trono de Juan Carlos.

Suárez, en sus tiempos al frente de TVE. Efe

La muerte de Franco

Cuando muere el dictador, Chema ya compagina su trabajo en Televisión Española con el de gran relaciones públicas de la noche. Empieza el destape. Hay una anécdota que les hace mucha gracia a Suárez y a Eduardo Navarro. Este la recoge en sus papeles.

Una mujer con permiso para hacer un estriptis. Primeros años de la Transición. Solo tiene autorización para enseñar un pecho. El público, enardecido, grita: “¡El otro! ¡El otro! ¡El otro!”. Y la pobre mujer, desesperada, contesta: “¡Pero si es igual!”.

Paralelamente, son años difíciles para Suárez. El asesinato de Carrero Blanco primero y la muerte en accidente de Herrero Tejedor después –sus dos mejores padrinos políticos– lo acaban expulsando de las quinielas para ser ministro. Afronta momentos psicológicos duros. ¿Todo ha sido para nada? Se despacha así con sus amigos: "No me nombran ministro porque no he ido al colegio del Pilar y no vivo en Puerta de Hierro".

No será ministro–¡en el fondo, la suerte estuvo de su lado!– hasta el primer gobierno de la monarquía, con Arias Navarro de presidente.

Pero el jefe del Estado ya no es Franco, sino su amigo Juan Carlos.

Ah, y Suárez ya se había mudado... a Puerta de Hierro.

Suárez, presidente

Llega el sábado 3 de julio de 1976. Adolfo Suárez González, presidente. En contra de todos los pronósticos. No aparece en ninguna de las quinielas periodísticas. El nombramiento no genera entusiasmo. No lo quieren en el régimen porque es un parvenu. No lo quiere, desde luego, la oposición porque es un hombre del Movimiento. Lo caricaturizan como Adolf… Suárez.

Lo mejor que tiene Suárez, analiza el historiador Raymond Carr, es esa desideologización que hemos mencionado antes. Una flexibilidad superior a la de Nadia Comaneci. Es un político sin programa. Ese programa se lo van a dar el Rey y, fundamentalmente, Torcuato Fernández-Miranda. Cuando Suárez lance su propio programa, que es una versión más ambiciosa y liberal que la que se le ha dado, la confianza con Zarzuela comenzará a resquebrajarse. Lo detalla Juan Francisco Fuentes.

Tales son las dificultades que Suárez casi no puede formar gobierno. Lo consigue in extremis con la ayuda de su amigo Alfonso Ossorio.

Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, nos cuenta que, al aceptar el encargo, preguntó: “¿Quién más va a estar?”. Suárez le dijo: “Son tus amigos, no los míos”.

Chema está en un salón, desplomado en un sofá. Resaca de las duras. Acaba de llegar de una sobremesa muy larga, de dos noches seguidas sin dormir. Escucha en la tele el anuncio: "Adolfo Suárez, presidente". Se cae del sofá. Se parte un dedo.

–¿Te rompiste el dedo?

–Sí. Me fui corriendo al hospital. Al ver los apellidos, me decían: “Tú eres hermano del presidente”. Y yo respondía… yo soy un tipo que tiene un dedo roto, que me está doliendo mucho, ¡por dios, suéldenmelo!

Chema Suárez duerme tres horas diarias y se va a su puesto en Televisión Española. Después, siestecita al mediodía, vuelta a la tele y luego la noche. Aquel 3 de julio de 1976 era sábado.

Chema está, como siempre, en Cerebro, la discoteca de moda. Le llaman desde la puerta: “¡Oye, algo pasa! Muchos coches, muchos escoltas”. Aparecen Adolfo Suárez y el que va a ser a la larga su gran vicepresidente, Fernando Abril Martorell.

Quieren tomar una copa. Se la toman. La pagan.

–Fue un detalle contigo. Él sabía que tú trabajabas ahí y que eso te iba a ayudar. Te daba influencia.

–Es que así era mi hermano. Imagínate si fue un detalle: como os decía, a mi hermano no le gustaba nada salir de copas por la noche. Y allá que se fue.

La Transición

Ha empezado el desmontaje del régimen. Desde dentro, con un hombre que subió todos los peldaños del régimen para ser presidente… de una Democracia. Nos explica Manuel Vicent, cronista parlamentario de aquellos años: “La sensación de libertad era inmensa. Suárez y la UCD no prohibían nada porque tenían miedo a que les llamaran franquistas. Entonces, era una especie de España ácrata”.

La Transición, apunta Javier Cercas, como un juego de traidores. Suárez traicionando al Movimiento y Carrillo traicionando la revolución.

Suárez y Carrillo siempre mantuvieron una gran relación personal. Carrillo iba a verlo cuando estaba enfermo. Efe

Para testar el efecto que produjo Suárez en el franquismo, nos fuimos a ver al último ministro con vida del régimen. Fernando Suárez nos atendió en su casa en enero de 2024. Murió en abril del mismo año.

Reproducimos el fragmento clave de la conversación.

–Es muy cruel en sus memorias, si me permite el adjetivo, con sus compañeros de régimen que luego integraron la UCD: “No consigo superar mi desprecio hacia esos personajes a los que vi adular a Franco de forma increíble y mendigar ascensos. Ahora dicen sin rubor que España sale de la larga y triste vicisitud de la dictadura. Eso lo pueden decir lícitamente quienes vienen del exilio, del silencio o de Carabanchel, pero no quienes jamás levantaron la voz”.

–Claro. Así es.

–Traicionarse a sí mismos, en aquella España, ¿no era también un gesto de valentía? Asumían un gran riesgo, por ejemplo, legalizando el Partido Comunista. Si no llega ser por la UCD, no le estoy haciendo yo a usted esta entrevista con total libertad.

–Mi punto de vista sobre Adolfo Suárez es de admiración hasta las elecciones de 1977. Después ya no. Era el único político capaz de hacer lo que hizo. Ninguno de los demás habríamos sido capaces. Él era flexible, tenía los principios lo suficientemente flexibles como para saltar de ministro secretario del Movimiento a la plena Democracia. Lo hizo muy bien. A partir de las elecciones, creyó que el éxito de la reforma era suyo, y no de Torcuato. Para demostrar lo difícil que había sido, puso de relieve “las opresiones del régimen”. Oiga, eso en Adolfo Suárez resultaba insólito. Cuando dijo esa frase de “la larga noche de la dictadura”, me di cuenta de que no era la persona que yo respetaba.

–Bueno, tenía razón Suárez con esa frase, ¿no?

–¿Qué es tener razón?

–Aquello era un hecho. España salía de la larga noche.

–¿Y quién lo dice? ¿Adolfo Suárez, que formaba parte de la secretaría general del Movimiento?

–Esa flexibilidad que usted le critica hizo posible la Transición.

–La Transición la hizo posible la cabeza prodigiosa de Fernández-Miranda. Adolfo fue la persona utilizada como única capaz de adaptarse y obedecer. Hasta que decidió independizarse. Pero son dos fases totalmente distintas. Lo de la “larga noche de la dictadura” lo podía haber dicho cuando era ministro secretario, pero no lo dijo jamás.

Los gobiernos de Suárez son muy densos como para resumirlos en este reportaje. “La conquista de la libertad” sería una frase pomposa que podríamos emplear para hacerlo. Ley para la Reforma Política, Ley de Amnistía, legalización del PCE, primeras elecciones democráticas, la Constitución. Todo eso, pero por encima de todo: la convivencia.

Suárez, de campaña electoral, en sus días de oro. Efe

El destape de UCD

Chema, ahora al otro lado de la mesa, ayudó mucho a su hermano desde el mundo de la noche. Contribuyó a hacer de la UCD algo sexy. Se inventó una suerte de campañas paralelas a las campañas oficiales. Volvemos al destape.

Le vemos esa facilidad a Chema en su trato con la gente que se nos acerca en Cebreros, en cómo saluda, en cómo les pasa el brazo por encima, en cómo les cuenta una historia, en cómo les invita a tomar algo. Es un encanto natural, sin impostar, eficaz, cariñoso.

Gracias a su mediación, y de manera gratuita, artistas, escritores, vedettes, actores… recorren Madrid pidiendo el voto para Adolfo Suárez.

–¿Cómo fue?

–Convencí a Bárbara Rey. La miraba todo el mundo. Cuando uno se acercaba y decía… ¡pero si es Bárbara Rey! Cogíamos y le poníamos en las manos una papeleta de UCD.

–El reformismo era lo menos atractivo. Lo necesitaba.

–Sí. Mi hermano fue consciente. Era un hombre agradecido. Le hice una lista con todos los que habían participado y les envió una carta personal a cada uno de ellos.

–Al fin en Moncloa.

–No sabes qué bronca. Una de las primeras veces que fui, vi la piscina. Le dije: “Oye, Adolfo, un día voy a venir aquí con unas chicas a hacer una fiesta”. ¡Cómo se puso!

Chema, a la derecha de Bárbara Rey, en un acto de la UCD. Cedida

La ¿Unión? del Centro

Adolfo Suárez ha conseguido con su magnetismo unir en torno al centro y el reformismo a todas las familias que necesita para ganar dos elecciones generales en ese momento: liberales, democristianos, socialdemócratas, altos funcionarios del Estado…

Pero Suárez no sabe dirigir un partido. No le presta demasiada atención. Es un hombre criado en el partido único. Nos dice Ignacio Camuñas, su primer portavoz: “Adolfo habría sido un gran presidente de la República. Elegido por sufragio universal, pero sin partido y sin tener que ir al Parlamento”.

El Congreso no es la tele y a Suárez le da miedo. Se siente inseguro. El complejo de inferioridad. Utiliza a Rafael Arias-Salgado para que le cubra. Eso enerva a la oposición y a los suyos, que nunca tolerarán que les dirija un chaval de provincias sin demasiada cultura.

Empiezan a conspirar. Al mismo tiempo, el desencanto se incrementa por los asesinatos de ETA, las amenazas golpistas del Ejército, el odio del poder económico hacia Suárez. ¡Qué ha pasado! ¡Quién quiere ahora a este presidente! No lleva ni cinco años en el poder. Hasta el Rey comienza a darle la espalda.

Ónega nos contó la historia del “puedo prometer y prometo”: “Se lo escribí después de que me dijera… Sólo tengo una preocupación. Que la gente me crea”.

Miguel Doménech, íntimo de Suárez y cuñado de Leopoldo Calvo-Sotelo, nos dice que, cuando el presidente se cruzaba con sus dos ministros más conspiradores –Fernández Ordoñez y Joaquín Garrigues–, les decía: “Qué, ¿cuántas veces me habéis traicionado hoy?”. Y los abrazaba con su magnetismo.

Arias-Salgado, su ministro de la Presidencia, nos desvela que la CEOE llegó a pagar campañas de prensa y remuneró a columnistas para que hundieran la imagen de Suárez. Su testimonio coincide con el de Luis María Anson, que en una entrevista nos confiesa la conspiración civil contra Suárez de la que formó parte.

Reuniones de militares, periodistas y empresarios donde se apuesta por un golpe blando que coloque un gobierno de concentración al frente formado por UCD, PSOE, PCE… El engaño de Armada.

La caída y el puñetazo

Chema percibe en carne propia, en la noche, la caída progresiva de Suárez. Un día, un tipo se presenta y sin mediar palabra le pega un puñetazo en el ojo. Llega la carne, el segundo plato. El chuletón de Ávila, le llaman a Suárez. Le hace gracia.

–¿Tuviste muchas de esas?

–Otro día, estando en la discoteca, se presenta otro preguntando por “el hermano de Suárez”. Yo había aprendido la lección con el puñetazo. Le dije que no estaba. Le invité a una copa y le convencí de que Suárez era un tipo muy simpático.

–Eran días duros, lo querías mucho.

–Yo intentaba separar al presidente de mi hermano. Entendía que la gente tenía derecho a criticar muy duro al presidente, pero cuando se metían con mi hermano… Con lo personal, con mis padres, con su mujer. Ahí saltaba. Me tuvieron que agarrar más de una vez.

Chema, en los días posteriores al puñetazo. Cedida

Llegamos a las 19:40 del 29 de enero de 1981. Suárez anuncia su dimisión por sorpresa: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la Historia de España”. Le duelen muchísimo los dientes. Hace unas semanas, un hombre le ha retirado la paz en misa. Será una de las últimas cosas que olvide, nos dicen sus asesores.

Le preguntamos a Arias-Salgado por la verdadera causa de la dimisión, que todavía hoy es un misterio: “Le influyó la conciencia de su desgaste. Primero vino la división en UCD, luego la presión de su familia y, por último, la pérdida de la confianza del Rey”.

A esto se sumaba lo que ya hemos contado antes: ETA, los militares, la CEOE…

–¿Cómo te enteraste, Chema?

–Os lo decía… Mi hermano no contaba nada jamás. Tampoco contaría después, ya retirado de la política. Nunca se relajó en ese sentido. Me enteré por la tele. Igual que mi padre y mis hermanos.

–¿Fuisteis a Moncloa?

–Sí. Creo que esa misma noche, o quizá al día siguiente. Nos dijo: “Me voy, yo ya he cumplido”. Esa mirada suya, tan inundada de tristeza, durante el discurso en la tele… La tengo todavía dentro del corazón.

¿Una pistola?

La biografía que publicó Carlos Abella –director de relaciones informativas de Moncloa con Calvo-Sotelo– tiene más de quinientas páginas. El pasaje que más disgustos le ha costado es de apenas una.

Se refiere al 22 de enero de 1981, siete días antes de la dimisión. Abella cita un “rumor” publicado entonces por un periodista. Aquel día, en la Zarzuela, además del Rey, están con Suárez algunos militares descontentos. Uno de ellos pone encima de la mesa una pistola para amedrentarlo.

Suárez siempre desmintió esta anécdota. Abella la recoge porque asegura que un ministro del Gobierno le confirmó que era cierta, ya que un amigo suyo lo presenció por error al entrar antes de tiempo en la habitación de Zarzuela para ser recibido por el Rey.

Ninguno de los ministros ni asesores entrevistados nos confirma que esto ocurriera.

El 23-F

Llegamos así al 23-F, el día del golpe. Sesión de investidura del sucesor de Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo. Suárez es, junto a su colega de gobierno el general Gutiérrez-Mellado, uno de los protagonistas de la jornada por su valentía. No quiere echarse al suelo pese a las amenazas de los militares.

El hombre que dispara la ráfaga de metralla al techo nos contó hace unos años: “Si hubiera querido darle a alguien, habría apuntado a Suárez”. Ese es el clima. Un golpe a la democracia y un golpe contra Suárez.

Chema está en un avión volando a Barcelona. Se entera en pleno vuelo de que han secuestrado a su hermano en el Congreso. Llama a Aurelio Delgado, su cuñado, asesor del presidente. Le dice: “Quédate ahí, no puedes hacer nada viniendo a Madrid”.

Lo que pasa es que el plan de Chema es inaugurar un toples en una discoteca durante un acto organizado por Interviú.

–Menudo 23-F.

–Joder, imagínate las fotos al día siguiente. Mi hermano secuestrado en el Congreso y yo rodeado de todas aquellas mujeres.

Suárez y Gutiérrez Mellado, en pie, enfrentándose a los militares. Efe

Suárez lanza el CDS muy poco después de su dimisión. Nos cuenta su amigo Miguel Doménech que unos estrategas le proponen utilizar su valentía el 23-F como argumento electoral. Los despacha con cajas destempladas. Siempre le incomodará hablar de aquello.

La aventura de Suárez termina mal. El CDS llega a tener 19 diputados en 1986, pero de nada sirven frente a la mayoría absoluta de Felipe González. Suárez tiene en el CDS el partido controlado que no tuvo en la UCD, pero su utopía de regresar a Moncloa se diluye pronto.

Sufre. Le confiesa a Calvo-Sotelo: “No sé qué voy a hacer. A mí nada me basta si no es la política”.

Es palpable la culpabilidad que sienten hoy Felipe González o Alfonso Guerra por lo duros que fueron con Suárez, al que llegaron a acusar de querer algo distinto a una Democracia. Lo han reconocido, aunque sea entre líneas, en público. Le ofrecieron ayuda en las enfermedades de su mujer y su hija, también en la suya.

El final y la memoria

La enfermedad de Suárez se diagnosticó, según contó la familia, en 2003 y se hizo pública en mayo de 2005. Su rehabilitación pública comenzó en 1996, cuando se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias.

Suárez, en la ceremonia de su Príncipe de Asturias. Efe

Amigos y colaboradores nos dicen que, no obstante, la enfermedad hizo estragos mucho antes, apareciendo síntomas a principios de los noventa. Su mujer, Amparo, murió en 2001. Su hija Mariam falleció en 2004, ya con Suárez desmemoriado.

Esos dos episodios arrasaron a Adolfo Suárez, que siempre sintió culpa por haber dedicado poco tiempo a la familia en sus años políticos. Nos dijo Ónega: “Un día, durante una manifestación contra ETA, ya de expresidente, ingresaron a Amparo. Él no estaba en casa. Jamás se lo perdonó”.

Con Amparo enferma, compraron una casa en Mallorca, el sueño de Amparo. Calvo-Sotelo le contó a Abella que se emocionaba al verlos juntos: “Adolfo no la soltaba de la mano ni un momento. Estaba todo el tiempo a su lado, diciéndole con o sin gente delante que la quería mucho”.

–¿Os dijo algo a los hermanos en esos últimos años?

–A qué os referís.

–A las cosas que le pesaban y a las que le enorgullecían.

–No. Además, es una pena que ya hubiera perdido la memoria cuando se le santificó. Hoy, España lo considera un líder formidable, el hombre que trajo la libertad. A grandes rasgos, no hay discusión. Ojalá hubiera podido ver ese proceso…

A algunos amigos de los que hemos entrevistado, Suárez les dijo: “No me gustaría que me quisieran por lo mal que lo estoy pasando, sino por lo que hicimos juntos”.

Adolfo Suárez González tiene mucho que ver con lo que un periodista americano, Tom Wicker, escribió sobre Kennedy: “Le queríamos no solo por lo que él era, sino por lo que nosotros creíamos que era. Y no sólo le queríamos por lo que creíamos que era, sino por lo que él nos hizo creer a nosotros que éramos. Y no sólo le queríamos por lo que nosotros creíamos que éramos, sino por lo que ya sabemos que no conseguiremos ser nunca”.

La desmemoria de Suárez fue una tragedia estrictamente personal, pero si nos olvidamos de su obra política, la tragedia se tornará colectiva. Esta es la historia de un hombre que ambicionó el poder por encima de todas las cosas y que, en su ejercicio, descubrió la importancia de la libertad suprema, de la libertad colectiva; del peligro de ejercer el cargo sin límites, tal y como lo había deseado. Como los mejores conversos, nadie defendió la libertad como él. En la dimisión, en pie el 23-F.

El día del funeral de Adolfo Suárez, su hermano Chema empezó a encontrarse mal. Nevaba. A su regreso a Madrid, lo ingresaron. Cáncer de hígado, trasplante urgente.

Ahora se monta en el coche para hacer el mismo trayecto. Con los ojos igual de humedecidos, como un vidrio a punto de estallar. Y con un recuerdo que se le asoma por todos los adoquines que pisa. El de aquel hombre magnético, su hermano mayor, que le abrazaba y le decía: “Qué, Chema, ¿cómo va la noche?”.

Pues sí. Ya es de noche.

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