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«Escuchar cómo empezaba el día era un tormento brutal»: el dolor invisible de la depresión

«Escuchar cómo empezaba el día era un tormento brutal»: el dolor invisible de la depresión
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Dos personas que han lidiado con el trastorno cuentan a SUR sus experiencias: ambas ocultaron su sufrimiento para no preocupar a su entorno
«Escuchar cómo empezaba el día era un tormento brutal»: el dolor invisible de la depresión

Dos personas que han lidiado con el trastorno cuentan a SUR sus experiencias: ambas ocultaron su sufrimiento para no preocupar a su entorno

Regala esta noticia Añádenos en Google Los dos protagonistas de esta historia posan juntos para este periódico. (MIGUE FERNÁNDEZ)

José Antonio Sau

04/10/2026 a las 00:01h.

La depresión es un oscuro pasajero que se caracteriza porque elimina, de raíz, las ganas de hacer cosas, de vivir. Dos personas, un hombre y ... una mujer mayores de sesenta años, relatan a SUR sus experiencias con este trastorno, una enfermedad que les ha acompañado durante años y que los ha llevado al límite físico y psicológico. Como explica Juan Antonio (nombre ficticio), de 62 años: «No soportaba por la mañana escuchar cómo empezaba el día, era un tormento».

A los 18 se fue a Sevilla para estudiar aparejadores, pero no pudo. «Los fines de semana los pasaba en el pueblo y era lo mismo: fingir, fingir, fingir». Estuvo con una mujer, pero la relación, explica, fracasó. Finalmente, estudió delineación. Pero todo se complicó en 2008, cuando se quedó en paro. «Me vine abajo. Me pegué seis meses en un sofá tirado. No supe cómo reaccionar y perdí a la gente o yo me volví muy duro, es una etapa que no recuerdo bien. He borrado cosas muy importantes», reflexiona.

«No me duchaba, las uñas se me caían, los dientes los tenía fatal, mis dos perros me salvaron»

Lo único que le daba placer en aquella época era el sexo. Tanto que se volvió adicto. «Cogí muchas enfermedades, menos el VIH. Era mi forma de suicidarme», dice, visiblemente emocionado. Por la noche llevaba a los perros a una gasolinera para pasear y comprar lo que podía. La mañana era para él «un tormento brutal». «No me duchaba, las uñas se me caían, los dientes los tenía fatal, olía a perros muertos, pero mis dos perros me salvaron».

Fue a muchos psicólogos, pero él quería resultados, «no charlas». A los seis meses remontó un poco. Vendió su casa del Aljarafe sevillano y empezó de cero. «La gente me decía: haz las cosas cuando estés más calmado, pero yo no escuchaba». Alquiló otra casa en la capital hispalense, pero tampoco fue un camino terapéutico para él. «La fuerza para trabajar nunca, nunca, nunca me faltaba, tengo mucha energía. Yo lo único que puedo tener es lo que yo gane por mí mismo», declara.

Aparentar fortaleza

Llevó un restaurante y él mismo preparaba y vendía la comida. Le ofrecieron llevar otro, «pero fue una locura que reventó. Ya no tenía más fuerza», dice. Poco antes de la pandemia se fue con sus padres a Almería, «mis padres vivían todavía, me pareció un buen momento para pasar tiempo con ellos, prediciendo la despedida y llegó el covid, que lo pasé íntegro con ellos». También pasó temporadas en Sierra Nevada, lo que le vino muy bien, «porque era un contacto con la naturaleza más salvaje».

Finalmente, vino a Málaga. Compró aquí un apartamento y va tirando como puede. «Tengo mucha ansiedad, un estrés nervioso, estoy tomando un tratamiento», reconoce. Aquí sigue teniendo crisis, «no tengo ganas de nada». El consejo que da a quienes pasan por una depresión es que no se aíslen ni abandonen a sus amigos, que hagan por salir y socializar.

Carmen tiene más de sesenta años, ríe, y asegura que su consejo lo tiene claro: «Que busquen ayuda lo antes posible», aunque a ella no le gustaba que se los dieran. Ha sido muy sensible desde pequeña, «pero tenía que engañar a todo el mundo, porque tenía que ser la fuerte, yo era la mala».

Hace cuatro años, su marido se suicidó. Dice que eso no parecía haberle influido, al menos al principio, pero a los dos años «empezó a hacérseme bola la vida: no quería salir a la calle ni tratarme con nadie ni escuchar a ninguna persona». Tenía miedo de salir. «Yo abría los ojos y me quedaba en la cama hasta las dos de la tarde. Me decía: si ya la vida no me puede maltratar más. Hoy por hoy no tengo problemas, mi hija está bien situada. Era miedo a vivir», precisa.

Recibe tratamiento psiquiátrico y ahora está mucho mejor, aunque sigue teniendo ataques de ansiedad. «Ya no es la misma sensación de que el mundo te puede: esa es la diferencia entre la ansiedad y la depresión», sentencia.

«Desde que recibo tratamiento no tengo la misma sensación de que el mundo me puede»

Ahora tiene miedo de lo que ocurrirá cuando le quiten el tratamiento farmacológico. «El sentimiento de desgana no lo he vivido nunca ni lo quiero volver a vivir, no me interesaba nada: yo era mi habitación, mi cuarto, la perra que tengo. Hoy, mi hija tiene 40 años y es autónoma, está más pendiente de mí que yo de ella», indica.

Su hija, de hecho, llegó a reprocharle que se sentía apartada, porque no se dejaba ayudar. «Yo no quería que ella me viera sufrir, no se lo merece, porque ella también ha pasado de todo. Yo la apartaba, no quiero volver a pasar por lo que sentía antes».

Buscar ayuda

«Le digo a la gente que, mientras antes busque ayuda, mejor, yo estuve mucho tiempo pensando que esto era pasajero y que yo podía y no. Cuando empieza la tristeza, esa tristeza que cada vez se va ampliando más, es el momento de buscar ayuda», reflexiona, y admite, al mismo tiempo en que lo hace su compañero, que sintió culpa de haberlo pasado tan mal. Él dice al respecto: «Yo me siento culpable toda mi vida, y no sé por qué, como si tuviera una deuda con todo el mundo, con mi familia, con mis amigos, con todos, cargamos con una responsabilidad que no nos correspode».

Ambos han sufrido también problemas de sueño, un rasgo clave de la depresión y que interfiere en la vida diaria de los pacientes. «He hecho de todo, he estado en clínicas del sueño, he probado todas las drogas del mundo, pastillas y drogas como hachís, marihuana, de todo», concluye Juan Antonio.

En torno a 100.000 malagueños podrían estar atravesando por un trastorno depresivo. Muchos de ellos huyen de la luz, aunque busquen, denodadamente, una salida al laberinto.

 

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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