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Política

Entre la prevención del suicidio y la legitimación de la muerte

Entre la prevención del suicidio y la legitimación de la muerte
Artículo Completo 4,401 palabras
La muerte de Noelia Castillo no puede reducirse sin más ni a la ejecución de una voluntad autónoma ni a la correcta aplicación de la Ley de regulación de la eutanasia. Obliga, más bien, a abrir un campo de cuestiones mucho más incómodo. Leer

El pasado 26 de marzo de 2026, la joven Noelia Castillo, de veinticinco años, moría en el Hospital Sant Camil de Sant Pere de Ribes, Barcelona, después de recibir la eutanasia. El relato, así expuesto, resume con total claridad todo lo acontecido en aquella habitación de hospital, sin embargo, lo que ya no resulta tan evidente, ni cabe en un titular, es todo lo que ese suceso encierra. Lo acaecido este jueves no remite únicamente a un desenlace luctuoso, ni puede erigirse, sin más, en epítome de la decisión individual o en la mera culminación de un procedimiento legal iniciado dos años antes en los tribunales de la ciudad condal. Remite, más bien, a una biografía devastada por el trauma, por una tentativa suicida previa, por la paraplejia resultante de ese intento y por un sufrimiento físico y psíquico vivido, subjetivamente, como extremo. 

Noelia no representa aquí un símbolo vacío ni una pieza al servicio de una causa ideológica. Lo ocurrido exige algo más que el mero posicionamiento automático y doctrinal. Exige detenimiento, reflexión y pensamientocrítico a raudales. El análisis profundo de esta contingencia no puede reducirse a una simple dicotomía maniquea, ni agotarse en la correcta aplicación de una ley ni en la invocación abstracta de una voluntad autónoma. Porque cuando una sociedad valida que ciertos sufrimientos pueden fundamentar el cierre de una vida, no se limita a resolver un caso singular, sino que traza una frontera moral y decide qué dolores deben seguir siendo sostenidos como tarea compartida y cuáles empiezan a leerse como concluyentes. Y esa decisión no afecta solo a quien muere, sino también a quienes cuidan, acompañan y sobreviven a la pérdida. Noelia no comparece aquí como una abstracción, sino como una biografía concreta, atravesada por la violencia, por la vulnerabilidad y por una devastación difícil de exagerar, lo que impide cualquier frivolidad y obliga a pensar despacio. Su historia, precisamente por concreta, no admite ser usada como una mera pieza retórica ni como un ejemplo disponible para confirmar convicciones previas. Exige, antes que nada, una lectura rigurosa de lo que pone en juego.

Lo ocurrido el 26 de marzo de 2026, a las 18.00 horas de la España peninsular, en aquella habitación del Hospital Residencial Sant Camil de Barcelona, no puede reducirse sin más ni a la ejecución de una voluntad autónoma ni a la correcta aplicación de la Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de la eutanasia. Obliga, más bien, a abrir un campo de cuestiones mucho más incómodo. Qué hace exactamente una sociedad cuando, ante determinados sufrimientos, deja de responder solo desde la lógica del cuidado y empieza a admitir que también puede hacerlo desde la lógica del final. Qué entiende por sufrimiento insoportable cuando acepta que esa expresión pueda tener consecuencias irreversibles. Qué valor real tienen las decisiones individuales cuando no nacen en el vacío, sino en medio de biografías quebradas, vínculos dañados y horizontes estrechados por el dolor. Y, sobre todo, qué ocurre con el trabajo moral, clínico y comunitario de quienes intentan prevenir el suicidio cuando una comunidad empieza a reconocer que, en ciertos casos, el dolor puede adquirir legitimidad suficiente para poner fin a una vida. Es precisamente ahí, en esa zona donde el lenguaje jurídico deja de bastar y donde la autosuficiencia de la autonomía empieza a mostrar sus límites, donde este caso se vuelve verdaderamente perturbador.

Noelia no representa un símbolo vacío ni una pieza al servicio de una causa ideológica. Lo ocurrido exige detenimiento, reflexión y pensamiento crítico

Es en esa inflexión donde este caso particular deja de ser solo el caso de Noelia Castillo y empieza a interpelarnos, a todos, acerca del modo en que una comunidad interpreta el sufrimiento, distribuye el cuidado y acaba fijando los límites de lo que considera una vida todavía sostenible. No tanto por lo excepcional de su biografía como por la lógica que su desenlace pone en circulación. Porque cuando una sociedad admite que un determinado sufrimiento puede fundamentar el final de una vida, ya no se limita a resolver una situación concreta, sino que fija una frontera moral y redefine, desde dentro de sí misma, qué dolores deben seguir siendo sostenidos como tarea compartida y cuáles empiezan a leerse como concluyentes. Y esa redefinición no afecta solo a quien muere. Afecta también a quienes quedan, a quienes cuidan, a quienes acompañan y a quienes, allí donde alguien solo alcanza a ver el final, insisten todavía en abrir una posibilidad distinta. Afecta, en último término, a todos aquellos que, desde su propia herida, podrían llegar a reconocerse en esa misma lógica y encontrar en ella una forma socialmente inteligible de nombrar su dolor.

Lo primero que conviene someter a examen es la forma en que apelamos a la autonomía. Decidir no es un acto que emerja en el vacío

Lo primero que conviene someter a examen, precisamente porque suele darse por supuesto sin apenas discusión, es la forma en que apelamos a la autonomía cuando tratamos de justificar decisiones de este tipo, como si el mero hecho de que alguien exprese de manera persistente un deseo bastara para clausurar cualquier interrogación ulterior sobre las condiciones en las que ese deseo se ha configurado. Porque decidir no es un acto que emerja en el vacío, ni una expresión pura de voluntad desligada de toda circunstancia, sino un proceso profundamente situado, atravesado por la historia personal, por las experiencias acumuladas, por el estado del cuerpo, por las relaciones, por la presencia o ausencia de vínculos significativos y, en no menor medida, por la forma en que el propio mundo se presenta ante quien decide.

Es ahí donde el problema adquiere una densidad que ya no puede quedar reducida a un enunciado jurídico, porque cuando el dolor se vuelve persistente, cuando deja de ser una experiencia acotada en el tiempo y empieza a configurar el horizonte mismo de la existencia, la percepción de las alternativas también se modifica, el futuro pierde su condición de apertura y comienza a experimentarse como mera prolongación de lo que ya se sufre, mientras la propia idea de continuar deja de vivirse como posibilidad para empezar a sentirse como carga. Y en ese contexto, hablar de decisión sin interrogar el modo en que ese mismo contexto ha estrechado el campo de lo posible resulta, cuando menos, insuficiente.

No se trata, desde luego, de negar la realidad del sufrimiento ni de deslizar una sospecha indiscriminada sobre quien lo padece. Hacer eso sería injusto y también torpe. Se trata de algo más exigente. De reconocer que existen situaciones en las que el deseo de dejar de vivir no puede ser leído sin más como un deseo autónomo de muerte en sentido estricto, sino como la expresión límite de otra cosa. De la necesidad de poner fin a un dolor que ha dejado de ser tolerable. Y es ahí donde la reflexión se vuelve verdaderamente incómoda, porque obliga a distinguir entre querer morir y querer dejar de sufrir. La diferencia, en el plano conceptual, puede formularse con nitidez. En la experiencia vivida, en cambio, aparece casi siempre mezclada, herida y trenzada de un modo mucho más difícil de desentrañar.

Existen situaciones en las que el deseo de dejar de vivir no puede ser leído sin más como un deseo autónomo de muerte, sino como la expresión límite de otra cosa. De la necesidad de poner fin a un dolor que ha dejado de ser tolerable

Sin embargo, incluso sobre un fondo tan grave como este, el debate público fue incapaz de estar a la altura. Porque apenas el caso adquirió visibilidad, la tragedia dejó de ser pensada en su complejidad para convertirse en materia de apropiación ideológica. De un lado, hubo quienes presentaron el desenlace casi como la confirmación ejemplar de un avance civil, como si la mera consumación de un derecho bastara para disipar toda inquietud moral y clausurar cualquier interrogación sobre las condiciones concretas en que esa decisión había madurado. Del otro, hubo quienes redujeron el caso a un arma de combate cultural, utilizándolo para impugnar en bloque la eutanasia y la ley que la regula, muchas veces con una retórica no menos empobrecedora. Entre unos y otros, lo que quedó arrasado fue lo esencial. La singularidad trágica del caso. La densidad del sufrimiento. La incomodidad de las preguntas verdaderamente difíciles.

Pero si hay un espacio que aquí merece una crítica especialmente severa, ese es, sin duda, el espacio que ocupa cierta izquierda política y mediática que, mientras proclama una preocupación constante por la salud mental, por el sufrimiento psíquico y por la prevención del suicidio, pareció celebrar este desenlace en términos poco menos que triunfales, como si en él se consumara una victoria incontestable de la libertad de elección. Y ahí la contradicción se vuelve demasiado visible como para ser ignorada. Porque no se puede sostener con seriedad, al menos no sin incurrir en una profunda incoherencia moral, que el sufrimiento debe ser prevenido, acompañado y contenido cuando adopta la forma de crisis suicida, y al mismo tiempo despachar como retrógrada, oscurantista o moralmente sospechosa toda pregunta crítica cuando ese mismo sufrimiento comparece en un caso de eutanasia atravesado por antecedentes de tentativa suicida, trauma extremo, dolor físico y devastación biográfica.

Nada de esto obliga, por supuesto, a compartir la estrategia seguida por el padre ni las alianzas jurídicas a las que recurrió, después de haber logrado ya en 2024, con el apoyo de la asociación Abogados Cristianos, tumbar una primera resolución favorable a la eutanasia de Noelia. Pero la pobreza del debate alcanzó tal nivel que, en no pocos discursos, bastó con invocar ese vínculo con determinados entornos conservadores para restar de inmediato toda legitimidad a su posición, como si la procedencia ideológica o el acompañamiento legal bastaran por sí solos para invalidar las preguntas de fondo. Y no. Una cosa es discutir la posición del padre, sus motivos, su estrategia o sus marcos de interpretación, y otra, muy distinta, es convertir todo eso en coartada para no pensar, en excusa para no mirar de frente la perturbación ética que este caso introduce o en mecanismo de autoprotección ideológica para no reconocer que aquí no estamos ante una consigna, sino ante una herida abierta en el corazón del sistema.

Ahí es donde una parte de la izquierda queda particularmente mal situada. No por defender la vigencia de la ley, que es evidente, ni por recordar que existe un marco jurídico que ampara determinadas decisiones, sino por deslizarse con excesiva facilidad desde la defensa de un derecho hacia la celebración política de un desenlace trágico. Como si la invocación de la autonomía bastara para volver irrelevantes todas las mediaciones del dolor. Como si la expresión "libertad de elección" pudiera pronunciarse aquí de forma limpia, autosuficiente, desprendida de las condiciones materiales, afectivas, clínicas y biográficas en las que esa elección se fue configurando. Como si bastara con decir derecho para que el sufrimiento dejara de interpelarnos. Como si una sociedad pudiera salir moralmente indemne de presentar como emblema de emancipación la muerte asistida de una joven rota por el trauma, por el dolor y por una tentativa suicida previa.

Aquí no estamos ante una consigna, sino ante una herida abierta en el corazón del sistema

Ese es, en el fondo, el verdadero núcleo incómodo del caso. No solo lo que una ley permite, ni únicamente lo que una persona pide, ni siquiera lo que un tribunal avala. Lo verdaderamente incómodo es la facilidad con la que nuestro tiempo corre el riesgo de convertir determinadas derrotas del cuidado en relatos de conquista. La rapidez con la que puede confundirse compasión con ratificación, acompañamiento con desistimiento, respeto con renuncia. Y por eso este caso no debería cerrarse ni con una celebración autocomplaciente ni con una condena automática. Debería, más bien, obligarnos a pensar si no estamos empezando a denominar libertad, en ciertos supuestos extremos, a todo aquello que, quizá, se parece demasiado al modo institucionalmente aceptable de abandonar a alguien a la lógica final de su sufrimiento.

Llegados a este punto, la cuestión ya no puede pensarse solo en términos jurídicos ni resolverse con la invocación casi ritual de la autonomía. Desde hace décadas, la suicidología viene advirtiendo de algo esencial que aquí no debería ser desplazado. Que en muchos casos el núcleo de la voluntad de morir no reside en un deseo puro, limpio y autosuficiente de muerte, sino en la vivencia de un dolor que se vuelve insoportable hasta estrechar radicalmente el horizonte de la existencia. Edwin Shneidman lo formuló al hablar del psychache, entendido como ese sufrimiento psíquico, sostenido en el tiempo, que lleva a que la muerte se anhele, no como fin, sino como medio para dejar de sufrir.

En esa misma línea Aaron Beck postulo que en la desesperanza intensa no solo cambia lo que una persona piensa, sino que modifica la estructura misma con la que interpreta la realidad. El futuro se bloquea, las alternativas se apagan, el mundo pierde apertura y determinadas conclusiones empiezan a parecer inevitables. Por eso, cuando alguien expresa de forma persistente su voluntad de morir, la cuestión no puede agotarse en la mera constatación de ese deseo. La verdadera cuestión es cómo se ha configurado, desde qué herida ha tomado forma y de qué modo el dolor ha ido cerrando el mundo hasta hacer que la muerte aparezca, desde dentro, no como un acto de libertad serena, sino como la única salida todavía pensable.

Es precisamente ahí donde el caso de Noelia Castillo deja al descubierto una contradicción que el sistema y una parte del debate político prefieren recubrir con fórmulas tranquilizadoras. Porque durante años se nos ha dicho, desde el ámbito clínico, educativo y comunitario, que cuando una persona deja de ver alternativas, cuando el sufrimiento ocupa todo el espacio psíquico y cuando la muerte empieza a adquirir una lógica interna, la tarea ética consiste en contener, acompañar, abrir posibilidades, sostener vínculos, ofrecer tiempo y resistir el cierre que impone el dolor. Sin embargo, cuando ese mismo proceso comparece bajo el amparo de la eutanasia, se nos pide no solo que lo aceptemos como jurídicamente legítimo, sino que en determinados discursos lleguemos incluso a celebrarlo como emblema de emancipación y victoria de la libertad de elección.

Tal vez, lo que aquí se está consagrando no es únicamente una libertad sino también una derrota del cuidado convertida en relato públicamente aceptable

La incoherencia, aquí se vuelve demasiado visible. No se puede defender con solemnidad la prevención del suicidio, especialmente entre jóvenes y personas atravesadas por la desesperanza, y al mismo tiempo presentar sin verdadero temblor crítico como conquista moral un caso marcado por trauma extremo, tentativa suicida previa, dolor físico, sufrimiento psíquico y devastación biográfica. Lo inquietante no es solo esa contradicción. Lo verdaderamente inquietante es la facilidad con que se la recubre de lenguaje progresista para no admitir que, tal vez, lo que aquí se está consagrando no es únicamente una libertad, sino también una derrota del cuidado convertida en relato públicamente aceptable.

Es justo al abrirse esa grieta cuando el problema deja de ser técnico, clínico o jurídico para convertirse en algo que interpela directamente a la coherencia de la comunidad, porque si, por un lado, sostenemos que el sufrimiento que conduce al pensamiento de muerte debe ser contenido, acompañado y trabajado como una experiencia que no puede decidir por completo sobre la vida, y, por otro, admitimos que ese mismo sufrimiento, bajo determinadas condiciones, puede adquirir una validación suficiente para fundamentar el final, entonces la diferencia no puede residir únicamente en la estructura del dolor ni en la forma en que este es vivido, sino en los marcos desde los que ese dolor es interpretado, lo cual introduce una tensión que no siempre se explicita y que, sin embargo, resulta decisiva.

Al hilo de ese alegato casi litúrgico al respeto irrestricto de la voluntad individual de morir, se ha desacreditado con demasiada facilidad la postura de la familia de Noelia, y muy especialmente la del padre, como si su resistencia no fuera más que una injerencia ilegítima en una decisión estrictamente privada. Pero esa lectura solo se sostiene al precio de una ficción moral bastante grosera. La ficción de que la muerte voluntaria, ya sea en la eutanasia o en el suicidio, no arrastra consecuencias públicas, afectivas, simbólicas y comunitarias.

La ficción de que basta con invocar la autonomía para clausurar toda obligación de pensar. Y, sobre todo, la ficción de que existe algo así como una libertad plena allí donde operan con toda su fuerza condicionantes biopsicosociales que estrechan, orientan y limitan sustancialmente la voluntad. Spinoza lo vio con una lucidez que todavía incomoda; los hombres se creen libres porque conocen sus deseos, pero ignoran las causas que los determinan. Convertir, por tanto, la decisión de morir en emblema transparente de soberanía individual, sin atender al trauma, al dolor, a la desesperanza y al modo en que todo ello reconfigura el campo de lo posible, no es sofisticar el debate. Es empobrecerlo hasta extremos irresponsables.

Además, hay una ironía cruel en todo esto. Porque si aceptamos el lenguaje propio de la suicidología, los allegados de quien muere como consecuencia de un suicidio, entiéndase aquí como esa voluntad de darse muerte como vía de escape ante un sufrimiento insostenible, pasarían a formar parte de ese grupo humano conocido como supervivientes. También ellos quedarán devastados por la pérdida, también ellos cargarán con el después, también ellos habrán de convivir con la culpa, con la impotencia, con la pregunta interminable de si pudo hacerse algo más. De modo que la cuestión no es solo si tenían derecho a intervenir, a resistirse o a no aceptar sin más el desenlace. La cuestión es qué hará ahora el sistema con ellos. Qué atención recibirán cuando queden sumidos en el dolor más íntimo y desestructurante, si serán reconocidos como sujetos dignos de acompañamiento o si, por el contrario, se les hará pagar su disidencia expulsándolos incluso del duelo legítimo, es más, ahora que el dolor les atravesará de por vida ¿contarán con el mismo respaldo legal si, presos por un dolor subjetivo inenarrable, decidieran poner fin a su sufrimiento solicitando el mismo trato legal que recibiera Noelia? Lo cierto es que una sociedad que dice tomarse en serio el sufrimiento no puede desentenderse de quienes sobreviven a una muerte así solo porque esa muerte haya sido jurídicamente autorizada. La ley podrá cerrar un procedimiento, pero no cierra, ni de lejos, la herida que deja.

Y todavía queda una pregunta más, quizá la más incómoda de todas, porque ya no remite solo al caso de Noelia Castillo ni a su familia, sino al mensaje que una sociedad empieza a emitir cuando convierte determinados desenlaces en hitos de legitimación pública. Qué escuchan, qué interpretan, qué incorporan simbólicamente aquellas personas, y muy especialmente aquellos jóvenes, que hoy viven sumidos en el dolor, atrapados en contextos que perciben como asfixiantes, reducidos por esa visión de túnel en la que el sufrimiento parece absoluto y el futuro ha dejado de ofrecerse como promesa. Porque en esos estados la percepción no opera con la amplitud de quien contempla la vida desde fuera del abismo, sino desde una subjetividad estrechada, urgida, herida, para la que incluso un dolor potencialmente transitorio puede presentarse con apariencia de destino definitivo.

Queda una pregunta más, quizá la más incómoda de todas. Qué escuchan, qué interpretan, qué incorporan simbólicamente aquellas personas que hoy viven sumidos en el dolor

Si el espacio público empieza a transmitir que, bajo ciertas condiciones, la muerte puede llegar a ser reconocida como una salida legítima frente a lo insoportable, entonces la cuestión del precedente no puede ser descartada con ligereza. No porque todo caso sea idéntico ni porque toda biografía responda al mismo patrón, sino porque los marcos culturales importan, los relatos socialmente validados importan, y también importa lo que una comunidad deja entrever cuando, frente al sufrimiento radical, ya no solo promete ayuda, contención y tiempo, sino que empieza a admitir que el final puede formar parte de las respuestas imaginables. Es en esta disyuntiva donde el problema deja de ser estrictamente individual y adquiere una dimensión colectiva de enorme gravedad, porque lo que está en juego no es solo una decisión concreta, sino el horizonte moral que se ofrece a quienes todavía están luchando por no rendirse.

No es, por tanto, únicamente el desenlace de un caso lo que aquí debería inquietarnos, sino el tipo de gramática moral que una sociedad empieza a normalizar cuando, frente a determinados sufrimientos, deja de hablar solo el lenguaje del cuidado, de la contención y del acompañamiento, y empieza también a familiarizarse con el del final legítimo. Porque las comunidades no se definen únicamente por las leyes que aprueban ni por los derechos que reconocen, sino también por el modo en que interpretan el dolor, por las respuestas que convierten en imaginables y por los significados que van sedimentando en el espacio público. Y cuando ese espacio público empieza a transmitir, siquiera de forma implícita, que bajo ciertas condiciones la muerte puede ser social, jurídica y moralmente reconocida como salida frente a lo insoportable, entonces lo que se altera no es solo el destino de un caso singular, sino el horizonte simbólico desde el que otros muchos, especialmente quienes viven sumidos en la desesperanza, pueden llegar a leer su propia herida. No porque toda biografía sea equivalente ni porque todo sufrimiento responda al mismo patrón, sino porque los marcos culturales importan, las legitimaciones públicas importan y también importa aquello que una sociedad sugiere cuando, frente al sufrimiento radical, ya no solo promete ayuda, tiempo y sostén, sino que empieza a dejar entrever que la clausura de la vida puede formar parte del repertorio de respuestas aceptables.

Quizá la pregunta más importante no sea solo qué derecho se ha ejercido, sino qué idea del ser humano, del sufrimiento, de la libertad y de la responsabilidad compartida queda en pie después de ello

Ahí es donde este caso deja de ser únicamente una controversia jurídica, un conflicto familiar o una disputa ideológica, y se convierte en una reflexión mucho más severa sobre nosotros mismos. Sobre nuestra capacidad real para sostener vidas heridas sin precipitarnos hacia soluciones limpias allí donde todo es humanamente desgarrado. Sobre la consistencia de un discurso público que proclama la necesidad de prevenir el suicidio, especialmente entre jóvenes y personas atrapadas en contextos de sufrimiento intenso, y que, sin embargo, parece incapaz de reconocer la contradicción que emerge cuando un dolor no menos devastador comparece bajo otra cobertura legal y simbólica. Sobre la ligereza con la que se invoca la autonomía allí donde operan, con toda su fuerza, condicionantes biográficos, psíquicos, relacionales y sociales que estrechan sustancialmente el campo de lo posible. Y también sobre la facilidad con la que cierta cultura política, en nombre del progreso, confunde a veces respeto con desistimiento, compasión con ratificación y emancipación con la administración jurídicamente impecable de una derrota del cuidado.

Nada de esto obliga a negar la complejidad del caso, ni a refugiarse en simplificaciones morales, ni a desconocer el sufrimiento de quien pidió morir. Obliga, más bien, a no aceptar demasiado deprisa que todo lo legal agota lo legítimo, que toda voluntad expresada en condiciones extremas equivale sin resto a una libertad plena y que toda muerte autorizada puede elevarse sin incomodidad a símbolo de conquista civil.

Quizá la pregunta más importante no sea solo qué derecho se ha ejercido, sino qué idea del ser humano, del sufrimiento, de la libertad y de la responsabilidad compartida queda en pie después de ello. Qué lugar reserva una sociedad para quienes ya no pueden sostenerse. Qué hace con quienes sobreviven a una muerte así y quedan condenados a cargar con su onda expansiva. Y qué mensaje termina enviando a todos aquellos que, desde su propia visión de túnel, siguen luchando cada día por no rendirse. Tal vez sea precisamente ahí, en esa zona en la que ninguna consigna basta y ninguna celebración debería resultar del todo limpia, donde convendría dejar abierta la reflexión. No para clausurarla con una certeza más, sino para impedir que el lenguaje del progreso nos acostumbre, sin apenas advertirlo, a llamar libertad a aquello que quizá se parece demasiado a la forma más aceptable, más pulcra y legitima de no haber sabido sostener una vida herida.

¡Descansa en paz Noelia!

Iker Peregrina Rey es suicidólogo
Aquí puede acceder al ensayo íntegro del autor

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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