Patente de corso
Esas ratas que aplauden o callan Regala esta noticia Añádenos en GoogleArturo Pérez-Reverte
19/06/2026 a las 09:29h.Da igual cuándo lean esto. No sé qué diablos ocupará las portadas de los medios informativos cuando el artículo se publique –me hacen escribirlo con ... casi dos semanas de antelación–, pero una certeza sí tengo. Se trate de lo que se trate, en torno a lo que en ese momento ocupe los titulares habrá muchos individuos de ambos sexos, bien situados política y profesionalmente porque una cosa condujo a la otra, que según lo que les dicten quienes los colocaron en sus cargos, funciones o escaños, acatarán instrucciones, cacarearán consignas, dirán cuanto les ordenen decir sobre el asunto de moda. Esos paniaguados rascapuertas aplaudirán a sus líderes o jefes porque va incluido en el sueldo; y si tienen voz pública, lo harán con tergiversaciones y embustes cuya falsedad conocen, pero que deben sostener por órdenes recibidas.
Una especie aún más repugnante es la de los altos cargos institucionales que, habiendo jurado servir al Estado, sirven a quienes los nombraron
Mención aparte merece cierta fauna periodística, tal vez la más indigna porque tiene el cinismo de proclamarse insobornable e independiente: comunicadores que no dieron una noticia en su puta vida, que no informan sino que militan, seleccionan qué debe ser contado y qué ocultarse. Individuos, ellas y ellos, que nunca se preguntan qué ocurre, sino qué versión conviene a la causa que defienden. Los hay en todas las variedades ideológicas a derecha e izquierda, sincronizados en su capacidad de abyección, en justificar cuanto hacen los suyos y denunciar cuanto hacen los adversarios. Son especialistas en indignación selectiva, prestidigitadores de la realidad, mercenarios del relato, que denigran la palabra periodismo.
Pero una especie aún más repugnante es la de los altos cargos institucionales que, habiendo jurado servir al Estado, sirven a quienes los nombraron. Esa gentuza ocupa puestos de relevancia en las fuerzas y cuerpos de seguridad, convencida de que la lealtad se debe al poder político en vez de a la ley, al ciudadano y a la institución que representan. Porque de la obediencia debida a la sumisión servil media un abismo, y es imposible respetar a quienes sacrifican el prestigio de instituciones centenarias –Guardia Civil, Policía Nacional, Fuerzas Armadas– para conservar un despacho, una estrella más, una jubilación dorada o una miserable palmadita en el hombro. Hablo de generales, altos mandos policiales y responsables administrativos –desde el infame ministro Grande Marlaska hasta mucho más abajo– cuya función real no es dirigir honradamente a sus subordinados, sino interpretar los deseos del poder político antes incluso de que sean formulados: ésos que nunca pierden el tren porque corren delante de la locomotora, ajenos al honor y la decencia, hábiles en mirar hacia otro lado cuando se castiga al subordinado incómodo, cuando se aparta al profesional competente, cuando se sacrifica a quien simplemente ha cumplido con su deber. Capaces, incluso, de ayudar a machacarlos; de traicionar a los valientes que se juegan la carrera e incluso la seguridad personal por hacer con decencia su trabajo.
La historia de España está llena de chusma así. Nunca en primera línea cuando hay problemas, ni asumen responsabilidades ni toman decisiones comprometidas, pero siempre están listos para aplaudir, asentir, señalar, delatar. Expertos en sobrevivir, su ideología no es la izquierda ni la derecha sino el escalafón; su único programa, permanecer cerca de quien reparte. Como se dice en México, no piden que les den, sino que los pongan donde hay. Son profesionales de la reverencia, artistas de la obediencia rentable, virtuosos en succionar ciruelos. Y cuando el gobierno cambia, el líder cae o sopla otro viento político, ahí siguen los mismos, indestructibles, impecablemente reciclados en gobierno y oposición, siempre distintos y siempre idénticos. Dispuestos a hacer un huequecito compadre a los que llegan nuevos y con la misma ansia de trincar. Al fin y al cabo, las ratas son las únicas que sobreviven a los bombardeos.
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