- SERGIO RODRÍGUEZ C.
Lo tenía en los pies, en el minuto 9, en la frontera misma de la historia. Un solo gol separaba a Lionel Messi de dejar atrás a Miroslav Klose y reinar en solitario como máximo artillero en la historia de los Mundiales, y el destino se lo ofreció en bandeja desde el lugar más propicio: los once metros. Pero el balón se marchó fuera, mordiendo el aire a la izquierda de Alexander Schlager, que había adivinado el palo.
La pena máxima, esa que suele ser sinónimo de certeza, volvió a recordarle al argentino que ni los elegidos están exentos de la duda. Apenas media hora después, sin embargo, la historia volvió a llamar a su puerta y esta vez no hubo margen para el error: Messi encontró el gol que tantas veces había repetido, el de siempre, el que tantas veces había convertido en una firma propia, para alcanzar una marca que parecía inevitable.
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