La IA obliga a las escuelas de negocios a revisar casi todo: qué enseñan, cómo comprueban que un alumno ha aprendido y qué oportunidades laborales encontrarán los jóvenes. Thomas Jeanjean cree que la respuesta no pasa por renunciar al título, sino por redefinirlo.
Thomas Jeanjean, decano y presidente ejecutivo de ESCP Business School desde hace poco más de un mes, es un académico especializado en contabilidad y reporting financiero que progresivamente se ha convertido en gestor de instituciones educativas. Profesor en HEC Paris, desde 2014 es director general adjunto responsable de formación continua de ESSEC Business School, y en 2021 dio el salto a la dirección general adjunta de CCI Paris Île-de-France, donde dirigió la política educativa de 14 instituciones de perfiles muy diferentes.
Hoy este experto en contabilidad, información financiera y gobierno corporativo rige los destinos de ESCP, una escuela internacional con campus en París, Londres, Berlín, Madrid, Turín y Varsovia (y presencia en Dubai).
Jeanjean, que ha pasado años estudiando cómo los incentivos pueden llevar a las empresas a gestionar los resultados contables sin mejorar necesariamente el negocio subyacente, se plantea si algo parecido puede ocurrir en una escuela de negocios. "Para una buena escuela de negocios, el ránking no es el objetivo, sino el resultado". Frente a la importancia que tienen los indicadores financieros en una empresa, cree que el trabajo de un decano debe medirse por la experiencia y el futuro de sus alumnos: "¿Encuentran nuestros graduados un buen trabajo, bien pagado y coherente con lo que quieren hacer? La empleabilidad es realmente el indicador clave".
Títulos y empleabilidad
La irrupción de la inteligencia artificial y de nuevas formas de aprendizaje plantea una cuestión de fondo: qué sigue aportando una escuela de negocios cuando acceder al conocimiento nunca ha sido tan fácil. Jeanjean recuerda que "una escuela de negocios es un proveedor de educación" y que hoy compite no sólo con otras instituciones académicas, sino también con consultoras, plataformas digitales y herramientas de IA: "Si quieres saberlo todo sobre la gestión de resultados empresariales, entras en una IA, entras en Google y puedes acceder a toneladas de información".
A su juicio, una de las principales diferencias sigue estando en la titulación. Un título no es simplemente un documento: certifica que el alumno ha superado un proceso de selección y aprendizaje, que ha convivido y trabajado con otros estudiantes, que ha construido una red de contactos y que ha participado en experiencias más allá del aula. "Un título nunca garantiza al cien por cien que seas un profesional excelente, pero al menos garantiza que has pasado por un proceso determinado y exigente".
Ese valor también funciona como señal en el mercado laboral. Jeanjean sostiene que "el título ayuda a los reclutadores a identificar los perfiles adecuados", aunque advierte de que ya no puede entenderse como una garantía de éxito o de empleabilidad para toda la vida. "La misión de una escuela de negocios es ir más allá de la simple titulación. El título es sólo la base de lo que ofrecemos".
El impacto de la IA
Jeanjean cree que los educadores deben ser prudentes al hablar del impacto de la inteligencia artificial. Preguntado por quién debería validar las afirmaciones que hacen las escuelas sobre esta tecnología y qué indicadores permitirían demostrar que una inversión mejora realmente el aprendizaje, admite que todavía no existen respuestas concluyentes. "Nadie tiene una respuesta definitiva sobre cómo la IA va a transformar la formación o las escuelas de negocios". Lo que sí considera evidente es que obliga a revisar qué se enseña: "Si no actualizamos los planes de estudio, nos quedaremos atrás. Por eso, el primer paso ha sido adaptar el currículo para integrar la IA".
El segundo cambio afecta a la evaluación. "Básicamente, tenemos que revisar cómo evaluamos a los alumnos", sostiene. Si una herramienta puede resolver en segundos un caso práctico o redactar una respuesta elaborada, ya no basta con comprobar el resultado final: habrá que saber también qué ha aprendido realmente el estudiante y cómo ha utilizado la IA durante el proceso.
La gran transformación
A ello se añade una transformación más profunda. Jeanjean cree que pronto llegarán a las aulas estudiantes que llevan años utilizando estas herramientas de forma habitual y cuya relación con la información será diferente. "Cuando alguien puede obtener instantáneamente una respuesta brillante a algo que no entiende, hay que plantearse cómo asegurarse de que aprenda realmente a tener pensamiento crítico y a tomar distancia de esa respuesta automática".
Hay otro impacto que está fuera del aula: el empleo. Señala que en sectores como la consultoría o la banca los aumentos de productividad asociados a la IA pueden reducir la contratación de perfiles júnior, y "esto significa que a nuestros recién graduados les resultará más difícil encontrar su primer empleo en esos sectores".
No interpreta ese cambio únicamente como una destrucción de oportunidades. "Puede que un departamento necesite menos perfiles júnior, pero se crearán áreas completamente nuevas. Probablemente habrá un boom en ciberseguridad y sectores nuevos de los que aún no somos conscientes y que crearán empleos que hoy no podemos imaginar".
Nueva relación con el alumno
La relación entre una escuela de negocios y sus alumnos ya no termina necesariamente con la graduación. Jeanjean cree que una buena formación debe dejar algo más duradero que unos conocimientos concretos: la capacidad de seguir aprendiendo cuando cambian las tecnologías, los sectores o las funciones. Esa competencia será cada vez más importante en carreras profesionales más largas y sometidas a cambios más rápidos.
De ahí que volver a las aulas cinco, diez o veinte años después pueda convertirse en algo habitual. Un directivo puede necesitar actualizarse en inteligencia artificial, revisar su manera de gestionar equipos o adquirir competencias que ni siquiera existían cuando estudió. ESCP quiere reforzar esa formación continua con programas específicos para antiguos alumnos y encuentros de promoción que incorporen talleres y sesiones con profesores, además de la dimensión social.
Este cambio coincide con otro más amplio. Las escuelas de negocios están dejando de centrarse exclusivamente en las disciplinas tradicionales de gestión. Para dirigir una empresa ya no basta con saber de finanzas, estrategia o márketing: también hay que entender tecnología, datos, geopolítica o regulación. El objetivo no es formar ingenieros o politólogos, sino directivos capaces de comprender esas áreas, dialogar con especialistas y tomar decisiones en un entorno mucho más complejo.
Financiación e independencia académica
La creciente relación de las escuelas de negocios con empresas, patrocinadores y socios corporativos plantea una cuestión delicada: hasta dónde puede llegar quien aporta dinero. Jeanjean establece una frontera clara. "La libertad académica no es negociable". A su juicio, una institución educativa dejaría de cumplir su función si un financiador pudiera decidir qué puede investigarse, enseñarse o decirse en sus aulas.
Eso no significa que considere problemática la financiación empresarial. Las compañías, explica, pueden apoyar investigaciones sobre cuestiones que afectan a su sector, buscar respuestas a problemas concretos o reforzar su presencia en el campus para atraer talento. Son intereses legítimos siempre que no condicionen el trabajo académico. "Nunca he visto en mi carrera a una empresa decir: 'Te voy a dar muchísimo dinero, pero tendrás que dejar de enseñar esto o aquello'".
Jeanjean reconoce, sin embargo, que pueden surgir zonas grises. Una de ellas aparece cuando el potencial financiador pertenece a un sector controvertido, como el tabaco o el petróleo. En esos casos se abre otra discusión: no sobre la interferencia en los contenidos, sino sobre qué dinero debe aceptar una institución educativa.
En ESCP, sostiene, la dependencia de un único patrocinador es limitada porque el grueso de los ingresos procede de las matrículas. La relación con las empresas resulta, además, necesaria para conectar la formación con el mercado laboral. Pero esa colaboración tiene un límite que, insiste, no admite negociación: "Es vital mantener nuestra integridad académica".
Thomas Jeanjean sostiene que las escuelas de negocios deben aplicarse a sí mismas los mismos principios de transparencia, control y buen gobierno que llevan décadas enseñando a las empresas. En el caso de ESCP, recuerda que se trata de una institución privada sin ánimo de lucro que no recibe subvenciones públicas y cuyos ingresos proceden de las matrículas, la formación ejecutiva, las relaciones y donaciones corporativas y los fondos de su fundación. Esa estructura, afirma, obliga a explicar con claridad cómo se utiliza el dinero que aportan alumnos y familias.
"Tenemos la obligación de justificar cómo se gestiona y en qué se gasta ese dinero". El decano y presidente ejecutivo de ESCP subraya que las cuentas de la escuela son públicas y que sus órganos de gobierno incluyen a profesores, estudiantes, personal, empresas y antiguos alumnos. La rendición de cuentas, sostiene, no debe limitarse a publicar cifras, sino que exige también contar con órganos capaces de discutir la estrategia y cuestionar las decisiones de la dirección.
Su posición va más allá de ESCP. Jeanjean considera que cualquier institución educativa privada debería estar obligada a hacer públicos sus estados financieros. A su juicio, ninguna organización que cobra matrículas elevadas debería tener problemas para explicar de dónde proceden sus ingresos y en qué emplea los recursos.
En una institución sin ánimo de lucro, añade, cualquier excedente debe reinvertirse en la propia escuela o servir para crear reservas ante crisis futuras, no repartirse como dividendo. "La rendición de cuentas es una piedra angular", resume. Y conecta esa exigencia con los principios que las propias escuelas transmiten a sus estudiantes: "Si se lo exigimos a nuestros alumnos, debemos aplicárnoslo a nosotros mismos".
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