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España produce tanta energía solar que es la envidia de Europa. Y aun así importa el 70% de la que consume

España produce tanta energía solar que es la envidia de Europa. Y aun así importa el 70% de la que consume
Artículo Completo 1,474 palabras
En junio, cuando el sol castiga con más fuerza, la red eléctrica española registra picos de demanda superiores a los 36.800 MW que las renovables cubren con holgura. Somos, en generación eléctrica, la envidia de Europa. Y sin embargo, en este mismo momento, el 70% de la energía que consume nuestra economía viene de fuera. Eso es la paradoja española en una sola frase: un país que derrocha sol y viento pero que sigue siendo un 70% dependiente del exterior. Esta contradicción, que en tiempos normales sería un debate energético más, se ha convertido en una herida abierta desde que la Tercera Guerra del Golfo cerró el estrecho de Ormuz, la arteria por donde transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas mundial. Es el segundo gran shock energético en apenas cuatro años y, según la Agencia Internacional de la Energía, el mayor de la historia del mercado petrolero. Tenemos el mejor sol de Europa. Y seguimos pagando la guerra. El informe Del Shock Fósil a la Soberanía Energética, elaborado por la Fundación Renovables y el Instituto Meridiano, explica por qué. Y la respuesta es incómoda: no es que nos falten recursos. Es que los estamos ignorando. El problema de fondo. Aquí está la clave que muchos pasan por alto. El consumo eléctrico en España representa apenas el 22% de la demanda energética total del país. El resto —el 78%— se cubre quemando cosas: productos petrolíferos (54%) y gas fósil (16%). Da igual cuántos paneles solares pongamos en los tejados si los coches siguen echando gasolina, las calderas siguen quemando gas y las fábricas siguen tirando de fósiles. Somos un país que ha aprendido a producir electricidad limpia extraordinariamente bien. Y que luego la usa para una fracción mínima de lo que necesita. En Xataka Llenamos el campo de paneles solares para frenar el cambio climático. Sin querer, hemos salvado a 122 especies de abejas Los tres "agujeros negros". El estudio identifica tres sectores donde esa desconexión entre lo que producimos y lo que consumimos es más flagrante: • La movilidad: el agujero más grande. El transporte consume el 43% de la energía final y supone el 33% de las emisiones. El sector es responsable del 71,1% del consumo final de productos petrolíferos en España, con el gasóleo como rey indiscutible. A finales de 2025, la cuota de coches puramente eléctricos en las ventas era del 8,85%. Del parque total en circulación, apenas el 0,8% es eléctrico. El resto sigue llenando el depósito. • Los hogares: calefacción del siglo pasado. El consumo doméstico supone el 30% del uso de energía final. Solo el 24% de la calefacción en nuestros hogares es eléctrica; el resto sigue quemando principalmente combustibles fósiles. Las calderas de gas siguen siendo mayoría en España mientras en los países nórdicos ya son historia. Somos el país de Europa con más horas de sol y uno de los que menos aerotermia instala. • La industria: el agujero silencioso. Representa el 27% restante del uso de energía final. Su nivel de electrificación lleva años atascado en torno al 35%, lo que significa que casi dos tercios de la energía que mueve nuestras fábricas sigue siendo fósil. Es el sector menos visible en el debate público y, posiblemente, el más difícil de transformar. También el que más tiempo necesita para hacerlo: por eso urge empezar ya. El espejo escandinavo (con matices). Noruega marca el camino: a finales de 2025, prácticamente el 98% de sus turismos nuevos vendidos eran eléctricos puros. Cuentan con más de 600 bombas de calor por cada 1.000 hogares. España se sitúa por debajo de los 90 equipos de aerotermia por cada 1.000 viviendas. La diferencia es de más de 6 a 1. En el país más soleado de Europa continental. Vale la pena ser honestos: Noruega financia su transición precisamente con los ingresos del petróleo que exporta. España no tiene ese colchón. Pero eso no invalida la dirección, sino que obliga a buscar los mecanismos propios —incentivos fiscales, compra colectiva, fondos europeos— para recorrer el mismo camino. Entonces, ¿por qué vamos tan lentos? Los obstáculos son reales: el precio de entrada de los vehículos eléctricos sigue siendo elevado para la renta media española, la infraestructura de recarga se despliega de forma muy desigual por el territorio, y el parque de viviendas —con mucho edificio antiguo y mal aislado— no siempre puede acoger una bomba de calor sin obra mayor. Nombrar estos obstáculos no es una excusa. Es la condición para superarlos. Lo que nos cuesta cada año no hacer nada. Si España igualase el ritmo noruego durante un solo año —matriculando unos 950.000 coches eléctricos e instalando 820.000 bombas de calor—, el ahorro inmediato en importaciones de combustibles fósiles se situaría entre 1.300 y 1.700 millones de euros. Con una electrificación del 100% de la movilidad sostenida durante una década, la reducción alcanzaría el 36% en importaciones de petróleo y gas: 16.400 millones de euros al año que dejarían de irse al exterior. Para entender la escala: España tiene reservas estratégicas para unos 92 días de consumo sin importar un solo barril. Tres meses de autonomía frente a una crisis que ya dura más. Cada año que no electrificamos es un año más de fragilidad que elegimos conscientemente. Y la ironía europea completa el cuadro: la UE destina cerca de 88.000 millones de euros anuales a subsidiar los combustibles fósiles para transporte, calefacción e industria. Según el Instituto Meridiano, ese dinero bastaría para instalar más de 10,2 millones de bombas de calor o financiar 2,5 millones de coches eléctricos anuales en todo el continente. Europa lleva décadas pagando para mantenerse vulnerable. La misma trampa, distinto proveedor. Hace cuatro años aprendimos a golpes el peligro de depender del gas ruso y lo cambiamos por barcos de gas licuado de Estados Unidos y Qatar. Hoy descubrimos que solo hemos sustituido una vulnerabilidad por otra. Mientras necesitemos quemar gas para encender la luz, nuestro bolsillo seguirá siendo rehén de la geopolítica. Da igual el nombre del país que suministra. En almacenamiento, la brecha también es llamativa. Alemania e Italia lideran el despliegue europeo de baterías, con 6,6 GWh y 4,9 GWh instalados en 2025 respectivamente. Alcanzar esa capacidad permitiría a España eliminar entre un 5% y un 10% del gas que usa diariamente para generar electricidad. El reto no es técnico: la tecnología ya existe. Una superpotencia solar que aún no lo sabe. La tecnología no entiende de latitudes. El mismo equipo de aerotermia que calienta una casa en los gélidos inviernos de Oslo puede enfriarla en los tórridos veranos de Sevilla. El coche eléctrico que recorre los fiordos noruegos funciona igual en la A-6 a las ocho de la mañana. No hay ninguna razón física, geográfica ni climática por la que España deba ser el farolillo rojo de la electrificación europea. Solo hay razones políticas y de inercia. El estrecho de Ormuz lleva meses cerrado. Cada día que pasa sin enchufar nuestros coches y hogares es un día más de dependencia que pagamos en la factura, en la gasolinera y en la volatilidad de una economía atada a conflictos que nunca terminarán. Somos una superpotencia solar. Todavía no lo hemos decidido ser. Imagen | Unsplash Xataka | Una granja de Minnesota encontró la forma de producir energía solar y de crear algo más: el refugio perfecto para sus vacas - La noticia España produce tanta energía solar que es la envidia de Europa. Y aun así importa el 70% de la que consume fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .
España produce tanta energía solar que es la envidia de Europa. Y aun así importa el 70% de la que consume
  • A pesar de batir récords de generación con la energía eólica y solar , la electricidad solo cubre el 22% de nuestra demanda. El resto nos hace vulnerables a crisis lejanas y bloqueos geopolíticos históricos como el del estrecho de Ormuz

  • La Unión Europea gasta 88.000 millones de euros al año en subsidiar combustibles fósiles. Es dinero suficiente para instalar más de 10 millones de bombas de calor y acabar con la paradoja de financiar nuestra propia vulnerabilidad

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Alba Otero

Editora - Energía

Alba Otero

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En junio, cuando el sol castiga con más fuerza, la red eléctrica española registra picos de demanda superiores a los 36.800 MW que las renovables cubren con holgura. Somos, en generación eléctrica, la envidia de Europa. Y sin embargo, en este mismo momento, el 70% de la energía que consume nuestra economía viene de fuera. Eso es la paradoja española en una sola frase: un país que derrocha sol y viento pero que sigue siendo un 70% dependiente del exterior.

Esta contradicción, que en tiempos normales sería un debate energético más, se ha convertido en una herida abierta desde que la Tercera Guerra del Golfo cerró el estrecho de Ormuz, la arteria por donde transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas mundial. Es el segundo gran shock energético en apenas cuatro años y, según la Agencia Internacional de la Energía, el mayor de la historia del mercado petrolero. Tenemos el mejor sol de Europa. Y seguimos pagando la guerra. El informe Del Shock Fósil a la Soberanía Energética, elaborado por la Fundación Renovables y el Instituto Meridiano, explica por qué. Y la respuesta es incómoda: no es que nos falten recursos. Es que los estamos ignorando.

El problema de fondo. Aquí está la clave que muchos pasan por alto. El consumo eléctrico en España representa apenas el 22% de la demanda energética total del país. El resto —el 78%— se cubre quemando cosas: productos petrolíferos (54%) y gas fósil (16%). Da igual cuántos paneles solares pongamos en los tejados si los coches siguen echando gasolina, las calderas siguen quemando gas y las fábricas siguen tirando de fósiles.

Somos un país que ha aprendido a producir electricidad limpia extraordinariamente bien. Y que luego la usa para una fracción mínima de lo que necesita.

En XatakaLlenamos el campo de paneles solares para frenar el cambio climático. Sin querer, hemos salvado a 122 especies de abejas

Los tres "agujeros negros". El estudio identifica tres sectores donde esa desconexión entre lo que producimos y lo que consumimos es más flagrante:

  • La movilidad: el agujero más grande. El transporte consume el 43% de la energía final y supone el 33% de las emisiones. El sector es responsable del 71,1% del consumo final de productos petrolíferos en España, con el gasóleo como rey indiscutible. A finales de 2025, la cuota de coches puramente eléctricos en las ventas era del 8,85%. Del parque total en circulación, apenas el 0,8% es eléctrico. El resto sigue llenando el depósito.
  • Los hogares: calefacción del siglo pasado. El consumo doméstico supone el 30% del uso de energía final. Solo el 24% de la calefacción en nuestros hogares es eléctrica; el resto sigue quemando principalmente combustibles fósiles. Las calderas de gas siguen siendo mayoría en España mientras en los países nórdicos ya son historia. Somos el país de Europa con más horas de sol y uno de los que menos aerotermia instala.
  • La industria: el agujero silencioso. Representa el 27% restante del uso de energía final. Su nivel de electrificación lleva años atascado en torno al 35%, lo que significa que casi dos tercios de la energía que mueve nuestras fábricas sigue siendo fósil. Es el sector menos visible en el debate público y, posiblemente, el más difícil de transformar. También el que más tiempo necesita para hacerlo: por eso urge empezar ya.

El espejo escandinavo (con matices). Noruega marca el camino: a finales de 2025, prácticamente el 98% de sus turismos nuevos vendidos eran eléctricos puros. Cuentan con más de 600 bombas de calor por cada 1.000 hogares. España se sitúa por debajo de los 90 equipos de aerotermia por cada 1.000 viviendas. La diferencia es de más de 6 a 1. En el país más soleado de Europa continental.

Vale la pena ser honestos: Noruega financia su transición precisamente con los ingresos del petróleo que exporta. España no tiene ese colchón. Pero eso no invalida la dirección, sino que obliga a buscar los mecanismos propios —incentivos fiscales, compra colectiva, fondos europeos— para recorrer el mismo camino.

Entonces, ¿por qué vamos tan lentos? Los obstáculos son reales: el precio de entrada de los vehículos eléctricos sigue siendo elevado para la renta media española, la infraestructura de recarga se despliega de forma muy desigual por el territorio, y el parque de viviendas —con mucho edificio antiguo y mal aislado— no siempre puede acoger una bomba de calor sin obra mayor. Nombrar estos obstáculos no es una excusa. Es la condición para superarlos.

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Lo que nos cuesta cada año no hacer nada. Si España igualase el ritmo noruego durante un solo año —matriculando unos 950.000 coches eléctricos e instalando 820.000 bombas de calor—, el ahorro inmediato en importaciones de combustibles fósiles se situaría entre 1.300 y 1.700 millones de euros. Con una electrificación del 100% de la movilidad sostenida durante una década, la reducción alcanzaría el 36% en importaciones de petróleo y gas: 16.400 millones de euros al año que dejarían de irse al exterior.

Para entender la escala: España tiene reservas estratégicas para unos 92 días de consumo sin importar un solo barril. Tres meses de autonomía frente a una crisis que ya dura más. Cada año que no electrificamos es un año más de fragilidad que elegimos conscientemente.

Y la ironía europea completa el cuadro: la UE destina cerca de 88.000 millones de euros anuales a subsidiar los combustibles fósiles para transporte, calefacción e industria. Según el Instituto Meridiano, ese dinero bastaría para instalar más de 10,2 millones de bombas de calor o financiar 2,5 millones de coches eléctricos anuales en todo el continente. Europa lleva décadas pagando para mantenerse vulnerable.

La misma trampa, distinto proveedor. Hace cuatro años aprendimos a golpes el peligro de depender del gas ruso y lo cambiamos por barcos de gas licuado de Estados Unidos y Qatar. Hoy descubrimos que solo hemos sustituido una vulnerabilidad por otra. Mientras necesitemos quemar gas para encender la luz, nuestro bolsillo seguirá siendo rehén de la geopolítica. Da igual el nombre del país que suministra.

En almacenamiento, la brecha también es llamativa. Alemania e Italia lideran el despliegue europeo de baterías, con 6,6 GWh y 4,9 GWh instalados en 2025 respectivamente. Alcanzar esa capacidad permitiría a España eliminar entre un 5% y un 10% del gas que usa diariamente para generar electricidad. El reto no es técnico: la tecnología ya existe.

Una superpotencia solar que aún no lo sabe. La tecnología no entiende de latitudes. El mismo equipo de aerotermia que calienta una casa en los gélidos inviernos de Oslo puede enfriarla en los tórridos veranos de Sevilla. El coche eléctrico que recorre los fiordos noruegos funciona igual en la A-6 a las ocho de la mañana. No hay ninguna razón física, geográfica ni climática por la que España deba ser el farolillo rojo de la electrificación europea. Solo hay razones políticas y de inercia.

El estrecho de Ormuz lleva meses cerrado. Cada día que pasa sin enchufar nuestros coches y hogares es un día más de dependencia que pagamos en la factura, en la gasolinera y en la volatilidad de una economía atada a conflictos que nunca terminarán. Somos una superpotencia solar. Todavía no lo hemos decidido ser.

Imagen | Unsplash

Xataka | Una granja de Minnesota encontró la forma de producir energía solar y de crear algo más: el refugio perfecto para sus vacas

Fuente original: Leer en Xataka
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