Opinión
En el nombre de Viberti Regala esta noticia Añádenos en Google Viberti, durante una visita a la antigua sede de SUR. (SUR)Jorge Alacid López
Valencia
18/06/2026 a las 00:09h.Perdonadme, pero yo nací con los cromos. Nací al fútbol en su versión impresa gracias a la magia depositada en aquellos sobres, aquellas estampas, que ... aliviaban las carencias que distinguían en esa materia a todo habitante de la España interior de mi mocedad. Logroño, años 70. Hasta la tienda de confianza llegaba esa sabrosa mercancía, que los domingos exigía la cita de rigor para el intercambio de cromos, que en mi caso llevaban casi siempre una imagen inolvidable: la imagen de Viberti. Así me aficioné a recitar de memoria la plantilla de aquel Málaga que tuvo como icono sin yo saberlo al futbolista de planta memorable, tan apuesto. Con su pinta muy bizarra, el pecho palomo, el pelazo indómito: un aspecto de jefe apache que me sedujo sin necesidad de verle nunca sobre el césped. No hacía falta.
Pasó el tiempo. En algún lugar del subconsciente, gracias a los superpoderes del dios del fútbol (o gracias a algún defecto congénito de mi atolondrado yo), seguía palpitando aquel recuerdo. Viberti, por supuesto. Pero también Deusto, Aráez, Macías… Sus nombres me acompañaban como un presagio dulce y paradójico, porque no hablaba del futuro: me devolvía a la infancia. Por entonces leí un artículo del escritor Javier Marías, quien reclamaba la autenticidad del superfútbol de los 70 basado en una teoría que hice mía sin dificultad: en aquellos nombres de los héroes de antaño anidaba una prosodia especial, una mística. Sus apellidos eran una manera de estar en el mundo. Marías citó a Enrique Wolf, futbolista de Las Palmas y el Real Madrid, que a su juicio tenía nombre de espía. Yo reparé en Viberti, que siempre me pareció el nombre más adecuado para protagonizar una novela. Una novela negra, oscura. Ese día tomé la decisión: cuando me animara a escribirla, al personaje central le llamaría así. Le llamaría Viberti.
Promesa cumplida. Pasó de nuevo el tiempo, caminé por la vida con esa idea crepitando en mi conciencia y llegó un momento en que vislumbré como en una fantasía la intención de escribir una historia forjada en la Transición, con un periodista de la época (huraño, misántropo, dipsómano por supuesto) al mando de las diferentes tramas que le atravesaban tanto a él como a la propia España, en esa hora crítica que vivían ambos. Un periodista llamado Viberti, que en 'Los seres queridos' se buscaba a sí mismo mientras desanudaba enigma tras enigma al frente de aquel diario de la anónima capital (de provincias) donde prestaba servicios.
Cayó en mis manos el libro de Daniel Barranquero dedicado a nuestro particular ídolo y sus legendarios zapatones, me sumergí a través de sus páginas en las andanzas de aquel futbolista memorable a quien jamás llegué a ver en calzón, volví a la carga con otra novela ('Las horas muertas': yo he venido a hablar de mis libros) y Viberti cabalgó de nuevo. No ha dejado de hacerlo, en realidad, durante casi medio siglo: desde aquellos cromos, su imagen me hace amena compañía. Es un amuleto que me invita a mirar por el rabillo del ojo cada fin de semana el resultado de su Málaga, que se convirtió también un poco en mío. Mi Málaga. Hace unos días, una amiga de visita en La Rosaleda me mandó la foto que ilustra uno de los corredores. Viberti me miraba, expectante supongo. Más bien me interrogaba: me pareció que se preguntaba conmigo si alguien estará hoy coleccionando los cromos de este Málaga que ambiciona la púrpura. Y yo le devuelvo la mirada apuntando hacia la posteridad: quiero pensar que habrá hoy algún chaval imaginando que el día de mañana escribirá sus propias páginas, ojalá que más luminosas que las mías. Y que su héroe se llamará Dotor, por ejemplo, y que Viberti estará orgulloso.
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