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Esos reporteros sensibles

Esos reporteros sensibles
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Arturo Pérez-Reverte

24/07/2026 a las 10:34h.

Hay oficios que parecían normales, sencillos, hasta que llegaron los tontos a complicarlos. El camarero atiende el bar, el taxista conduce, el soldado dispara, el ... dentista procura no perforarte el cerebro cuando implanta una muela y el periodista averigua. Para esto último no parece necesaria una revelación divina: basta con preguntar, escuchar y, si un entrevistado intenta largarse por la alcantarilla de la retórica, agarrarlo por el pescuezo y volver a preguntar. Pero eso era antes, me temo. Ahora demasiados periodistas sienten. Y de qué manera, oigan. Algunos sienten tanto que las emociones no les caben en el corazón, y tienen que llevarlas al telediario para compartirlas con el entrevistado y con el espectador.

El sentimiento es el chaleco antibalas del periodista contemporáneo, como lo es de todo cristo en las redes sociales. Si algo te duele, no hay lugar a debate.

Cada vez se recurre más a ese fácil recurso: convertir la pregunta en sermón, el micrófono en púlpito y la entrevista, incluso el simple canutazo rápido, en lección moral. Vivimos una época extraordinaria en la que todo cristo considera necesario contarnos cómo se siente. El actor siente, el cantante siente, el futbolista siente y el político siente por siente, cuarenta y siente. Sólo falta el periodista de la alcachofa para completar la mermelada emocional. Hasta en las guerras y las catástrofes pasa: en las últimas hemos visto a enviados especiales de ambos sexos llorando conmovidos por el dolor ajeno, en plan «en vez de informar del número de muertos, que no sé cuántos son, quiero compartir lo mal que me hace sentir todo esto».

La misión profesional de un reportero, tal como siempre se entendió el oficio, no consiste en ser empático, comprometido ni sensible, sino en averiguar cosas, comprobarlas y contarlas con fría honradez y eficacia para que lector o espectador saque sus propias conclusiones. Lo que pasa es que las tertulias de la radio y la tele despistan a la peña. Gracias a ellas hay quienes creen, fuera y dentro del oficio, que lo importante no es contar lo que pasa, sino opinar sobre ello: éste es bueno, éste es malo, esto debe indignarte, esto debe emocionarte, ahora llora, ahora aplaude y ahora compra yogur desnatado. Un periodista de información tiene opiniones como tiene hipoteca, equipo de fútbol y probablemente un cuñado insoportable; pero eso es asunto suyo. Para opinar existe lo que precisamente se llama periodismo de opinión, propio de quien con su prestigio y solvencia profesional puede haberse ganado el derecho a ejercerlo. Ahí, el lector sabe dónde entra y nadie le da gato por liebre. Pero cuando un periodista normal, un reportero de infantería, se sitúa ante un político, un empresario, un obrero de la construcción, su trabajo es preguntar, escuchar y repreguntar: si el otro miente, demostrarlo; si huye, perseguirlo con datos; si se contradice, poner la contradicción sobre la mesa. Ése es el arte admirable de un digno oficio. Decir «a mí me duele» lo hace cualquiera.

Nunca quise dirigir un medio informativo. Pero si lo hubiera hecho o si lo hiciese ahora, cada vez que uno de mis reporteros dicharacheros empezara una pregunta diciendo «yo pienso», «yo creo» o «a mí me duele», lo mandaría a cubrir concursos de ganado y entrevistar a pandilleros urbanos a las tres de la madrugada, para que les contara a ellos cuánto y dónde le dolía. Y si después aún le quedase una opinión atravesada en el gaznate, que hiciera lo que hace todo el mundo: ir al bar, pedir una cerveza y contárselo al paciente camarero.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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