Era previsible que la decadencia del imperio norteamericano, acelerada por el demencial segundo mandato de Trump, con sus contantes desprecios a los aliados tradicionales de EEUU, iba a ser aprovechada por la inteligencia china para reforzar su influencia política en Occidente y continuar con su imparable proceso de colonización económica, resumido en un solo pero abrumador dato: el déficit comercial de la UE con China en 2025 fue de 359.800 millones. Igualmente, es comprensible que, ante la sutil diplomacia de los hijos de Mao, tan alejada -cuando le conviene- de la agresividad trumpista, algunos países tratasen de mejorar sus relaciones con Pekín y rebajar así su dependencia de Washington.
Sin embargo, lo que no era ya tan previsible era que el régimen del Partido Comunista chino hallara en el seno de la UE a un caballo de Troya (o tonto útil) del tamaño de Pedro Sánchez. Cierto es que los chinos lo intentaron previamente con Orban, por mediación de su común aliado Putin, rubricando en 2024 una alianza bilateral entre Hungría y China que incumplió las normas de la UE. Pero la oferta de Sánchez es de un mayor valor político y estratégico para Pekín, ya que utiliza el peso de España en Europa, así como la auroritas que ha logrado el líder del PSOE entre la izquierda europea como presunta némesis de Trump, para blanquear su política internacional; y, por otro, para romper la unidad de acción que busca la UE al fomentar un diálogo bilateral, de país a país, sin pasar por el filtro de Bruselas, que ha calificado a China de "socio competidor y rival sistémico".
Hasta el domingo, el Gobierno chino calificaba al Ejecutivo de Orban como un "socio amistoso y estratégico". Unas palabras muy modestas en comparación a los elogios que se regalaron ayer Xi y Sánchez en el Gran Palacio del Pueblo. Los dos dirigentes se congratularon de estar "en el lado correcto de la historia" y se comprometieron a trabajar de la mano para reforzar "el sistema multilateral y el derecho internacional", lo que a juicio del español pasa por reducir el peso de Occidente en las instituciones internacionales.
Esta declaración de intenciones contiene el grado de cinismo habitual de China -país que sostiene militarmente la invasión rusa de Ucrania, que ocupa ilegalmente el Tíbet desde 1950 y que mantiene internados en "campos de reeducación" a un millón de Uigures-, pero supone como novedad un cambio sustancial en la política exterior de España: al presentarse, ya de manera abierta y formal, como un país que no está del todo alineado con la UE, ni con el consenso occidental, y que se aproxima al Sur Global y los Brics.
Detrás de este cambio en las alianzas internacionales de España, que se visualizará de nuevo el fin de semana en Barcelona con la cumbre izquierdista en la que Petro, Lula y Zapatero harán de comparsas de Sánchez, no hay una convicción ideológica, ni mayor análisis geopolítico que reforzar el perfil de jinete solitario del presidente español en la UE. Una manera, entiende Sánchez, de acabar de confeccionar su disfraz de líder de la izquierda global, limpio de corrupción, que le permita refugiarse en la política exterior y servirse de ella para condicionar la política nacional.
Pero, al mismo tiempo, Sánchez afronta el riesgo de repetir con China la misma torpeza que cometió Orban con Rusia: priorizar los intereses ajenos a los de España, consolidarse como un problema interno de la UE, y acabar desdibujado como el guiñol de una superpotencia en lucha por la hegemonía en el nuevo orden mundial.