Cuesta creerlo, pero han pasado sólo 12 días desde las elecciones andaluzas. La legislatura se embala a una velocidad tan desaforada que sólo por eso no descarrila. Porque ninguno de los socios de Pedro Sánchez puede permitírselo. Si se detienen, mueren, como los tiburones blancos. Pero aunque parezca que por debajo de todo este ventarrón de corrupciones presuntas -y por encima de la humareda de los relatos políticos- no pasa nada, en estas dos semanas también ha ido sedimentando en el PP una nueva correlación de fuerzas territoriales. Así lo dictaron las urnas el 17 de mayo, al dejar sin mayoría absoluta a Juanma Moreno. Después de esa victoria incómoda, Isabel Díaz Ayuso sólo tenía que exhibir sus galones de baronesa principal y decir aquí estoy yo y aquí sigue mi mayoría absoluta.
Y eso mismo hizo ayer, en el acto de EL MUNDO que se celebró en el Hotel Wellington, rompeolas de todas las liturgias taurinas de Madrid. Allí donde se visten los toreros y donde vivió Curro Romero de novillero, cuando su apoderado se lo llevó a Madrid para intentar apartarlo de las madrugadas flamencas, Ayuso afiló sus espolones de oposición y redobló su proverbial vocación de marcar el rumbo nacional de su partido. Ahora, sin contrapesos equiparables a su influencia.
La presidenta regional primero reclamó a Sánchez una cuestión de confianza, extremo al que aún no había llegado su partido, y después delimitó el camino que debe seguir el PP en una encrucijada política tan abismal como la que han evidenciado la Audiencia Nacional y la UCO en estos 12 días, de Zapatero a Leire Díez, pasando por Santos Cerdán, Gaspar Zarrías o la gerente del PSOE, Ana María Fuentes. O por quienes, como Óscar Puente, hacen señales de humo para los muy cafeteros cuando invocan la hipótesis de la conspiración mediático-judicial para «tumbar al Gobierno con métodos nada democráticos».
Para Ayuso, el PP debe apretar, ser más contundente en su apelación al cambio. «Poner pie en pared». Y evidenciar que, si llega al Gobierno, va a «resetear» la política. De raíz. «La gente tiene que saber, y notar, que el PP va a cambiar las cosas». O sea, tiene que creerse que la «alternativa» es real. No hace falta prometer cambiarlo «todo», pero sí lo suficiente como para que cale en las grandes baes electorales la idea de que habrá un giro estructural. una depuración regeneracionista. Eso es lo que propone Ayuso para Feijóo.
La baronesa sabe que el presidente de su partido no va a hablar en los mismos términos que ella. Feijóo no dirá que Sánchez quiere colar en España una «dictadura». Porque ese discurso inflamado, que funciona en el electorado madrileño, genera ansiedad en otras comunidades, y acaba beneficiando a los extremos. De hecho, Ayuso coincide con el análisis de partida de la dirección de Génova: lo que le toca ahora al PP es tirar de paciencia mientras el PSOE arde en la pira de sus casos de corrupción presunta. Pero a eso le añade un segundo mandamiento: también «hay que ser implacable». Y creíble en el alcance de las reformas que se prometen.
Si algo quedó claro en su coloquio con Joaquín Manso, director de este diario, es que la fijación de Ayuso por confrontar con Sánchez no decrece. Quiere buscar más aún el choque de cuernas constante. No dar tregua. Avasallar al rival para galvanizar a los suyos. Por eso abogó por salir de nuevo a la calle -pero midiendo bien cómo y con quién- y por eso prometió -sin concretar- «una contestación desconocida» contra Sánchez desde Madrid.
Y también desde Cataluña. Delante de Miguel Tellado, secretario general del PP, Ayuso confirmó que arropará a Alejandro Fernández como candidato a repetir la presidencia del PP catalán. Los dos hablan el mismo idioma político, aunque con distinto acento y formas. Su apoyo no es un mensaje menor, en clave orgánica de los populares.
Como tampoco tiene una resonancia nacional menor, precisamente, el acto de ayer. Ayuso se perdió la final de Conference del Rayo Vallecano, pero pudo a cambio exhibir sus galones de baronesa principal y marcar perfil de liderazgo. Queda atrás el prorrateo de las mayorías autonómicas: ahora ella tiene más caudal que Moreno, representante de la otra «alma» del PP. Y lo va a usar.
En el Hotel Wellington se vistieron ayer los toreros antes de la Corrida de la Prensa, pero también es donde dejaba Gila el famoso teléfono negro con el que llamaba al «enemigo». ¿Está Pedro Sánchez? Que se ponga, que se va a enterar.