En 1919, Alemania tomó una decisión desesperada para impedir que los vencedores de la Primera Guerra Mundial se repartieran su flota: hundirla. En apenas unas horas, decenas de acorazados, cruceros y destructores desaparecieron bajo las aguas de Scapa Flow. Lo que nadie podía imaginar era que, 26 años después, el comienzo de la era nuclear transformaría parte del acero de aquellos barcos condenados en un material especialmente valioso para la ciencia.
Antes muerto que apresado. Tras el armisticio de noviembre de 1918, 74 buques de la Flota de Alta Mar alemana quedaron internados en Scapa Flow, al norte de Escocia, mientras los vencedores discutían qué hacer con ellos.
Francia e Italia querían repartirse parte de los barcos, mientras Reino Unido prefería evitar que reforzaran otras armadas. El contralmirante Ludwig von Reuter temía precisamente que aquellos gigantes acabaran navegando bajo bandera enemiga y decidió impedirlo por su cuenta.
En Xataka
Alemania soñaba con un buque de guerra que iba a ser la envidia de Europa. Ha terminado con el PowerPoint más caro de su historia militar
Una orden para todos. Von Reuter llevaba semanas preparando el hundimiento y había hecho llegar instrucciones secretas a los comandantes, irónicamente utilizando incluso embarcaciones británicas para transportar parte de su correspondencia. La mañana del 21 de junio de 1919, buena parte de la fuerza británica abandonó Scapa Flow para realizar ejercicios y el alemán vio su oportunidad.
A las 10:30, desde el crucero Emden salió el mensaje en clave "Paragraph Eleven; confirm": los marineros comenzaron a abrir válvulas, tomas de mar, escotillas y portillos para inundar sus propios barcos.
Hundimiento de la flota alemana en Scapa Flow: el SMS Bayern, hundido por la popa
Cinco horas para desaparecer. Los británicos reaccionaron remolcando algunos barcos hasta aguas poco profundas y embarrancándolos antes de que desaparecieran, pero llegaron demasiado tarde para salvar la mayoría. De los 74 buques internados, 52 fueron hundidos, nueve marineros alemanes murieron y otros resultaron heridos cuando las fuerzas británicas intentaron detener la operación.
Von Reuter había conseguido su objetivo: evitar que buena parte de la flota se convirtiera en botín de guerra. Lo que había hecho también, sin saberlo, era mandar al fondo una enorme cantidad de acero fabricado en un mundo que estaba a punto de desaparecer para siempre.
Solo las superestructuras del Hindenburg permanecían sobre el agua
Algo inesperado. En 1945, las primeras detonaciones nucleares inauguraron una época en la que radionucleidos artificiales procedentes de pruebas y actividades nucleares comenzaron a formar parte del entorno. Para un puente, un coche o un edificio, las cantidades implicadas en determinados aceros resultaban irrelevantes.
Para algunos instrumentos capaces de medir niveles extraordinariamente pequeños de radiación, sin embargo, incluso un fondo diminuto podía convertirse en ruido. Y el acero fabricado antes de la era atómica tenía una ventaja evidente: procedía de antes de que esos contaminantes artificiales existieran en el medio ambiente.
El Derfflinger vuelca
Barcos alemanes para la ciencia. Durante los años veinte y treinta, empresas de salvamento reflotaron y desguazaron buena parte de la flota de Scapa Flow, recuperando enormes cantidades de metal. Décadas después, el llamado low-background steel o acero de bajo fondo procedente de estructuras anteriores a la era nuclear encontró aplicaciones en blindajes para detectores de radiación, contadores corporales y determinados experimentos científicos donde reducir al mínimo la radiactividad del propio instrumental era fundamental.
Incluso se documentó el uso de acero de antiguos buques en instalaciones médicas y científicas: la cualidad que lo hacía especial no era una aleación secreta, sino haber sido fabricado en el momento adecuado de la historia.
En Xataka
Un búnker secreto nazi en Alemania esconde el tesoro más buscado en todo el planeta: cientos de toneladas de tierras raras
El tesoro que dejó de ser tan imprescindible. Hoy, la idea de que actualmente “nadie sabe fabricar” un acero equivalente al de antes es exagerada. El final de las grandes pruebas nucleares atmosféricas redujo progresivamente determinados contaminantes, el cobalto-60 decae con una vida media de unos 5,27 años y en la actualidad existen procedimientos para obtener materiales suficientemente limpios para muchas de estas aplicaciones sin tener que desguazar barcos centenarios.
Además, los siete grandes pecios de la flota alemana que permanecen en Scapa Flow están protegidos como patrimonio arqueológico. Si se quiere, la ironía queda así completa: von Reuter hundió sus barcos para que nadie pudiera aprovecharlos, la era nuclear convirtió parte de su acero en un recurso singular y, un siglo después, lo que queda de aquella flota se conserva precisamente para que nadie vuelva a llevárselo.
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La noticia
En 1919, Alemania hundió su propia flota para que no cayera en manos enemigas. La era nuclear convirtió sus restos en un tesoro inédito
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por
Miguel Jorge
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En 1919, Alemania hundió su propia flota para que no cayera en manos enemigas. La era nuclear convirtió sus restos en un tesoro inédito
Con el paso del tiempo, el tesoro de Scapa Flow ya no es tan imprescindible como llegó a ser
En 1919, Alemania tomó una decisión desesperada para impedir que los vencedores de la Primera Guerra Mundial se repartieran su flota: hundirla. En apenas unas horas, decenas de acorazados, cruceros y destructores desaparecieron bajo las aguas de Scapa Flow. Lo que nadie podía imaginar era que, 26 años después, el comienzo de la era nuclear transformaría parte del acero de aquellos barcos condenados en un material especialmente valioso para la ciencia.
Antes muerto que apresado. Tras el armisticio de noviembre de 1918, 74 buques de la Flota de Alta Mar alemana quedaron internados en Scapa Flow, al norte de Escocia, mientras los vencedores discutían qué hacer con ellos.
Francia e Italia querían repartirse parte de los barcos, mientras Reino Unido prefería evitar que reforzaran otras armadas. El contralmirante Ludwig von Reuter temía precisamente que aquellos gigantes acabaran navegando bajo bandera enemiga y decidió impedirlo por su cuenta.
Una orden para todos.Von Reuter llevaba semanas preparando el hundimiento y había hecho llegar instrucciones secretas a los comandantes, irónicamente utilizando incluso embarcaciones británicas para transportar parte de su correspondencia. La mañana del 21 de junio de 1919, buena parte de la fuerza británica abandonó Scapa Flow para realizar ejercicios y el alemán vio su oportunidad.
A las 10:30, desde el crucero Emden salió el mensaje en clave "Paragraph Eleven; confirm": los marineros comenzaron a abrir válvulas, tomas de mar, escotillas y portillos para inundar sus propios barcos.
Hundimiento de la flota alemana en Scapa Flow: el SMS Bayern, hundido por la popa
Cinco horas para desaparecer. Los británicos reaccionaron remolcando algunos barcos hasta aguas poco profundas y embarrancándolos antes de que desaparecieran, pero llegaron demasiado tarde para salvar la mayoría. De los 74 buques internados, 52 fueron hundidos, nueve marineros alemanes murieron y otros resultaron heridos cuando las fuerzas británicas intentaron detener la operación.
Von Reuter había conseguido su objetivo: evitar que buena parte de la flota se convirtiera en botín de guerra. Lo que había hecho también, sin saberlo, era mandar al fondo una enorme cantidad de acero fabricado en un mundo que estaba a punto de desaparecer para siempre.
Solo las superestructuras del Hindenburg permanecían sobre el agua
Algo inesperado. En 1945, las primeras detonaciones nucleares inauguraron una época en la que radionucleidos artificiales procedentes de pruebas y actividades nucleares comenzaron a formar parte del entorno. Para un puente, un coche o un edificio, las cantidades implicadas en determinados aceros resultaban irrelevantes.
Para algunos instrumentos capaces de medir niveles extraordinariamente pequeños de radiación, sin embargo, incluso un fondo diminuto podía convertirse en ruido. Y el acero fabricado antes de la era atómica tenía una ventaja evidente: procedía de antes de que esos contaminantes artificiales existieran en el medio ambiente.
El Derfflinger vuelca
Barcos alemanes para la ciencia. Durante los años veinte y treinta, empresas de salvamento reflotaron y desguazaron buena parte de la flota de Scapa Flow, recuperando enormes cantidades de metal. Décadas después, el llamado low-background steel o acero de bajo fondo procedente de estructuras anteriores a la era nuclear encontró aplicaciones en blindajes para detectores de radiación, contadores corporales y determinados experimentos científicos donde reducir al mínimo la radiactividad del propio instrumental era fundamental.
Incluso se documentó el uso de acero de antiguos buques en instalaciones médicas y científicas: la cualidad que lo hacía especial no era una aleación secreta, sino haber sido fabricado en el momento adecuado de la historia.
El tesoro que dejó de ser tan imprescindible. Hoy, la idea de que actualmente “nadie sabe fabricar” un acero equivalente al de antes es exagerada. El final de las grandes pruebas nucleares atmosféricas redujo progresivamente determinados contaminantes, el cobalto-60 decae con una vida media de unos 5,27 años y en la actualidad existen procedimientos para obtener materiales suficientemente limpios para muchas de estas aplicaciones sin tener que desguazar barcos centenarios.
Además, los siete grandes pecios de la flota alemana que permanecen en Scapa Flow están protegidos como patrimonio arqueológico. Si se quiere, la ironía queda así completa: von Reuter hundió sus barcos para que nadie pudiera aprovecharlos, la era nuclear convirtió parte de su acero en un recurso singular y, un siglo después, lo que queda de aquella flota se conserva precisamente para que nadie vuelva a llevárselo.