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El "mueble de salón" canónico en la España de los 80 y los 90 está muerto. Eso dice más de nosotros de lo que aparenta

El "mueble de salón" canónico en la España de los 80 y los 90 está muerto. Eso dice más de nosotros de lo que aparenta
Artículo Completo 814 palabras
Hay un objeto que desapareció de los hogares españoles en cosa de una generación o dos, sin que casi nadie se diera cuenta: el mueble de salón. No hablo de una base para la tele sino de esa arquitectura de madera maciza que ocupaba una pared entera, con sus vitrinas, baldas, cajones, hueco para la tele y, en los modelos más ambiciosos, hasta minibar integrado, lo único de la casa de mi infancia que me parecía un lujo. Durante décadas ese mueble fue el centro neurálgico del hogar. Alojaba libros, la tele, la minicadena (otro vestigio de otra época), recuerdos familiares y las medallas de judo del niño. Hoy es una reliquia que ningún millennial compra y que la Generación Z ni siquiera reconoce. La explicación obvia es práctica: los televisores crecieron mucho más rápido que los huecos que estos muebles les reservaban. Se hizo imposible meter una pantalla de 42 o 55 pulgadas donde apenas cabían 21. Los pisos se encogieron mientras los precios se disparaban, y dedicar cuatro metros cuadrados a un monolito de cerezo ya no tenía sentido. Además, las mudanzas se multiplicaron porque la precariedad laboral obliga a cambiar de ciudad más que antaño, y nadie quiere cargar con un mueble que necesita un camión y tres rocosos. Pero eso no explica por qué nadie los echa de menos. En Xataka Hay una generación trabajando gratis como documentalista de su propia vida: no son influencers pero actúan como si lo fueran Lo que murió con el mueble de salón fue algo más profundo: la idea de que el hogar debía exhibir quiénes éramos. Esos mostrencos eran, además de vitrinas funcionales, un escaparate: la vajilla buena que solo se usaba en Navidad, la colección de figuritas de porcelana, los motivos religiosos si la familia era creyente, los tomos encuadernados de enciclopedias que nadie leía pero que hacían saber a las visitas que en esta casa se valora la cultura. La estantería con los VHS cuidadosamente ordenados, las copas de cristal, las fotos enmarcadas. Todo estaba ahí para ser visto por quienes venían a vernos, para decir: "Esta es nuestra familia, este es nuestro estatus, esto es lo que valoramos, esto es quiénes somos". Eso hoy es, como mucho, un mueble de melanina con unos funkos y la Switch. Imagen cedida por un conocido. En este caso, una TV de 55" abarca más de lo que el fabricante del mueble tenía prevista y no hay espacio para más. En esta conviven la tradición del mueble y los juegos de té con la modernidad de las consolas, la esterilla de yoga o los souvenirs definitivamente distintos a los de antaño, como el torii japonés o la máscara mexicana. Dónde quedó la cerámica con 'Recuerdo de Torrelavega'. Hoy exhibimos en Instagram, o en nuestra foto de perfil y los estados de WhatsApp, pero no en el salón. La identidad ya no se construye mediante objetos físicos dispuestos en una vitrina, sino mediante imágenes seleccionadas en una pantalla. Ya no hace falta demostrar ante las visitas que tienes buen gusto (las visitas, de hecho, son cada vez más raras) porque tus followers ya lo han visto en las stories. Lo otro es cosa de nuestros padres y suegros. El mueble de salón era un gesto de permanencia y estabilidad: comprábamos uno que sabíamos que sería para toda la vida, lo heredábamos incluso. Ahora vivimos en la flexibilidad forzosa, en pisos de alquiler con contratos anuales, en Ikea como religión y en el imperativo de viajar ligero. No es solo que no quepa. Es que su lógica misma (lo sólido, lo definitivo, lo expositor) pertenece a un tiempo que ya no existe. El hueco donde antes estaba el mueble ahora lo ocupa una televisión gigante montada en la pared, una estantería minimalista de Amazon o, directamente, la nada. Y esa ausencia no es casual. Es el síntoma de una cultura que dejó de creer en la idea del hogar como museo personal y empezó a concebirlo como plató provisional de una vida que sucede, sobre todo, en otra parte. En las pantallas. En Xataka | Las 17 fotos que te explican los 90 como si los hubieras vivido Imagen destacada | Xataka - La noticia El "mueble de salón" canónico en la España de los 80 y los 90 está muerto. Eso dice más de nosotros de lo que aparenta fue publicada originalmente en Xataka por Javier Lacort .
El "mueble de salón" canónico en la España de los 80 y los 90 está muerto. Eso dice más de nosotros de lo que aparenta

El mueble de salón murió cuando dejamos de exhibir identidad en vitrinas y empezamos a hacerlo en Instagram

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Javier Lacort

Editor Senior - Tech

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Hay un objeto que desapareció de los hogares españoles en cosa de una generación o dos, sin que casi nadie se diera cuenta: el mueble de salón. No hablo de una base para la tele sino de esa arquitectura de madera maciza que ocupaba una pared entera, con sus vitrinas, baldas, cajones, hueco para la tele y, en los modelos más ambiciosos, hasta minibar integrado, lo único de la casa de mi infancia que me parecía un lujo.

Durante décadas ese mueble fue el centro neurálgico del hogar. Alojaba libros, la tele, la minicadena (otro vestigio de otra época), recuerdos familiares y las medallas de judo del niño. Hoy es una reliquia que ningún millennial compra y que la Generación Z ni siquiera reconoce.

La explicación obvia es práctica: los televisores crecieron mucho más rápido que los huecos que estos muebles les reservaban. Se hizo imposible meter una pantalla de 42 o 55 pulgadas donde apenas cabían 21. Los pisos se encogieron mientras los precios se disparaban, y dedicar cuatro metros cuadrados a un monolito de cerezo ya no tenía sentido.

Además, las mudanzas se multiplicaron porque la precariedad laboral obliga a cambiar de ciudad más que antaño, y nadie quiere cargar con un mueble que necesita un camión y tres rocosos. Pero eso no explica por qué nadie los echa de menos.

En XatakaHay una generación trabajando gratis como documentalista de su propia vida: no son influencers pero actúan como si lo fueran

Lo que murió con el mueble de salón fue algo más profundo: la idea de que el hogar debía exhibir quiénes éramos. Esos mostrencos eran, además de vitrinas funcionales, un escaparate: la vajilla buena que solo se usaba en Navidad, la colección de figuritas de porcelana, los motivos religiosos si la familia era creyente, los tomos encuadernados de enciclopedias que nadie leía pero que hacían saber a las visitas que en esta casa se valora la cultura.

La estantería con los VHS cuidadosamente ordenados, las copas de cristal, las fotos enmarcadas. Todo estaba ahí para ser visto por quienes venían a vernos, para decir: "Esta es nuestra familia, este es nuestro estatus, esto es lo que valoramos, esto es quiénes somos". Eso hoy es, como mucho, un mueble de melanina con unos funkos y la Switch.

Imagen cedida por un conocido. En este caso, una TV de 55" abarca más de lo que el fabricante del mueble tenía prevista y no hay espacio para más. En esta conviven la tradición del mueble y los juegos de té con la modernidad de las consolas, la esterilla de yoga o los souvenirs definitivamente distintos a los de antaño, como el torii japonés o la máscara mexicana. Dónde quedó la cerámica con 'Recuerdo de Torrelavega'.

Hoy exhibimos en Instagram, o en nuestra foto de perfil y los estados de WhatsApp, pero no en el salón. La identidad ya no se construye mediante objetos físicos dispuestos en una vitrina, sino mediante imágenes seleccionadas en una pantalla. Ya no hace falta demostrar ante las visitas que tienes buen gusto (las visitas, de hecho, son cada vez más raras) porque tus followers ya lo han visto en las stories. Lo otro es cosa de nuestros padres y suegros.

El mueble de salón era un gesto de permanencia y estabilidad: comprábamos uno que sabíamos que sería para toda la vida, lo heredábamos incluso.

Ahora vivimos en la flexibilidad forzosa, en pisos de alquiler con contratos anuales, en Ikea como religión y en el imperativo de viajar ligero. No es solo que no quepa. Es que su lógica misma (lo sólido, lo definitivo, lo expositor) pertenece a un tiempo que ya no existe.

El hueco donde antes estaba el mueble ahora lo ocupa una televisión gigante montada en la pared, una estantería minimalista de Amazon o, directamente, la nada. Y esa ausencia no es casual. Es el síntoma de una cultura que dejó de creer en la idea del hogar como museo personal y empezó a concebirlo como plató provisional de una vida que sucede, sobre todo, en otra parte. En las pantallas.

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