Es la hora del almuerzo, aprieta el calor de agosto y Ayoub Darkaoui, barbero de 16 años, se apoltrona bajo una sombrilla vestido con chándal verde del Real Madrid. Su grupo ha aprovechado una vieja tarima sobre un peñasco para montar su campamento, con apenas un colchón, una silla y una vieja alfombra de cuadros. «Somos cinco hermanitos», chapurrea en un limitadísimo castellano sobre su improvisada familia de peluqueros y costureros venidos de Tánger, todos aficionados al Real Madrid.
- ¿Os gusta Mbappé?
- No, no, ¡Vinicius!
Desde este improvisado mirador se ve a dos chavales que hacen volteretas y se carcajean mientras se tiran desde los islotes a un mar turquesa. La cala está desierta salvo por una quincena de jóvenes que echan aquí la tarde. Es un paraíso de tranquilidad que parece la cuenta de un influencer. Aunque la escena ignora lo que ocurre alrededor: los casi 10.000 inmigrantes apiñados en condiciones infrahumanas en los 19 kilómetros cuadrados de Ceuta, la extensión de la Casa de Campo de Madrid.
Pero los chavales aquí reunidos parecen capaces de exprimir unos instantes de felicidad incluso en el limbo cochambroso en el que habitan desde que cruzaron la frontera hace un mes. Pasan el día dormitando, chapoteando en el mar y aguardando a que las autoridades se hagan cargo de ellos. Lo hacen sin apenas información sobre sus derechos y su probable destino: parecen ignorar que todos, salvo los menores de edad y un puñado de receptores de asilo, están condenados a la expulsión.
Inmigrantes se tiran al mar en la playa ceutí de Sarchal.M .M.Metros más abajo, en unos tenderetes sobre la arena, encontramos a Kamel, argelino de 29 años, cabecilla de un grupo que se ha instalado desde el primer día en esta cala, ubicada junto a la antigua cárcel de mujeres. Son seis o siete robinsones que han construido un campamento distribuido en varias zonas: tendedero, cocina y unos jergones para dormir, además de un sitio en que juegan a las cartas. Muestran una exquisita educación cuando reciben visita: al sentarnos en las rocas para charlar, uno de ellos se apresura a poner un cartón como silla improvisada.
Kamel es un tipo espabilado que relata en impecable inglés su periplo de los últimos años. De Argelia llegó a Austria a través de Turquía, donde trabajó de cocinero y se echó novia. En 2024, la policía le devolvió a su país y, desde entonces, está obsesionado con regresar. El gran salto de hace un mes le pilló en Marruecos y no dudó en cruzar la frontera por segunda vez.
- ¿Por qué te quedas en Ceuta?
- La vida aquí es dura, sí, pero merece la pena intentarlo. De aquí no nos vamos: ¡Europa es mejor que África!
Horas más tarde, escribe por WhatsApp para agradecer la visita y contar las últimas novedades. «Una hora después de que os fuerais, vinieron unos militares y nos pegaron», cuenta. «A mí me dieron fuerte en la pierna, pero me encuentro bien».
La tubería en la que duermen durante el día, donde se amontonan sus pertenencias.M. M.Arriba, en la colina, se detecta movimiento. Escondida entre la maleza se ve una tubería de apenas un metro de diámetro. Al asomar la cabeza por ella, en la oscuridad aparece Said, de 22 años, frotándose los ojos de sueño. A su alrededor se amontonan colchones, zapatillas y mantas. «Dormimos aquí de día, porque por la noche vienen a pegarnos», explica haciendo gestos, mientras cuatro compañeros van apareciendo al fondo del túnel. «Porra, porra, porra», asienten todos, usando una de las pocas palabras en español que todos conocen.
La playa, así, se ha convertido en un pequeño oasis para la pandilla durante el día. También la usa como refugio Yasien, de 20 años. Tras varios intentos fallidos en castellano, usa el traductor de Google para contar su historia: es de Taounate, al sur de Alhucemas. Al ser el hijo mayor, trabaja desde los 10 años para sostener la precaria economía familiar, centrada en el cultivo de aceitunas, pero el 30 cruzó a Ceuta con un objetivo: «Cumplir mi sueño, si Alá quiere».
Se le encharcan los ojos cuando enseña fotos de su familia con su móvil. Su padre está gravemente enfermo y no sabe si volverá a verle. Pero está convencido de que, tarde o temprano, le darán los papeles de refugiado: «Sánchez, Sánchez», murmura. Cuando le explicamos que su probable destino es la expulsión, ya que es marroquí y mayor de edad, se queda perplejo, como si la información no cuadrara con sus planes. Antes de despedirse, insiste en intercambiar las cuentas de Instagram. En su perfil, hay un corazón rosa junto a la palabra walida: una forma afectuosa de decir madre. Y, en su nombre de usuario, luce un cambio desde que aterrizó en Ceuta. Ahora, junto a su nombre, hay una banderita de España.