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Eric Vuillard: «La irreverencia ha desaparecido de nuestras sociedades»

Eric Vuillard: «La irreverencia ha desaparecido de nuestras sociedades»
Artículo Completo 2,026 palabras
A Eric Vuillard (Lyon, 1968) le tiras una pregunta y te devuelve un ensayo, por eso siempre se presenta en las entrevistas pertrechado con sus carpetas llenas de documentos y fotografías y esquemas: sabe que su literatura está en los detalles, en el gesto exacto de ajustarse las gafas para consultar algo. Premio Goncourt en 2017 por 'El orden del día', autor de 'La guerra de los pobres' y 'Una salida honrosa', entre otros, publica en España 'Los desesperados' (Tusquets), su muy particular visión de la vida de Billy el Niño, una deconstrucción del mito y, a la vez, una muy breve historia de la democracia estadounidense. Vuillard ha roto los convencionalismos del género histórico, pues siempre escribe breve y desde un revisionismo que ha convertido en marca personal.—¿Qué hace un autor francés como usted reescribiendo la historia de un forajido estadounidense como Billy el Niño?—Yo nunca decido que voy a escribir sobre tal o cual tema, es algo que me impone la escritura misma y la vida. Hace mucho que me interesa la historia de Estados Unidos, muy particularmente el final del siglo XIX, que es cuando se cimenta la democracia y el capitalismo. Pero este libro viene, en realidad, de la fotografía de la cubierta, donde vemos a Jesse Evans, compañero de armas de Billy el Niño, con una joven de la que no sabemos el nombre. Hay en esa imagen una forma de insolencia muy particular, casi inédita, desconocida: la forma en la que miran a cámara, la sonrisa de ella, que sujeta el arma... Esa insolencia me atrajo como un imán, porque hoy vivimos una época en la que la insolencia es muy débil, muy endeble. De hecho, la última vez que vimos esa insolencia en la sociedad francesa fue en mayo del 68, con los estudiantes desafiando a las fuerzas del orden con una irreverencia que ha desaparecido de la sociedad hoy en día. A partir de ahí vino todo lo demás.—¿Por qué hemos dejado de ser insolentes? ¿Qué hemos perdido?—La insolencia no es solo una producción individual, es también una producción social. En la época de Billy el Niño la violencia tiene un estatuto ambiguo. Es a la vez ya la violencia de los poderosos, pero es también, y todavía, la violencia de los huérfanos, de los marginados, de los desamparados. De ahí la posibilidad de esa insolencia: durante un instante, a escala de los siglos, los pequeños maleantes van a poder disfrutar de una libertad inédita. Mientras que hoy en día es todo lo contrario. La concentración del capital hace que la insolencia, la poca insolencia que hay, o arrogancia en este caso esté del lado del poder. Tuvimos un ejemplo de ello estos días, cuando el presidente de los Estados Unidos publicó en su propia red social –lo cual ya de por sí es arrogante, tener tu red social– un mapa del mundo en el que se ve la bandera de los Estados Unidos ondeando sobre buena parte del hemisferio norte. Ahí está la arrogancia, la insolencia. Lo terrible es que la insolencia dice siempre algo verdadero.«La última vez que la sociedad francesa fue insolente fue en mayo del 68»—¿Vivimos en una época demasiado obediente?—Cuando uno mira, por ejemplo, lo que ha pasado en los Estados Unidos, cómo el ICE ha tratado no solo a los migrantes, sino también a todo tipo de gente, se ve que es muy difícil desobedecer, que es peligroso. Por eso insisto en que la insolencia solo puede ser una producción colectiva, en realidad. No son ocasiones que uno mismo pueda decretar. Es algo que se produce en la historia y que pertenece a la mayoría. Pero sí, tener una especie de reserva de desobediencia quizá no sea inútil hoy.—Volvamos a Billy el Niño. De él apenas tenemos certezas, y de hecho pareciera que su vida empiece con su primer asesinato, a los 17 años.—En el libro intento denunciar el mito, ver a través de él, y cuando lo haces muy pronto te das cuenta de que no sabemos nada sobre Billy. Su fecha de nacimiento es incierta, el nombre de sus padres también. En cuanto te acercas de verdad a un hecho de su biografía, enseguida se disipa como en humo. Ni siquiera tiene un nombre verdadero, puesto que tiene varios. Así que nada es seguro, nada es suyo, como sucede con los más pobres. Pero ver América desde Billy es verla desde lo más abajo; es, a la vez, un mito fundacional, pero al mismo tiempo es lo más bajo de la sociedad americana, su suelo. Por eso es interesante. Diría que el 'Lazarillo de Tormes' es algo similar para España: es verla desde lo más bajo. Y del mismo modo que la Inquisición produjo una versión expurgada y modificada del 'Lazarillo', América produjo un mito con Billy. Es algo que ha sucedido muchas veces en la historia de la literatura…—Continúe...—Pensemos en 'La Odisea': todo empieza con Ulises. Y él es un rey, pero cuando vuelve a Ítaca lo hace bajo la figura de un mendigo. Y no sin razón. No es solo una filigrana narrativa, es porque aquella era la única manera para él de ver de verdad cómo estaba la corte de Ítaca. Era la única manera para él de ver la realidad. Si se hubiera manifestado como rey, le habrían mentido. Habría visto una versión maquillada de la situación. Solo quien vuelve a su propia corte como alguien que no tiene ningún poder y que no tiene nada puede ver hasta qué punto se ha corrompido su reino. Porque el poder ciega, evidentemente. Y se puede decir que aquí hay una especie de epistemología mínima, pero muy fuerte, que atraviesa toda la historia de la literatura. Y que, por supuesto, después de la Revolución Francesa, en el siglo XIX, se vuelve aún más fuerte. La figura del precario, del huérfano, se vuelve de pronto muy importante. Lo vemos bien en el personaje de Heathcliff, de 'Cumbres borrascosas'. Y del mismo modo la obra de Dickens está enteramente ocupada por los huérfanos. Y en 'Los miserables' tenemos a Gavroche, un niño abandonado, un huérfano social.«Cuando Ulises vuelve a casa lo hace como mendigo, porque es la única forma de ver la realidad. Si hubiera llegado como rey le habrían mentido»—¿Por qué nos fascinan tanto los forajidos, los ladrones, los piratas?—El robo viene a violentar la propiedad, no solo a los propietarios, sino el concepto mismo de propiedad, que como dijo Rousseau es el mito problemático y fundador de la sociedad civil. Por eso soñamos con el ladrón, y tal vez por eso jugamos de niños a ladrones y policías: porque el robo hace que todo se tambalee. Y además, lo interesante es la ambigüedad del robo. Yo quería sacar a Billy del perímetro demasiado cerrado del wéstern. Porque el wéstern encierra todo eso en un perímetro moral: el duelo, problemas de honor, problemas de amistad… Cuando sales de ahí ves que Billy robaba algunas vacas, algunos caballos, pero también ves que hay un terrateniente que poseía cien mil cabezas de ganado, entre las cuales había muchísimo ganado robado: su marca para las reses, de hecho, estaba diseñada para borrar las demás. Y si ampliamos la perspectiva, y para eso se escribe, para ampliar la perspectiva, vemos que en ese momento se estaba teorizando la idea de competencia económica. Y sin embargo, cuando me asomaba a los hechos, veía que la competencia solo regía los pequeños cowboys, los pequeños golfos, los desperados. En cambio, entre los terratenientes regía el monopolio; en este caso, en el Condado de Lincoln, el monopolio de The House.—Su obra suele calificarse como literatura documental o literatura de no ficción. ¿Le gusta la etiqueta o le molesta?—Creo que la literatura siempre ha tenido una dimensión documental. Cuando Dickens hace decir a un personaje «odio ser pobre», ahí hay una verdad sobre la situación económica de quien lo pronuncia en ese momento. Y de alguna manera hay ahí un componente documental, si se quiere, extremadamente fuerte, al que la historia de la literatura ha denominado realismo… En el fondo, el problema de esas categorías de ficción, no ficción, etcétera, es que nos vienen de Estados Unidos. Y no son calificaciones neutras. Cuando se dice que un libro es una ficción, una novela, se la inserta en la gran historia de la literatura, pero a cambio parece que nos dicen que lo que nos cuenta es ficticio y por tanto, y de algún modo, algo sin importancia. Nos dice que está ahí solo para hacernos soñar. Por otro lado, si de un libro se dice que es un libro documental, entonces se le separa un poco de la literatura: se nos dice que lo que cuenta es verdad, pero que no es gran arte. Y además, en ese caso, se le pueden pedir cuentas ante la justicia... Esas categorías norteamericanas tienen que ver con el derecho, con bufetes de abogados. Yo prefiero las viejas categorías convencionales e inocentes, o casi inocentes, de novela, poesía y teatro. Y digamos que, dentro de esas categorías, yo llamo a mis libros 'récits', relatos, una variedad de literatura cercana a la novela que insiste, en mi caso, en una agravación del realismo.«Las categorías de ficción y no ficción vienen de Estados Unidos y no son neutras, tienen que ver con el derecho, con bufetes de abogados»—Por cierto, la última vez que hablamos me dijo que la ficción ya no bastaba para contar la realidad. ¿Sigue pensando lo mismo?—Sí, creo incluso que de ahí parte la literatura misma: el ‘Lazarillo’ es precisamente un intento extremadamente radical, extremadamente fuerte y sabio, en realidad, de intentar hacernos tangible la miseria de la mayoría. Y en la historia de la literatura toda hay una veta muy importante que tiene, en el fondo, ese mismo propósito: intentar encontrar medios, que pueden ser extremadamente distintos, para hacernos accesible ese aspecto de la realidad que se nos escapa y que es fundamental. Sí… creo que la imaginación es insuficiente, en el sentido de que intentar imaginar un universo inexistente, bueno, se puede hacer, uno puede divertirse y distraerse, pero ya sabemos lo que significa la palabra distracción: estar distraído es precisamente no prestar atención a lo esencial. Es mirar a otro lado. Cuando terminé el libro, de hecho, volví a pensar en esa película, en el principio de ‘Hiroshima mon amour’, cuando vemos frascos con seres que han sido deformados por las radiaciones, fotografías de cadáveres, de la ciudad en ruinas, y escuchamos, una y otra vez, una frase que se repite: «Tú no has visto nada en Hiroshima». Esa es la idea de fondo de todo proyecto literario.

A Eric Vuillard (Lyon, 1968) le tiras una pregunta y te devuelve un ensayo, por eso siempre se presenta en las entrevistas pertrechado con sus carpetas llenas de documentos y fotografías y esquemas: sabe que su literatura está en los detalles, en el gesto exacto ... de ajustarse las gafas para consultar algo. Premio Goncourt en 2017 por 'El orden del día', autor de 'La guerra de los pobres' y 'Una salida honrosa', entre otros, publica en España 'Los desesperados' (Tusquets), su muy particular visión de la vida de Billy el Niño, una deconstrucción del mito y, a la vez, una muy breve historia de la democracia estadounidense. Vuillard ha roto los convencionalismos del género histórico, pues siempre escribe breve y desde un revisionismo que ha convertido en marca personal.

—¿Qué hace un autor francés como usted reescribiendo la historia de un forajido estadounidense como Billy el Niño?

—Yo nunca decido que voy a escribir sobre tal o cual tema, es algo que me impone la escritura misma y la vida. Hace mucho que me interesa la historia de Estados Unidos, muy particularmente el final del siglo XIX, que es cuando se cimenta la democracia y el capitalismo. Pero este libro viene, en realidad, de la fotografía de la cubierta, donde vemos a Jesse Evans, compañero de armas de Billy el Niño, con una joven de la que no sabemos el nombre. Hay en esa imagen una forma de insolencia muy particular, casi inédita, desconocida: la forma en la que miran a cámara, la sonrisa de ella, que sujeta el arma... Esa insolencia me atrajo como un imán, porque hoy vivimos una época en la que la insolencia es muy débil, muy endeble. De hecho, la última vez que vimos esa insolencia en la sociedad francesa fue en mayo del 68, con los estudiantes desafiando a las fuerzas del orden con una irreverencia que ha desaparecido de la sociedad hoy en día. A partir de ahí vino todo lo demás.

—¿Por qué hemos dejado de ser insolentes? ¿Qué hemos perdido?

—La insolencia no es solo una producción individual, es también una producción social. En la época de Billy el Niño la violencia tiene un estatuto ambiguo. Es a la vez ya la violencia de los poderosos, pero es también, y todavía, la violencia de los huérfanos, de los marginados, de los desamparados. De ahí la posibilidad de esa insolencia: durante un instante, a escala de los siglos, los pequeños maleantes van a poder disfrutar de una libertad inédita. Mientras que hoy en día es todo lo contrario. La concentración del capital hace que la insolencia, la poca insolencia que hay, o arrogancia en este caso esté del lado del poder. Tuvimos un ejemplo de ello estos días, cuando el presidente de los Estados Unidos publicó en su propia red social –lo cual ya de por sí es arrogante, tener tu red social– un mapa del mundo en el que se ve la bandera de los Estados Unidos ondeando sobre buena parte del hemisferio norte. Ahí está la arrogancia, la insolencia. Lo terrible es que la insolencia dice siempre algo verdadero.

«La última vez que la sociedad francesa fue insolente fue en mayo del 68»

—¿Vivimos en una época demasiado obediente?

—Cuando uno mira, por ejemplo, lo que ha pasado en los Estados Unidos, cómo el ICE ha tratado no solo a los migrantes, sino también a todo tipo de gente, se ve que es muy difícil desobedecer, que es peligroso. Por eso insisto en que la insolencia solo puede ser una producción colectiva, en realidad. No son ocasiones que uno mismo pueda decretar. Es algo que se produce en la historia y que pertenece a la mayoría. Pero sí, tener una especie de reserva de desobediencia quizá no sea inútil hoy.

—Volvamos a Billy el Niño. De él apenas tenemos certezas, y de hecho pareciera que su vida empiece con su primer asesinato, a los 17 años.

—En el libro intento denunciar el mito, ver a través de él, y cuando lo haces muy pronto te das cuenta de que no sabemos nada sobre Billy. Su fecha de nacimiento es incierta, el nombre de sus padres también. En cuanto te acercas de verdad a un hecho de su biografía, enseguida se disipa como en humo. Ni siquiera tiene un nombre verdadero, puesto que tiene varios. Así que nada es seguro, nada es suyo, como sucede con los más pobres. Pero ver América desde Billy es verla desde lo más abajo; es, a la vez, un mito fundacional, pero al mismo tiempo es lo más bajo de la sociedad americana, su suelo. Por eso es interesante. Diría que el 'Lazarillo de Tormes' es algo similar para España: es verla desde lo más bajo. Y del mismo modo que la Inquisición produjo una versión expurgada y modificada del 'Lazarillo', América produjo un mito con Billy. Es algo que ha sucedido muchas veces en la historia de la literatura…

—Pensemos en 'La Odisea': todo empieza con Ulises. Y él es un rey, pero cuando vuelve a Ítaca lo hace bajo la figura de un mendigo. Y no sin razón. No es solo una filigrana narrativa, es porque aquella era la única manera para él de ver de verdad cómo estaba la corte de Ítaca. Era la única manera para él de ver la realidad. Si se hubiera manifestado como rey, le habrían mentido. Habría visto una versión maquillada de la situación. Solo quien vuelve a su propia corte como alguien que no tiene ningún poder y que no tiene nada puede ver hasta qué punto se ha corrompido su reino. Porque el poder ciega, evidentemente. Y se puede decir que aquí hay una especie de epistemología mínima, pero muy fuerte, que atraviesa toda la historia de la literatura. Y que, por supuesto, después de la Revolución Francesa, en el siglo XIX, se vuelve aún más fuerte. La figura del precario, del huérfano, se vuelve de pronto muy importante. Lo vemos bien en el personaje de Heathcliff, de 'Cumbres borrascosas'. Y del mismo modo la obra de Dickens está enteramente ocupada por los huérfanos. Y en 'Los miserables' tenemos a Gavroche, un niño abandonado, un huérfano social.

«Cuando Ulises vuelve a casa lo hace como mendigo, porque es la única forma de ver la realidad. Si hubiera llegado como rey le habrían mentido»

—¿Por qué nos fascinan tanto los forajidos, los ladrones, los piratas?

—El robo viene a violentar la propiedad, no solo a los propietarios, sino el concepto mismo de propiedad, que como dijo Rousseau es el mito problemático y fundador de la sociedad civil. Por eso soñamos con el ladrón, y tal vez por eso jugamos de niños a ladrones y policías: porque el robo hace que todo se tambalee. Y además, lo interesante es la ambigüedad del robo. Yo quería sacar a Billy del perímetro demasiado cerrado del wéstern. Porque el wéstern encierra todo eso en un perímetro moral: el duelo, problemas de honor, problemas de amistad… Cuando sales de ahí ves que Billy robaba algunas vacas, algunos caballos, pero también ves que hay un terrateniente que poseía cien mil cabezas de ganado, entre las cuales había muchísimo ganado robado: su marca para las reses, de hecho, estaba diseñada para borrar las demás. Y si ampliamos la perspectiva, y para eso se escribe, para ampliar la perspectiva, vemos que en ese momento se estaba teorizando la idea de competencia económica. Y sin embargo, cuando me asomaba a los hechos, veía que la competencia solo regía los pequeños cowboys, los pequeños golfos, los desperados. En cambio, entre los terratenientes regía el monopolio; en este caso, en el Condado de Lincoln, el monopolio de The House.

—Su obra suele calificarse como literatura documental o literatura de no ficción. ¿Le gusta la etiqueta o le molesta?

—Creo que la literatura siempre ha tenido una dimensión documental. Cuando Dickens hace decir a un personaje «odio ser pobre», ahí hay una verdad sobre la situación económica de quien lo pronuncia en ese momento. Y de alguna manera hay ahí un componente documental, si se quiere, extremadamente fuerte, al que la historia de la literatura ha denominado realismo… En el fondo, el problema de esas categorías de ficción, no ficción, etcétera, es que nos vienen de Estados Unidos. Y no son calificaciones neutras. Cuando se dice que un libro es una ficción, una novela, se la inserta en la gran historia de la literatura, pero a cambio parece que nos dicen que lo que nos cuenta es ficticio y por tanto, y de algún modo, algo sin importancia. Nos dice que está ahí solo para hacernos soñar. Por otro lado, si de un libro se dice que es un libro documental, entonces se le separa un poco de la literatura: se nos dice que lo que cuenta es verdad, pero que no es gran arte. Y además, en ese caso, se le pueden pedir cuentas ante la justicia... Esas categorías norteamericanas tienen que ver con el derecho, con bufetes de abogados. Yo prefiero las viejas categorías convencionales e inocentes, o casi inocentes, de novela, poesía y teatro. Y digamos que, dentro de esas categorías, yo llamo a mis libros 'récits', relatos, una variedad de literatura cercana a la novela que insiste, en mi caso, en una agravación del realismo.

«Las categorías de ficción y no ficción vienen de Estados Unidos y no son neutras, tienen que ver con el derecho, con bufetes de abogados»

—Por cierto, la última vez que hablamos me dijo que la ficción ya no bastaba para contar la realidad. ¿Sigue pensando lo mismo?

—Sí, creo incluso que de ahí parte la literatura misma: el ‘Lazarillo’ es precisamente un intento extremadamente radical, extremadamente fuerte y sabio, en realidad, de intentar hacernos tangible la miseria de la mayoría. Y en la historia de la literatura toda hay una veta muy importante que tiene, en el fondo, ese mismo propósito: intentar encontrar medios, que pueden ser extremadamente distintos, para hacernos accesible ese aspecto de la realidad que se nos escapa y que es fundamental. Sí… creo que la imaginación es insuficiente, en el sentido de que intentar imaginar un universo inexistente, bueno, se puede hacer, uno puede divertirse y distraerse, pero ya sabemos lo que significa la palabra distracción: estar distraído es precisamente no prestar atención a lo esencial. Es mirar a otro lado. Cuando terminé el libro, de hecho, volví a pensar en esa película, en el principio de ‘Hiroshima mon amour’, cuando vemos frascos con seres que han sido deformados por las radiaciones, fotografías de cadáveres, de la ciudad en ruinas, y escuchamos, una y otra vez, una frase que se repite: «Tú no has visto nada en Hiroshima». Esa es la idea de fondo de todo proyecto literario.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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