Poco antes de comenzar la función del jueves en el Congreso de los Diputados, los profesionales del PSOE se debatían entre fe y razón. O mejor: entre oportunidad y tactismo. Eran las 9.00 de la mañana y ya se adivinaba el napalm satisfecho de las derechas (independentistas y estadistas) al sentir a los socialistas sometidos a su cancán. Las capitulaciones matrimoniales estaban a punto de firmarse. Las partes contratantes (sociatas, peperos, voxeros, peneuvistas, juntseros, canarios y navarros del lado del apéndice unido al intestino ciego) se han acercado al hemiciclo a cogerse del brazo con una falsa mística de pacto. Aprobaron todes, la ley de Puigdemont contra la multirreincidencia. Los de Sánchez, con el puño en el vacío. A ver qué vida ahora.
El Gobierno está bien equipado para defender su salto de trinchera. Los hermosos cambios de opinión. Míriam Nogeras posó al final de la mañana en el Patio de Floridablanca con sus alcaldes. Un posado para Aliança Catalana, más que nada. Aún sonaba el eco de los cubiletes que esconden el garbanzo. La Ley de multirreincidencia es el tapete donde se jugó ayer al trile. Cada grupo parlamentario dio su versión y era muy hermoso escucharlos, y no pensar, y no creer, por decirlo a la manera del poeta Manuel Machado (el otro).
Los socialistas han tirado de esa capacidad suya para hablar un lenguaje intermedio cuando conviene, recurso heredado de la escuela sureña. Un cuadro de Antonio Saura, de la colección del Congreso, da con su título en la diana de cómo estaban los socios de Gobierno: Multitud-Iceberg (pieza fechada en 1983). Un témpano todo el mundo. A primera hora hacía yo tiempo a las puertas del palacio del hemiciclo y cuando pasé la lengua por la goma del papel de fumar entraba uno de Vox contentísimo: Juan J. Aizcorbe Torra. En su turno de palabra empezó campanudísimo, citando una letrilla de Quevedo, que él hizo suya: "Dice el poeta que la verdad es amarga, pero más amarga es la mentira cuando se vive dentro de ella. Bienvenidos a una reforma penal necesaria, pero no suficiente". Habría sido formidable que desde su bancada Abascal sacase del fondo del escaño unos platillos, los chocase, y así teníamos de una vez el anuncio de verbena. El diputado Aizorbe Torba dio dos o tres bienvenidas más, a lo Miguel Ríos. Los de Vox estaban triunfales. Y el PP un poco también. Cuca Gamarra aprovechó el viento a favor para hablar de la multirreincidencia de los «números doses» del partido socialista, en la trena, y también paseó un rato a ETA.
Esta Ley, qué pena, no afecta a los corruptos del gremio. Va directamente contra el raterillo, que también existe e incordia. Los grandes tenedores de delitos de blanqueamiento, comisiones ilegales, prácticas mafiosas y demás perlas también revientan los juzgados. España es paraíso para algunos de esos otros multirreincidentes con despacho a cuenta de lo público. Pero de esto sólo hablaron los que sospechan de esta reforma del Código. Quiero decir: los socios de Sánchez. Los otros, la oposición a Sánchez con Sánchez de socio entregado, se dedicaban a la batalla de flores. Papelón el del socialista Aranda Vargas, que de algún modo vino a decir que una golondrina no hace verano y tiró de un discurso de clínica de urgencia para tratar las quemaduras del pacto. Pero lo votado está votado. "Menos insulto y más trabajo, menos odio y más diálogo. Menos mentiras y más compromiso". Así lo dijo. Por un momento temí que le saltasen las teclas a la compañera de taquigrafía. Faltó que alguien sirviese en el salón de la prensa unas tacitas de chocolate con anís.
Conclusión: lo importante de ayer no es qué se vota, sino por quién. Junts tiene el foso lleno de domadores e hizo pasar por el aro al PSOE. Esta reforma es un pastel de muchos ingredientes. Y Puigdemont ha hecho del Gobierno su nata del jueves.