Miércoles, 30 de septiembre de 2026 Mié 30/09/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

En la sombra de Gonzalo Suárez

En la sombra de Gonzalo Suárez
Artículo Completo 1,184 palabras
Tenía propensión a la desobediencia, a la libertad absoluta, libertaria, en la que se igualaba con grandes como Fellini y Haneke. Hay pocos escritores cineastas que sean ambas cosas y en ambas demuestren una fuerte personalidad. Más información: Muere el escritor, guionista y director de cine Gonzalo Suárez a los 92 años

Gonzalo Suárez en la pasada gala de los Premios Goya, donde recibió el Honorífico Europa Press

CineEn la sombra de Gonzalo Suárez

Tenía propensión a la desobediencia, a la libertad absoluta, libertaria, en la que se igualaba con grandes como Fellini y Haneke.

Hay pocos escritores cineastas que sean ambas cosas y en ambas demuestren una fuerte personalidad.

Más información:Muere el escritor, guionista y director de cine Gonzalo Suárez a los 92 años

Adolfo García Ortega Publicada 30 septiembre 2026 09:29h Síguenos

Con enorme pesar, ha llegado el momento de hablarle a la sombra contra la que Gonzalo Suárez siempre ha luchado, ya sea pugilística, ya sea literaria, la sombra de uno mismo contra la muerte, que se desdobla y se convierte en Jekyll y Mr Hyde, esa dupla inquietante que tanto lo fascinaba. Le hablo a la sombra que ha dejado tras su partida, y la sombra, como es de esperar, siempre responde, al menos la suya, porque era una sombra cargada de palabras tan ingeniosas como irremplazables. La sombra del artista, que es la sombra del ángel que se finge demonio.

Conocí a Gonzalo Suárez hace veintisiete años, pero lo admiraba desde mucho antes, desde que vi Epílogo y me pareció la obra que unía esas dos identidades permanentes en su autor: el cineasta, el escritor, la imagen y la palabra. A lo largo de todos estos largos años forjamos una amistad que se extendió a su mujer, Hélène Girard. Solíamos quedar a charlar casi a diario sobre las anécdotas de la vida, las películas, las novelas, el pasado y mil historias que nos regalábamos con vino y risas, a veces malévolas.

He leído sus libros y he visto sus películas. Hay pocos escritores cineastas que sean ambas cosas y en ambas demuestren una fuerte personalidad. De nuevo la sombra del doble aparece en su vida. En esa creatividad bífida lo que se impone es la voluntad de entender el artefacto, de tratar de hallar el mecanismo interior de las cosas, lo que es, en definitiva, una suma de historias. Historias que se adentran en otras historias, como pueden leerse en Las fuentes del Nilo, el volumen de todos sus relatos; y también lo son sus novelas, relatos circulares que buscan la salida para luego, cuando la encuentran, volver a entrar y empezar otra vez su laberinto.

Gonzalo Suárez, Goya de Honor 2026: un combate con su sombra

Como editor, en Seix Barral, le publiqué dos libros: La suela de mis zapatos, donde reunía una selección de sus artículos y entrevistas como periodista, usando el nombre de Martín Girard. Y la novela El síndrome de albatros. Él tenía debilidad por el primero, porque le llevaba a otra época de juventud dinámica, en la que se sentía libre y osado. También porque evidenciaba otra de sus obsesiones: el tiempo. Presentía el instante, al que solía identificar con la pincelada del pintor. El instante lo era todo, una especie de condena inevitable que dictaba la vida. Atraparlo se convirtió en una de sus señas artísticas.

Y luego estaba su propensión a la desobediencia, a la libertad absoluta, libertaria, en la que se igualaba con los grandes directores europeos, desde Fellini hasta Haneke, dueños de una mirada provocadora e insólita. Sin embargo, Gonzalo Suárez no se parecía a nadie: era una pieza única. Solía decir que no era partidario del gregarismo, no le gustaban las manadas, prefería irse cuando se le esperaba, detestaba ser masa y desconfiaba de lo que las masas hacen.

En su literatura, sus novelas y cuentos tienen ese rasgo de singularidad. En primer lugar, porque son obras literarias que no se parecen a ninguna otra de ningún autor.Gorila en Hollywood, El asesino triste, Ciudadano Sade, por poner algunos títulos, son historias sin parangón, en la trama y en el estilo. Tenía querencia por la novela negra, por el thriller, pero lo convertía en variantes de obras clásicas, donde los mitos y arquetipos convivían con la ironía y la paradoja. Porque Gonzalo Suárez disfrutaba del equívoco, del doble juego -Doble dos era una de sus novelas más ambiciosas-, de la pirueta infinita.

También rebuscó en su propia historia, para transformarla en ficción rocambolesca, donde la figura de Hamlet lo acompañó como una respuesta a sus incógnitas. Algunos de sus libros abordan lo autobiográfico con una melancolía de broma, como si se tratara de un sentimental furtivo. Ahí están esos libros magníficos y personales que son El hombre que soñaba demasiado, Con el cielo a cuestas -¡tan parisino!- y La musa intrusa, su último gran libro, del que, al terminar de leerlo, cuesta mucho contener la emoción.

Gonzalo Suárez dibuja sus asesinatos

Hicimos algunos viajes juntos, sobre todo a su casa de Asturias. Recuerdo en concreto un viaje a Llanes, los dos solos, en invierno, para inspirarnos y ver si de ahí podría salir algo, un guion, una novela. Salió el arranque de El síndrome de albatros y muchas partidas de billar, torpe yo, experto él. Recuerdo paseos por lugares marinos, entonces sin turistas, charlando sobre la lucha contra las palabras y sobre los diálogos con la muerte, porque le atraía ese imposible que lo deslumbró cuando vio El séptimo sello, deBergman, quizá su director implícito favorito.

Siempre he pensado que Gonzalo Suárez buscaba algo que nunca encontró. Hablábamos mucho del Rosebud de Ciudadano Kane, de Orson Welles, a quien conoció -¿pero a quién no conoció Gonzalo, desde Sam Peckinpah hasta Robbe-Grillet, pasando por Maurice Ronet y Ray Bradbury?-. ¿Cuál sería su Rosebud? Hace tiempo que le dije que buscaba siempre lo que no había, y que eso lo llevaba a seguir buscando sin descanso. Me dio la razón, pero añadía que a veces creía haberlo atrapado, pero no se acordaba cuándo.

Una vez concibió y creó una extraña escultura que consistía en una serie de espejos que se reflejaban unos en otros sin que hubiera nada entre ellos, sólo el reflejo en sí mismos. Eso era el infinito, decía. Ahora que no iremos más al Alabardero a beber y charlar sobre el estado de las cosas y a brindar por el don de la amistad, el infinito puede hacerse muy largo si no está él. Ya le echo de menos. Era un grande. Es un grande.

  1. Cine español
  2. Cine
  3. Gonzálo Suárez
NEWSLETTER - EL CULTURAL Todos los jueves un avance de los contenidos de la edición impresa Apuntarme De conformidad con el RGPD y la LOPDGDD, EL LEÓN DE EL ESPAÑOL PUBLICACIONES, S.A. tratará los datos facilitados con la finalidad de remitirle noticias de actualidad.
    Fuente original: Leer en El Español
    Compartir