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El suizo que 'inventó' el matriarcado

El suizo que 'inventó' el matriarcado
Artículo Completo 2,002 palabras
El jurista Johann Jakob Bachofen sacudió en 1861 los cimientos de Europa al documentar antiguas sociedades gobernadas por las mujeres. Su teoría era todo un desafío: el patriarcado no era una ley divina, sino un invento tardío. Un nuevo libro, 'Cuando mandaban las mujeres', de Mara Malibrán, se adentra en su historia.
El suizo que 'inventó' el matriarcado

El jurista Johann Jakob Bachofen sacudió en 1861 los cimientos de Europa al documentar antiguas sociedades gobernadas por las mujeres. Su teoría era todo un desafío: el patriarcado no era una ley divina, sino un invento tardío. Un nuevo libro, 'Cuando mandaban las mujeres', de Mara Malibrán, se adentra en su historia.

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Mara Malibrán

28/09/2026 a las 18:31h.

Hacia 1860, en una casa de la alta burguesía de Basilea (Suiza), un atildado jurista, Johann Jakob Bachofen, toma notas sobre un escritorio de nogal. A sus 46 años, posee una sólida formación jurídica, es profesor de Derecho Romano en la Universidad de Basilea, donde Friedrich Nietzsche enseña Filología Clásica.

Bachofen trabaja sobre el libro que lo consagrará en la posteridad, El derecho materno. Se publicará en 1861 y originará un importante revuelo en los medios académicos. Luego languidecerá, hasta que Friedrich Engels y Karl Marx lo retomen como una pieza clave con la que apuntalar la concepción materialista de la evolución de la humanidad.

La idea de Bachofen es ambiciosa y audaz. Lo que pretende el jurista es demostrar que en los confines del mundo antiguo existió, antes de este orden patriarcal, otra civilización en la que el derecho materno regía la sociedad y el mundo estaba dirigido por las mujeres.

La Mujer sentada de Çatalhöyük, una estatuilla del Neolítico hallada en Turquía, muestra a una mujer sentada en un trono, en un gesto que sugiere el proceso de dar a luz. Se interpreta como un símbolo de la fertilidad y del poder de la mujer en las primeras sociedades agrícolas. Algunas partes han sido reconstruidas.

La intelectualidad de la época seguía instalada en la idea de que la institución de la familia, monógama y patriarcal, era eterna, no se le conocía principio y por supuesto no tendría final.

La tesis de Bachofen no solo desafiaba esa creencia, sino que aportaba otras ideas revolucionarias: los humanos habían vivido primitivamente en el hetairismo, la promiscuidad –y la violencia– sexual. En este marco de relaciones, la paternidad quedaba excluida, por indemostrable, y solo se reconocía la descendencia por línea femenina. De ese derecho materno que regulaba la descendencia por vía femenina habría surgido la ginecocracia, el gobierno de las mujeres.

Bachofen recurre a Heródoto y su descripcin de Egipto: «Allí son las mujeres las que negocian públicamente, y los hombres cosen y tejen. Ellas orinan de pie y ellos, en cuclillas»

Luego, con la imposición de la monogamia, el derecho paterno habría acabado con el derecho materno, imponiendo el linaje masculino.

A pesar de su desafiante planteamiento, Bachofen no cuestionaba las bondades del patriarcado. Un hombre piadoso, dedica su libro –de más de mil páginas– al ser que más ama: su madre.

Años más tarde, cuando rebase ya los 50 y su culta madre haya fallecido, contraerá matrimonio con otra hija de la burguesía, una mujer 30 años más joven con quien formará una familia, y no tendrá empacho en afirmar que su relación matrimonial se establece «según criterios imperialistas»; es decir, no experimenta contradicción alguna entre el reconocimiento de poderío de la figura materna en el pasado y la ideología patriarcal que preside su vida y que otorga a la mujer un lugar subalterno en el mundo.

Los mitos y los misioneros como fuente

Bachofen emplea buena parte de su labor de investigación a leer mitos griegos. Además de las historias narradas por los sabios Plutarco, Estrabón, Ovidio y Heródoto, el suizo considera que los mitos son documentos históricos y los observa como fuente de información.

Las otras fuentes de las que se nutren los científicos e intelectuales entonces son las crónicas de los conquistadores españoles en América y la experiencia narrada por los misioneros. De hecho, los religiosos que cruzan el mar son algo así como el mascarón de proa, la avanzadilla audaz que se aventura a conocer, interpretar y domesticar ese mundo. La antropología social comparativa echa a andar gracias al afán intelectual de los jesuitas. Hasta el punto de que esta orden es la que teoriza acerca de que la inocencia de los pueblos primitivos se corrompe al entrar en contacto con la civilización.

Pero si hay un hecho que altera el devenir de la antropología es la publicación de El origen de las especies, de Darwin, en 1859, con su teoría de la evolución. El libro de Bachofen se publica dos años después y también plantea algo descabellado para la sociedad de la época.

Para defender su tesis sobre el derecho materno, recurre al libro de Heródoto dedicado a los licios, el antiguo pueblo de Licia (o Lidia), en lo que hoy es Turquía occidental. Y subraya este párrafo: «Tienen una extraña costumbre que no posee otro pueblo: toman el nombre a partir de la madre y no del padre. Entonces, cuando se pregunta a un licio quién es, dará su linaje matrilineal y enumerará a las madres de su madre y, si se une a una ciudadana con un esclavo, los hijos serán considerados de noble estirpe, pero si un ciudadano, aunque sea el más noble, se une con una extranjera o toma una concubina, entonces los hijos son innobles».

Ese linaje matrilineal es el dato que fundamenta su teoría.

Heródoto, además, defendía que la cultura griega proviene de otra superior y más antigua, la egipcia, y eso significaba modificar el relato oficial, al apuntar a otro continente: África. De Egipto escribe el griego: «Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen. Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en pie y los hombres, en cuclillas».

La ginecocracia habría llegado porque, «abandonada a los abusos del hombre y mortalmente cansada por el deseo de aquel, la mujer experimenta el anhelo de unas condiciones ordenadas y una civilización más pura»

Bachofen refuerza sus argumentos con Plutarco y su descripción de la vida en Creta, que es el único lugar donde no se dice 'patria', sino 'metrópoli'. Literalmente 'metrópoli' significa 'ciudad madre', y deriva del griego meter, 'madre'.

Esta singularidad le sirve para argumentar que, cuando los cretenses formulan el más alto grado de amor a su país natal llamándolo 'metrópoli', en realidad están invocando a la madre, ya que el deber más sagrado en esa sociedad es protegerla.

Cabe aclarar que Bachofen en su texto original en alemán no usa la palabra 'matriarcado', sino mutterrecht, 'derecho materno', y gynaikokratie, 'ginecocracia' (gyné significa en griego 'mujer' y kratein, 'dominación': 'gobierno de las mujeres'). Este último término lo empleó por primera vez en 1724 el misionero jesuita francés Joseph François Lafitau al documentar a las tribus iroquesas en Norteamérica. Fueron los traductores y los científicos británicos posteriores a Bachofen quienes adoptaron sus ideas bajo el nuevo término matriarchy, 'matriarcado', en lugar de mutterrecht.

La palabra 'matriarcado' sigue siendo objeto de debate. Para unos, es solo el reverso del patriarcado, de lo que se deduce que es un término hueco, que nunca ha existido una sociedad regida por mujeres; para otros, la palabra 'matriarcado' significa la hegemonía de la mujer, y sí ha implicado que han ostentado el poder político, o al menos el poder en algunos aspectos de la vida social.

El periodo ginecocrático significa para Bachofen algo más 'jurídico' y específico: que en esa sociedad regía el derecho materno, en el que la transmisión hereditaria, tanto de los bienes como del nombre, se hacía solo y exclusivamente a las hijas por línea materna y que este sistema generó una forma diferente de dominio dentro de la familia y de la sociedad: sin violencia y con un alto grado de igualdad entre los dos sexos.

Pero Bachofen es hijo de su tiempo. Concibe el patriarcado como un eslabón superior en la cadena de la evolución y, por lo tanto, cuando despoja a la mujer de sus derechos, está sencillamente superando una etapa inferior de la historia de la humanidad para entrar en otra superior, la civilización.

La 'necesaria' moderación de las mujeres

En esta 'escala hacia la civilización', Bachofen establece una era anterior a la ginecocracia que, además, explicaría el inusitado poder de las mujeres durante un periodo de tiempo.

El primer peldaño evolutivo arranca, a su entender, en el hetairismo, una época de la Prehistoria en la que las mujeres estaban dominadas por los hombres, sometidas a sus abusos, y es entonces cuando, en su desesperación, «al romper esta situación que las envilece», en sus palabras, se lanzan a la resistencia armada y crean la civilización amazónica que destierra al hombre a una posición secundaria. Esta etapa 'salvaje' es un fenómeno todavía anterior a la ginecocracia.

Lo explica así: «No se puede negar: la ginecocracia se ha formado y conservado por la oposición consciente y continua de la mujer al hetairismo que la envilecía. Abandonada sin protección a los abusos del hombre y –como describe una tradición árabe conservada por Estrabón– mortalmente cansada por el deseo de aquel, experimenta el anhelo de unas condiciones ordenadas y una civilización más pura, a cuya presión el hombre no se somete de buen grado, obstinado en la consciencia de su superioridad física».

Bachofen concibe el mito de las amazonas como una respuesta de las mujeres contra la explotación sexual de la etapa del hetairismo, y entiende que estas se hayan rebelado contra los hombres, pero afirma que es una perversión de la feminidad, «una intensificación antinatural del poder femenino».

Las mujeres deben aceptar, concluye, su vocación natural, que es convertirse en madres, y avisa del peligro que supone la posible llegada de un «matriarcado dionisiaco», en el cual «un extremo sigue al otro, demostrando qué difícil es, en cualquier época, que las mujeres observen moderación».

El ADN que demuestra la relevancia de la mujer en el neolítico

En 2025, un estudio genético publicado en la revista 'Science' reveló que la antigua protociudad neolítica de Çatalhöyük (Turquía), descubierta en 1961, estaba organizada en torno a una estructura social matrilineal y matrilocal, en la que los linajes femeninos desempeñaban un rol central, como había defendido Bachofen respecto al pueblo licio, que habitó esa región turca. Al analizar el ADN antiguo de los restos humanos del yacimiento, 130 esqueletos de hace unos nueve mil años, un equipo internacional de científicos descu-brió que eran los hombres quienes se mudaban a la casa de la familia de sus esposas al casarse, rompiendo con la creencia de que la mayoría de las sociedades prehistóricas eran patrilocales. Los enterramientos hallados bajo los suelos de las viviendas de adobe compartían, de manera consistente, vínculos genéticos a través de la línea materna. Además, el ADN de los esqueletos infantiles demostró que las recién nacidas y las niñas recibían hasta cinco veces más ofrendas y objetos rituales en sus tumbas que los niños varones, lo que apunta al papel relevante que desempeñaban las mujeres en la comunidad. Los expertos matizan, en cualquier caso, que esto no implica que existiera un matriarcado en el sentido político estricto.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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