La búsqueda de la singularidad y las técnicas de marketing de las marcas deportivas han acabado por generar una nueva uniformidad
Regala esta noticia Añádenos en Google El rosa triunfa también en la selección española. (Efe)Pío García
Enviado especial
18/06/2026 a las 00:12h.Mussa Al-Tamari, el número diez de Jordania, saltó este miércoles al Bay Area Stadium de San Francisco con unas botas negras. Resultó casi extravagante. ... Rodeado de rivales y compañeros calzados de rosa, parecía un futbolista anacrónico, como escapado de algún cromo de los años ochenta. Mussa Al-Tamari, jugador del Rennes, es la figura de la selección jordana, que disputa su primer Mundial, y uno de los pocos jugadores que ha escapado a la dictadura del colorín.
Las razones de esta implacable monocromía hay que buscarlas al menos dos años atrás. Es entonces cuando las empresas de calzado deportivo otean el horizonte e inventan qué va a estar de moda en el verano de 2026. Por alguna razón o tal vez por casualidad, todas ellas (Adidas, Nike, Schleckers, Puma, New Balance) coincidieron en apuntar al rosa como el color del Mundial. A partir de esa idea seminal, surgieron todas las variaciones. Puede incluso haber algo más que una simple técnica de marketing. El diario 'The Athletic' recogía unas declaraciones de un ejecutivo de Nike, Odinga Nimako, en las que señalaba que tanto los deportistas como los consumidores reclamaban colores muy brillantes porque sentían que así ganaban «confianza». «Ese fue nuestro punto de partida», decía. También la televisión influye: el contraste de las botas rosas con el verde del césped se clava furiosamente en la retina del espectador.
Los jugadores tienen a su disposición otros colores, la mayoría también refulgentes (ahí están las zapatillas fosforito de Ferrán), pero cuando un gusto se impone resulta difícil sustraerse a la moda y andar por libre. «Los deportistas escogen aquellos diseños que les ayudan mejor a expresarse. Los futbolistas han amado esta colección desde el primer momento», sentencia Thomas Mace, vicepresidente de Adidas en las páginas del diario italiano La Repubblica.
Así que todos con botines rosas. ¿Todos? No; siempre hay casos excepcionales. A Messi, Adidas le ha hecho un calzado especial al que han llamado «último tango», con los colores de la bandera albiceleste. A Ronaldo, Nike le ha fabricado unas botas que parecen bañadas en oro. Y, aunque no llegue a su nivel, al delantero estadounidense Christian Pulisic, el ídolo de la afición local, Puma le ha diseñado un modelo blanco, lleno de patrióticas estrellas azules.
Para los demás, y de un modo paradójico, la búsqueda de la singularidad y las técnicas de marketing han conducido en este Mundial a una severa uniformidad. El rosa se ha convertido en el nuevo negro. No sabemos qué pensaría de este giro copernicano el primer futbolista que un día se atrevió a ponerse un calzado diferente. Fue Alan Ball, industrioso centrocampista del Everton y campeón del mundo con Inglaterra en 1966. Ball, que además era pelirrojo y corto de estatura, lució un par de botas blancas en la Charity Shield de 1970. La idea surgió de la marca alemana (hoy danesa) Hummel, que quería introducirse en Inglaterra y buscaba un golpe de impacto. A Ball le pareció bien, aunque, como no había de su talla, tuvieron que pintárselas a mano. Durante décadas casi nadie le siguió, pero su imagen quedó para siempre unida a esas zapatillas blancas, que luego continuó utilizando.
Ball murió en el año 2007 de un infarto. Si hoy viviese, tal vez pensara que el jugador más original de este Mundial, el más arriesgado y rompedor, no es ninguno de las decenas de futbolistas que calzan de rosa, de amarillo o de otros colores fosforescentes, sino Mussa Al-Tamari, número diez de Jordania, que, indiferente a las modas y haciendo gala de una fuerte personalidad, sigue fiel al negro.
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