El ministro Itamar Ben-Gvir, en el vídeo donde se le ve junto a los miembros de la flotilla interceptados. Reuters
Editorial EL RUGIDO DE EL ESPAÑOL El radical Ben-Gvir arrastra a su rehén Netanyahu al aislamiento diplomático de Israel Publicada 22 mayo 2026 02:29hEl 20 de mayo de 2026, Israel interceptó en aguas internacionales la Flotilla Global Sumud, una expedición que pretendía romper el bloqueo naval de Gaza.
La operación naval israelí no es el objetivo de este editorial. Se puede debatir la bondad o el oportunismo de la flotilla y de la operación israelí, pero probablemente ningún Estado soberano permitiría que activistas de decenas de países convirtieran impunemente su país y sus fronteras en un escenario para la provocación y la propaganda.
Pero lo que siguió no fue una acción de seguridad, sino un espectáculo degradante orquestado por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir.
El ministro ultraderechista grabó y difundió vídeos en los que aparece paseando entre decenas de activistas maniatados con bridas, arrodillados o con la frente pegada al suelo, mientras suena el himno nacional a todo volumen y él ondea una bandera israelí. "Bienvenidos a Israel", ironiza. También les llama "simpatizantes del terrorismo" y exige que sean encarcelados "por mucho tiempo".
Las imágenes son humillantes, gratuitas y, sobre todo, contraproducentes. Porque no fortalecen la seguridad de Israel, sino que la debilitan.
EL ESPAÑOL ha defendido el derecho de Israel a protegerse tras la masacre del 7 de octubre de 2023 y a mantener un bloqueo que impida el rearme de Hamás, pero con la misma claridad condena ahora el circo ideológico de la extrema derecha israelí.
Una extrema derecha que no sólo ha convertido una operación legítima en un reality show de humillación, sino que ha regalado a sus enemigos las imágenes perfectas para alimentar la misma operación de propaganda que se pretendía evitar en un primer momento.
Ben-Gvir no es, por tanto, un halcón responsable: es un provocador en serie que prioriza su ego y su base electoral sobre el interés nacional.
Hamás controla el enclave de Gaza, roba la ayuda internacional y la usa como arma política. Pero por eso mismo cabe exigir que se actúe con profesionalidad y prudencia. La humillación pública no disuade a Hamás ni a sus simpatizantes; sólo erosiona la legitimidad moral e internacional de Israel. Países aliados como Italia, Francia o España han convocado ya a sus embajadores y han expresado su repulsa.
Incluso en Washington y en la propia coalición israelí han saltado las alarmas. Ben-Gvir no ha dañado sólo la imagen del Estado: ha dañado la capacidad de Israel para defenderse en el escenario global.
Y aquí entra la responsabilidad de Benjamín Netanyahu. El primer ministro ha reaccionado con una tibieza que revela más debilidad que estrategia. Netanyahu ha condenado "la forma" en que Ben-Gvir trató a los activistas ("no está en línea con los valores y normas de Israel" dijo) y ordenó deportaciones rápidas con el objetivo de no alargar más el escándalo.
Correcto, pero insuficiente.
Un líder político responsable habría cesado inmediatamente al ministro responsable de la Policía y el Servicio Penitenciario por convertir una acción de Estado en un espectáculo personal. Netanyahu no lo ha hecho. Ha marcado distancia cosmética, pero mantiene intacta la coalición.
¿Por qué? Porque estamos ante un Gobierno rehén de sus socios más radicales. La coalición de Netanyahu depende de Otzma Yehudit de Ben-Gvir y del Sionismo Religioso de Bezalel Smotrich para sumar los 61 escaños necesarios que le permiten gobernar. Cesar a Ben-Gvir arriesgaría la mayoría parlamentaria y precipitaría una caída prematura.
Es el cálculo clásico del superviviente político: el interés personal por encima del interés nacional.
Este escándalo no surge en el vacío. Coincide exactamente con el proceso de disolución de la Knesset. El 13 de mayo la propia coalición de gobierno presentó un proyecto de ley para adelantar las elecciones, previstas como muy tarde para el 27 de octubre de 2026. La votación preliminar avanzó el mismo 20 de mayo, el día de los vídeos. La causa de fondo no es Ben-Gvir, sino las tensiones con los partidos ultraortodoxos (Shas y Judaísmo Unido de la Torá), que perdieron confianza en Netanyahu para aprobar exenciones del servicio militar y el presupuesto.
La oposición (unida bajo la marca Juntos de Yair Lapid, Naftali Bennett y Benny Gantz) lidera las encuestas. Israel ya está en modo campaña.
En este contexto preelectoral, el incidente se convierte en un arma arrojadiza. Para Ben-Gvir es oxígeno puro: refuerza su imagen de "duro" ante su nicho radical y le garantiza votos en las primarias de la ultraderecha.
Para Netanyahu es un lastre que erosiona al Likud entre los votantes moderados y centristas, aquellos que valoran la seguridad sin el circo ideológico.
La oposición ya lo utiliza para pintar al Gobierno como "extremista e irresponsable", incapaz de poner orden en casa mientras gestiona una guerra compleja.
Netanyahu intenta el equilibrio imposible: mano dura en Gaza y una imagen de responsabilidad ante el mundo. Pero al no cesar a Ben-Gvir, demuestra que su prioridad es retener el poder, no gobernar con autoridad. Un primer ministro conservador y liberal sabría que la verdadera fortaleza no reside en gestos virales, sino en la cohesión interna y la prudencia estratégica.
Las elecciones anticipadas (posiblemente en agosto o septiembre) serán un referéndum sobre este modelo. Los israelíes decidirán si toleran que la ultraderecha convierta la defensa legítima en propaganda propia, o si exigen una derecha seria que defienda la seguridad sin regalar argumentos a sus enemigos.
Ben-Gvir debería ser cesado de inmediato. No por debilidad, sino por responsabilidad. Netanyahu aún tiene tiempo de demostrar que gobierna para Israel, no para sobrevivir a costa de él.