El padre Federico, en el centro, y un voluntario, junto a familias cristianas liberadas de la esclavitud en Pakistán Cedida
Reportajes El padre Federico, el cura que libera a esclavos en Pakistán: "Raptan a cristianas y las violan; para ellos es como ir a La Meca"El misionero ha rescatado, en cinco viajes al país, a más de 180 esclavos cristianos, que fueron privados de libertad para pagar sus deudas.
Denuncia malos tratos sistemáticos, como que a los niños se les niega la educación y se les cuelga de los pies durante horas como castigo.
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Rafa Martí Publicada 15 marzo 2026 02:00hHay pocos arranques de películas que queden tan grabados en la retina como el de 'La Misión' de Roland Joffé, estrenada en 1986: un misionero crucificado y alanceado cae como un San Pedro en suspensión por una cascada en un lugar de la selva amazónica.
La escena, que pone los pelos de punta, es también la mejor de la película para el padre Federico Highton (Buenos Aires, 1980). Se encuentra, a principios de marzo, en una recóndita zona rural del norte de Pakistán y acaba de liberar a 23 esclavos cristianos de sus amos musulmanes.
El sacerdote, que luce una larga perilla y una sotana de un negro desgastado que recuerda a los misioneros jesuitas del siglo XVI, tiene cara de haber dormido poco y está despeinado. Pero se muestra exultante y enérgico: no todos los días se salvan 23 almas –al menos en la Tierra– y uno vive para verlo. Tiene algo de personaje épico.
El padre Federico Highton en su último viaje a Pakistán.
En el refugio en el que se encuentra, del cual no puede revelar la ubicación, muestra a este periódico con la cámara de su teléfono a quienes hasta hace unas horas estaban sometidos a trabajos forzados y torturas en un campo de esclavos destinado a la fabricación de ladrillos.
Estos siervos del siglo XXI no llevan grilletes ni muestran la espalda llena de cicatrices. Pero su mirada perdida es la misma que la de todas las víctimas de la ignominia humana, desde los barcos negreros a Auschwitz: la de rostros cuya dignidad han intentado anular por medio de los peores tormentos.
Son mujeres vestidas con coloridos kameez y dupatta tradicionales, niños desnutridos –aunque ríen y saludan a la cámara desde su recién estrenada libertad– y algún anciano de aspecto frágil.
En su caso, el padre Federico no ha tenido que pagar un rescate, como suele hacer, sino que ha logrado recogerlos y ponerlos a salvo tras una peligrosa huida. "Es un milagro", dice.
Algunos de los últimos 23 esclavos cristianos liberados por el padre Federico en Pakistán. Cedida
Esclavos modernos
No hay que retroceder al Argel cervantino de 1575 para encontrar a esclavos cristianos y a clérigos como los mercedarios y trinitarios que viajaban a las mazmorras para liberarlos. En pleno 2026, en los lugares más innombrables del mundo, hay esclavos por causa de su fe y sacerdotes como el padre Federico que consagran su vida a su rescate.
En Pakistán, centenares de miles de cristianos viven atrapados en trabajos forzados en hornos de ladrillos conocidos como 'brick kilns', explotaciones agrícolas y minas de carbón, dentro de la escandalosa cifra de más de un millón de personas en situación de servidumbre por deudas, según ONGs y organismos internacionales.
En un país oficialmente islámico y con discriminación incluso institucional, los cristianos "se llevan la peor parte", dice el padre. Por poner un ejemplo extremo de esta terrible realidad, habla de mujeres cristianas raptadas y violadas.
"En algunos lugares del país, creen que si secuestran a una cristiana y la violan les cuenta como la conversión de un infiel. Para ellos es como ir a La Meca", dice el misionero de la Orden de San Elías, que entre los más de 180 cristianos que ha rescatado desde que viajó a Pakistán por primera vez en 2024, cuenta a varias mujeres en esta situación.
Esclavos cristianos frente a un hornillo de ladrillos en una zona rural de Pakistán. Cedida
Entre estos 180 se encuentran también los 23 miembros de cuatro familias que el sacerdote, junto a su equipo, acaba de liberar. Lo ha hecho sin necesidad de pagar un rescate que, normalmente, asciende a 1.500 dólares por unidad familiar.
"Habían contraído deudas para poder comer. Como el resto, entran en un sistema de usura del cual es imposible salir, y pagaban su deuda con trabajo esclavo", explica el padre Federico.
El misionero detalla también en qué condiciones vivían: "No descansaban ni un solo día a la semana. A los niños se les negaba la educación y, para castigarlos, los colgaban de los pies durante tres y cuatro horas boca abajo. Tampoco podían abandonar el campo de esclavos, excepto para ir al médico si estaban muy enfermos".
Fue precisamente una de estas visitas al médico la que abrió una ventana de oportunidad para que se produjera el "milagro" del que habla el sacerdote.
'Negro Willy', el narcoterrorista ecuatoriano liberado en España mientras Trump destroza a su banda con fuerzas especiales"Fui a visitarlos y uno de ellos estaba muy mal. De hecho, había otro esclavo muy enfermo que no era cristiano y lo bauticé con una botella de agua. El enfermo en cuestión logró el permiso para ir al médico, y con él pudieron acompañarlo otros 12", relata.
Mientras un segundo "lote" de 10 esclavos esperaba, el primero logró ponerse en contacto con Joseph, uno de los colaboradores locales del padre Federico. Tras concretar una ubicación, los rescatistas se encontraron, no obstante, con una banda de hombres armados. "Por suerte nos dejaron ir", dice el misionero.
"Hacia las 2 de la madrugada volvieron a contactar a Joseph y a mí me dijeron que no fuera, porque era 'muy peligroso para un blanco'", prosigue.
Más tarde, el colaborador y dos conductores decidieron no despertar al sacerdote y fueron a reunirse ellos mismos con los huidos, esta vez, con éxito. Luego, se dirigieron todos a un refugio, el mismo desde el que el sacerdote atiende a EL ESPAÑOL.
Uno de los dos grupos de esclavos en el vehículo de los rescatistas. Cedida
El martirio
Lo que llevó al padre Federico a Pakistán fue una fe casi temeraria, pero también el ejemplo de Joseph Jansen, su colaborador local. Este joven católico pakistaní –se llama Jansen porque adoptó el apellido de su mujer holandesa– lleva años al frente de Voice for Justice, una ONG que lucha por los cristianos perseguidos en el país.
Rashida Bibi.
El nombre del activista apareció en un artículo de la web Info Católica que hablaba de Rashida Bibi, una joven cristiana pakistaní secuestrada, forzada a casarse y a convertirse al Islam, además de trabajar como esclava durante 10 años. Por si fuera poco, también le mutilaron la nariz.
La historia impactó al misionero argentino. "Sentí un llamado a hacer rescates", asegura. Así, se puso en contacto con Janssen y tras hacer las tortuosas gestiones para conseguir su primer visado, se dirigió a Pakistán, donde un sacerdote con sotana no sólo no pasa desapercibido, sino que se juega la vida.
Como en 'La Misión', el padre Federico no teme ser crucificado. De hecho, cuenta, es ahí, en el martirio, donde reside todo el sentido de lo que él hace.
El padre Federico junto a Joseph Jansen (de blanco, apoyado en la pared), junto a un grupo de esclavos liberados.
"Preguntarme si tengo miedo al martirio es como preguntarle a una madre si tiene miedo a tener hijos", asegura. "Es una alegría imitar al Cristo crucificado. El martirio, si llega, es una gracia. Y, si tengo que morir, prefiero que sea por Cristo".
El misionero se reconforta en el ejemplo del vasco san Francisco Javier, que "siempre iba a misionar al lugar más peligroso, porque así imitaba más al crucificado". "El Espíritu Santo lo llenaba de consuelo, un consuelo acorde a la dificultad de la misión que tenía", prosigue.
La misión de la Orden de San Elías de la que es fundador, de hecho, no es otra que ir a aquellos lugares donde menos se conoce la fe cristiana. Su proyecto 'Omnes Gentes' ('Todas las gentes', en latín), se presenta con esta descripción en su página web:
"(...) La OGP funciona como una fuerza única, combinando recursos de sabana, hielo, selva y montaña para expandir el Evangelio y su Iglesia Católica. Desde predicar a tribus musulmanas hasta anunciar el Evangelio bajo tierra donde está prohibido, los misioneros de la OGP están preparados para ganar almas, dondequiera que el Espíritu Santo los lleve."
Objetivo, asesinar a Jamenei: el plan secreto de la unidad 'Amán' del Mossad que vigiló 24 años al ayatolá hasta matarloTanto es así, que la misión del padre Federico en Pakistán parece menor al lado de otra, si cabe más ambiciosa, que ha emprendido hace poco en absoluto secreto, y que cuenta con la bendición directa del Papa: llevar la fe a un país donde está prohibido profesarla, con sólo 200 católicos y un régimen extremista en el poder. El nombre, por ahora, no se puede revelar.
La llamada
La locura del padre Federico comenzó a los 9 años, según recuerda. Se encontraba preparándose para la primera comunión en su parroquia de Buenos Aires y, entre las canciones, el niño tuvo que repetir "un millón de veces", según dice, la estrofa de la canción Alma Misionera:
Y así, en marcha iré cantando / Por pueblos predicando lo bello que es Tu amor / Señor, tengo alma misionera / Condúceme a la tierra que tenga sed de Ti
"Sentí que Dios me llamaba a hacer precisamente eso, y desde entonces quise ser misionero", afirma.
El padre Federico en Malawi. Cedida
Se ordenó sacerdote el primero de diciembre del año 2012, tras haber cursado estudios de Filosofía y Teología en el seminario de San Rafael, en Mendoza (Argentina), y tras pasar un año en Roma, lugar en el que defendió más tarde su tesis doctoral.
Luego comenzó su periplo por rincones del mundo donde los misioneros católicos se han estrellado desde hace siglos: Taiwán, las montañas del Himalaya –donde fundó la Orden de San Elías–, el Tíbet chino, la región norteña del Sikkim en la India, Panamá, Malawi, la Amazonía, y finalmente, Pakistán.
El padre Federico ha vivido en varios de estos países. Se queda todo el tiempo que le permiten legalmente estar, aunque ahora tiene su base en la casa principal de la Orden en Jipijapa, al sur de la región costera de Manabí, en Ecuador.
No es el caso de Pakistán. Allí tiene que viajar por tiempo limitado según el arbitrio del visado. Cinco veces ya, desde que puso pie por primera vez en el país tras la pandemia de Covid-19.
Joan Tubau, el 'antigurú' de las finanzas: "El Gobierno no quiere ciudadanos económicamente responsables, así los controla"La Orden se financia gracias a donaciones de quienes conocen su trabajo. El rescate de esclavos es lo que se lleva la mayor parte. El misionero reconoce que hacer entrevistas como la presente es una forma de difundir su misión para atraer a donantes. "Soy un mendigo profesional", bromea.
Pero la Orden no sólo busca captar fondos. También voluntarios en los que apoyarse y con los que lanzarse a la aventura. Si el padre Federico tuviera que poner un anuncio en el periódico como el que publicó Ernest Shackelton para la expedición antártica del Endurance, sería algo así:
"Se buscan hombres mayores de edad, solteros, bautizados y con dos cojones para un viaje peligroso. Sin más paga que un techo bajo el que dormir y comidas básicas. Peligro constante. Podrán regresar a salvo a casa, pero tienen que estar dispuestos a morir por Cristo. Se enfrentarán a grandes desafíos para mayor gloria de Dios".
El padre se despide. En los días posteriores a esta entrevista, habrá rescatado junto a su equipo, según confirma, a 26 cristianos más en condiciones de esclavitud. 49 en total, en este último viaje que ha durado 12 días.
Se corta la luz en el refugio, pero él sigue exultante en la llamada. La suya es una normalidad difícil de comprender desde estas latitudes. ¡Viva Cristo Rey!, exclama antes de colgar.
Cristianos perseguidos
En Pakistán viven oficialmente unos 3,3 millones de cristianos, alrededor del 1,3‑1,4 % de la población, aunque organizaciones de derechos humanos sostienen que están infrarrepresentados y que la cifra real podría ser algo mayor.
Dentro de esta minoría, los católicos rondan los 1,3‑1,4 millones de fieles, menos del 1% de la población total del país y aproximadamente un tercio largo del conjunto de cristianos.
La Iglesia Católica se organiza en dos archidiócesis y varias diócesis y vicariatos, con algo más de 300 sacerdotes y alrededor de 130 parroquias e iglesias, además de numerosas capillas de misión.
La persecución institucional se articula sobre todo a través de las leyes de blasfemia del Código Penal, que contemplan penas muy severas –incluida la cadena perpetua y la pena de muerte por supuestas ofensas al Islam o al profeta Mahoma– y se aplican de forma desproporcionada contra las minorías religiosas.
Estas normas, redactadas de forma amplia y ambigua, permiten que una mera acusación desencadene detenciones sin garantías, procesos largos y costosos y, con frecuencia, linchamientos o ataques a barrios cristianos.
Este fue el caso de la campesina cristiana y madre de cinco hijos Asia Bibi, condenada a la pena máxima tras ser acusada de insultar a Mahoma después de una discusión con sus vecinas musulmanas.
Tres hijas de Asia Bibi sostienen un retrato de su madre en 2010. Reuters
Su lucha, que se prolongó durante ocho años en el corredor de la muerte, dio la vuelta al mundo y la presión internacional logró su liberación. La sentencia desató feroces protestas islamistas en el país y tuvo que exiliarse a Canadá.
A casos como este se suma una discriminación en el acceso a los empleos mejor remunerados y a puestos de responsabilidad en la administración, así como trabas legales y prácticas para que los cristianos puedan denunciar abusos, especialmente en casos de mujeres y niñas sometidas a secuestros, conversiones forzadas y matrimonios obligados con hombres musulmanes.
Aunque la Constitución reconoce formalmente a las minorías, Pakistán se define como República Islámica y reserva los principales cargos del Estado a musulmanes, lo que limita la presencia política cristiana y su capacidad de influir en reformas legales.
Los escaños reservados para minorías en las asambleas legislativas se cubren por designación interna de los grandes partidos, de modo que los cristianos dependen de las cúpulas políticas para su representación.
En la vida cotidiana esto se traduce en una combinación de amenazas, hostilidad social, autocensura (también en redes sociales por miedo a nuevas acusaciones de blasfemia) y sensación permanente de vulnerabilidad, incluso en contextos donde la comunidad cristiana lleva generaciones asentada.