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El peligroso orgullo de estar horas jugando a videojuegos

El peligroso orgullo de estar horas jugando a videojuegos
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Claves de una adicción diferente

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El peligroso orgullo de estar horas jugando a videojuegos

Claves de una adicción diferente

Jesús J. Hernández

Viernes, 9 de enero 2026, 19:01

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Hay cosas de las que nadie se enorgullece, como caer en el mismo error. Pero hay un amplio margen en muchos casos. ¿Puede uno estar ... orgulloso de una adicción? Los 'workaholic' -adictos al trabajo- suelen hacer ostentación de sus maratonianas jornadas y su imposibilidad de desconectar del curro aunque estén hollando una cima de los Alpes. Nadie fardaría de buscar una dosis de droga cada mañana, pero sí hay una especie de reivindicación entre los jóvenes de su dependencia a los videojuegos. Eso parece que mola.

¿Cuáles son las señales de que se nos está yendo de las manos? «Que se elija 'merchandising' de los propios videojuegos y que siempre que se plantea un tema libre de conversación, hablen de ese juego, de sus fases y de sus detalles. No es solo el tiempo con el mando en la mano, sino también que todo recuerda y alude a lo mismo», ilustra.

Vamos con otra clave para detectarlo pronto en los menores. Modifica el estado de ánimo y el humor. Cuando saben que van a jugar están mejor y, cuando no, peor. Hay alarmas todavía más claras. «Niños que se despiertan a media noche y se ponen a jugar cuando no hay supervisión paterna», ejemplifica. «He tenido en consulta varios chavales de ocho años que se despiertan de madrugada para jugar al Brawl Stars sin que les pillen sus padres».

Más señales de alarma. «Hay una anticipación en el tiempo libre. Están planeando mucho antes con quien se van a conectar y qué van a hacer exactamente». Están, de algún modo, jugando ya en su mente. A eso se suma una falta de autocontrol. «Dicen que estarán solo 'x' tiempo, pero acaba siendo el triple. Se enfadan muchísimo cuando tienen que parar». Esa es otra de las 'red flags'. Hay estallidos de ira a la hora de apagar la consola. El propio hecho de que los intentos previos de controlar el tiempo por sí mismos hayan sido infructuosos también habla de que la cosa está empeorando.

'Chupete emocional'

La experta lanza una advertencia muy concreta. «Cuidado cuando estamos utilizando las pantallas como un 'chupete' emocional. Si siento emociones incómodas, pero no sé regularlas y mi forma para hacerlo es taparlas con videojuegos o redes sociales... ahí tenemos un problema», señala. «El trabajo con ellos sería que se permitan sentir esas emociones desagradables y convivir con ellas. No siempre vamos a estar contentos y en calma. Tristeza, rabia, frustración o ira forman parte de la vida. Como adulto te acompaño en esa regulación, pero no dejo que las tapes simplemente».

En esto, como en todo, conviene dar ejemplo. «Los niños nos copian. Si los adultos, cuando nos sentimos mal, nos refugiamos en las pantallas, ellos también lo harán», recalca Álava. Aquí se sigue la misma norma que en las comidas familiares, que deben estar siempre libres de pantallas. Tanto niños como adultos.

La clave es que el videojuego no interfiera y esa puede ser una buena barrera para limitar su uso. «El chaval sabrá que si no logra que el juego no afecte a su rendimiento escolar, a sus ratos con amigos, al juego no digital... habrá que pedir ayuda», advierte.

Hay que tener en cuenta que no es que nos enganchemos de forma casual a los videojuegos, sino que «están diseñados para 'hackear' el cerebro». No solo con ese sistema recurrente de mayores recompensas si nos conectamos más veces, también porque «son luz, sonido y movimiento, que es a lo que atiende el cerebro desde que nacemos». Funcionan igual con adultos que con niños y adolescentes, pero estos dos últimos tienen su cerebro todavía en formación y los efectos tienen mayor gravedad. Ah, por supuesto, móviles y tablets siempre fuera de la habitación. Y desde edades muy tempranas. «Cada vez nos llegan niños más pequeños».

Antes de los seis años, cero pantallas

«Cero, cero, ninguna pantalla hasta los seis años. Lo pide la Asociación española de Pediatría. El cerebro se configura y estimula con las manos, de forma muy manipulativa», explica Silvia Álava. De 6 a 12 años, «entre media y una hora y siempre con un adulto al lado para ver qué hace». Nada de usarlo como 'aparcaniños'. A partir de esa edad, «se puede llegar a 90 minutos» pero revisando un adulto qué hace hasta los 18 años.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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