Los jóvenes españoles han tirado por la borda los complejos que ahogaron a sus mayores para pasar a mostrar su fe o a animar a su país sin importarles lo que otros digan de ellos
Regala esta noticia Añádenos en Google Aficionados siguen la final del Mundial en Eibar (Guipuzcoa). (EP)José F. Peláez
20/07/2026 Actualizado a las 01:03h.El primer fin de semana del Papa en España fue histórico, una sucesión de éxitos sociales, multitudes unidas y ejemplaridad cívica. Los que estuvieron sabrán ... de qué estoy hablando. La realidad es que vivimos lo que vivimos, que no es exactamente lo mismo que lo que creen que vivimos. Pero todo cambió el lunes, cuando los políticos abandonaron su inactividad, se reunieron con sus asesores y comenzaron a intentar patrimonializar el evento con argumentarios minúsculos y ventajistas que, como siempre, solo buscaban la división y el conflicto. Detrás de ellos llegaron las columnas y las tertulias valorando las declaraciones, tomando partido y enturbiando el ambiente para acabar por alimentar una polémica artificial que llegó a su cénit tras la visita de León XIV al Congreso. Y, un día después, la paletada de rigor del nacionalismo catalán, con la grandeza de una barra de fuet.
¿Qué tiene en común el primer fin de semana del Papa con la Selección? No el identitarismo, que es la carcoma que destroza los retablos. Porque tanto España como el catolicismo son realidades abiertas, plurales y heterogéneas. Lo que tienen en común es otra cosa. En primer lugar, la sociedad apartando a los políticos como un anticuerpo aparta a los virus. Cuando ellos no están, todo es sencillo; cuando no aparecen, la sociedad convive; cuando no hablan, España respira. Por el contrario, cuando aparecen a fagocitar la realidad con su frentismo, España huye y se repliega. Pero no es ese el único factor, hay otro en liza. Y es la juventud, de nuevo. Los jóvenes españoles han tirado por la borda los complejos que ahogaron a sus mayores para pasar a mostrar su fe o a animar a su país sin importarles lo que otros digan de ellos. Están orgullosos, lideran con su entusiasmo a la sociedad. Y el efecto contagio hace el resto.
Pero se dan más factores: la Selección muestra a la España real, mestiza y ganadora, con jugadores vascos y catalanes; madrileños y andaluces; de izquierdas y de derechas. Y, por supuesto, a españoles de diferentes religiones o colores de piel. Sin olvidarnos de las mujeres, tradicionalmente menos interesadas en el fútbol, que se suman masivamente al apoyo a una Selección amable y acogedora. Hasta fuera de España el apoyo es masivo. La España ganadora es una marca global, una apisonadora y un éxito inmenso del que se ha enterado todo el mundo excepto nosotros, absortos en nuestro ensimismamiento. Pero no solo eso: lo hacemos unidos a valores como el compañerismo, el valor del equipo o la creatividad. En términos de marketing esto es imposible de hacer si no está anclado a una realidad profunda. Y su valor es incalculable para nuestra imagen en el mundo, algo clave para las exportaciones, el turismo o la difusión de nuestra Cultura. Pero esto no es un milagro ni una excepción. Esta es la España real, el sustrato libre sobre el que se asienta cada día una nación más allá de la división artificial a la que nos llevan. No es este el delirio; al contrario, el delirio es la polarización, la confrontación y la España pequeñita que algunos empeñan en crear cada día.
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