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'El muro de la ignorancia'

'El muro de la ignorancia'
Artículo Completo 540 palabras

Mi hermosa lavandería

'El muro de la ignorancia' Regala esta noticia Añádenos en Google

Isabel Coixet

22/05/2026 a las 12:13h.

Akanokabe –traducido al español como El muro de la ignorancia–, publicado en 2003 por Takeshi Yoro, con más de seis millones de ejemplares ... vendidos, se convirtió en el quinto libro más leído de la historia de Japón. Que un anatomista jubilado, nacido en Kamakura en 1937, antiguo profesor de la Universidad de Tokio y presidente de la Asociación de Insectos de Kamakura, sea quien escriba ese fenómeno editorial dice ya algo sobre la singularidad del personaje.

La tesis del libro es engañosamente simple. Damos por sentado que entendemos el mundo –lo que vemos, lo que oímos, lo que la experiencia nos ha enseñado–, pero detrás de esa confianza se levanta un muro invisible hecho de prejuicios, sesgos inconscientes y límites cognitivos que filtran sin que lo notemos lo que nos llega. Ese muro no separa al ignorante del sabio, sino a cada uno de los demás y, sobre todo, a cada uno de sí mismo.

Solemos conversar para reforzar nuestras suposiciones, escuchando al otro mientras se le evalúa, no mientras se le entiende. Yoro ve en ello el origen de casi todos los conflictos

Yoro lo llama baka no kabe, 'el muro del idiota o del necio', y lo describe como un mecanismo cerebral antes que como un defecto moral: nuestro cerebro está literalmente programado para descartar la información que lo incomoda, para confirmar lo que ya cree, para tomar por verdad lo que solo es costumbre.

De esa idea central se desprende una crítica que en 2003 sonaba menos urgente que hoy: el diálogo, sostiene Yoro, no garantiza comprensión.

A menudo conversamos solo para reforzar nuestras propias suposiciones, escuchando al otro mientras se le evalúa, no mientras se le entiende.

Yoro ve en esa dinámica el origen silencioso de los conflictos personales, educativos y políticos, y dirige su mirada con especial dureza a las sociedades contemporáneas obsesionadas con el individuo, donde cada cual ha levantado su muro como si fuera identidad, y donde el rechazo a cuestionar lo propio se confunde con autenticidad.

Su trasfondo neurocientífico le permite hablar del cerebro sin solemnidad –es un órgano, dice, no un altar– y sus páginas alternan la observación clínica con un escepticismo amable, casi socarrón, hacia la modernidad japonesa y sus certezas.

Lo más interesante, quizá, es que Yoro no ofrece consuelo. No promete que derribar el muro nos haga más sabios ni más felices; sugiere apenas que reconocerlo es la única forma de mirar con cierta lucidez, de dudar de las propias evidencias, de aceptar que la realidad casi siempre es más extraña que la idea que nos hemos hecho de ella.

En un tiempo saturado de información y famélico de comprensión, su ensayo –escrito hace más de veinte años en el otro extremo del mundo– ha encontrado en su reciente traducción al español (editada por Taurus) una segunda vida, como si hablara directamente

al ruido insoportable del ahora mismo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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